Otras razones sobre el fiasco del 1-O
Desde el referéndum del 1 de octubre de 2017, en el que una gran victoria popular terminó en fracaso político, se han buscado todo tipo de culpables. Así, se han considerado desde las amenazas, la guerra sucia y la represión del Estado, hasta los supuestos miedos, cobardías y traiciones propias. Y mientras la gravedad de las agresiones externas al derecho a la autodeterminación han sido progresivamente relativizadas, si no olvidadas incluso, las debilidades propias se han ido exagerando hasta crear un clima irrespirable de autoflagelación colectiva.
Lejos de eso, soy del parecer que el éxito de la adhesión popular al referéndum de 2017 y el fiasco independentista posterior hay que analizarlos más allá de las atribuciones a las virtudes heroicas colectivas y los vicios personales. Y creo que es hora de dejar de lado la venganza y el resentimiento, también inducidos astutamente por el adversario. Por eso, la consideración de razones más de fondo puede ayudar no solo a pasar página de esta infame y vieja práctica cainita entre perdedores, sino también a conocernos mejor como nación sometida y a poder plantear estrategias de futuro verdaderamente ganadoras.
En concreto, la tesis que hace años que sostengo es que la nación catalana ha desarrollado una profunda cultura de la irreverencia como estrategia de supervivencia. Si tuviera que decirlo amablemente, recurriría a la Crónica de Ramon Muntaner y a la metáfora del junco que resiste las inclemencias gracias a su flexibilidad acomodaticia. En una imagen menos poética, sin embargo, lo ilustraría con el hábito del abandono de la lengua propia ante la dominante para evitar un conflicto desigual y que se da por perdido. Y así todas las formas de irreverencia nacional, hechas de renuncias, sumisiones y lisonjas ante el poder asimilador de la metrópoli.
Sin embargo, si bien se puede convenir que la irreverencia tiene una clara función adaptativa, a la vez se traduce en un grave déficit de sentido institucional que en el momento clave de una hipotética liberación nos hace terriblemente débiles. La irreverencia es una disposición psicológica y cultural útil para resistir y sobrevivir, pero cuando es la hora decisiva de la emancipación, se convierte en un lastre del cual es muy difícil desprenderse.
Un ejemplo claro es el de la relación con la violencia. Si la declaración de independencia hubiera salido adelante, y visto que las instituciones españolas estaban convencidas —más ellas que nosotros— de que podíamos conseguir ser independientes, no tengo ninguna duda de que habrían hecho entrar al ejército que ya tenían preparado. Si hacía falta, causando víctimas mortales. En cambio, nuestros gobernantes no es tanto que fueran miedosos como que compartían con la mayoría de catalanes —con excepciones contadas— que había que evitar derramar la sangre propia y ajena al precio que fuera. Un marco psicológico y cultural que ya se había expresado antes en la hegemonía de las ideologías pacifistas que durante el Procés imaginaban que era posible un futuro Estado catalán sin ejército. Una idea aún más ingenua que la de “ningún papel al suelo”.
Creo que nuestra irreverencia cultural está profundamente arraigada. Del menosprecio por el valor del patrimonio histórico al vilipendio de la autoridad y la disciplina escolar. De la fascinación por el arte supuestamente transgresor, al menosprecio por la defensa de un buen catalán, también en el periodismo o la política. Del uso de la ironía y el sarcasmo para sacudirse de encima toda mácula institucional, hasta una gran pericia en el lenguaje grosero. De la alta sensibilidad para reivindicar derechos para todo, a la amnesia para recordar los deberes que van asociados. De la incomodidad para defender fronteras y controles migratorios, a las generosas definiciones “inclusivas” de la pertenencia a la nación.
Que la irreverencia es un arma de defensa de los débiles en cualquier situación de dominación, tanto en la relación de los hijos adolescentes con los padres, de los alumnos indolentes con los profesores, de los movimientos de protesta con los poderes económicos, es perfectamente descriptible. Pero en todas estas circunstancias, las instituciones suelen ser lo suficientemente fuertes para mantener el marco en el cual se produce el conflicto. Y en las relaciones de poder entre una nación en construcción y un estado asimilador, también. Es decir, el marco de referencia final siempre es el Estado y, por lo tanto, después de hacer frente a una gran irreverencia subversiva, por las malas, este impone su ley.
En definitiva: en una estrategia para “volverlo a hacer”, además de prever mejor la brutalidad del adversario y las propias cobardías, sobre todo habría que preparar mejor a la nación para pasar de la irreverencia resistente a una disposición cultural audaz, irreductible y sobre todo constructiva, capaz de asumir los inconvenientes y los costes institucionalizadores propios del ejercicio del poder.