Cuando regalamos adeptos en la extrema derecha: el efecto boomerang
En el ámbito de los estudios migratorios, hace tiempo que analizamos una dinámica tan inquietante como paradójica: la trampa de las políticas (policy trap). Se trata de esa situación en la que las acciones públicas, lejos de alcanzar los objetivos para los que fueron diseñadas, acaban provocando exactamente el efecto contrario. Hoy, en Cataluña, estamos ante una de estas trampas: una proliferación de planes institucionales "contra" el racismo que, en lugar de desactivar el odio, podrían estar actuando como combustible para las narrativas que pretenden erradicar.
Vivimos lo que llamo el "turno ideológico" de las políticas de diversidad. Ya no hablamos sólo de gestionar flujos; estamos frente a una ofensiva política que criminaliza la diversidad en sí misma. Esta deriva se alimenta de la mixofobia (el miedo a la mezcla) y utiliza dos recursos tan falsos como efectivos. Primero, el recurso histórico: la fantasía de un pasado homogéneo en el que la heterogeneidad es vista como una "anormalidad" a extirpar. Segundo, el recurso demográfico: el relato de la sustitución, el miedo irracional a que la minoría se convierta en mayoría. Este cóctel crea un ambiente de miedo en el que la diversidad se percibe como una amenaza al orden.
Dentro de este contexto, asistimos a una tendencia nueva que ya es materia de atención prioritaria en el mundo académico: la penetración del activismo social en las estructuras de gobierno. Estamos frente a la aparición de un activismo gubernamental hasta ahora desconocido. Este proceso se produce cuando la lógica de la pancarta y la confrontación propia de los movimientos sociales penetra en las instituciones, transformando la administración en un agente "anti". El gobierno deja de ser un gestor del bien común y de un espacio público compartido para convertirse en un actor que reacciona desde una trinchera de ideología reactiva.
Esta reacción, que vemos en muchos ayuntamientos y en la propia Generalitat, plantea una duda seria: ¿estas políticas reactivas alcanzan sus objetivos o, por el contrario, regalan aún más adeptos a la extrema derecha? La evidencia sugiere que cuando la política se limita a ser "anti", corre el riesgo de aceptar el marco mental del adversario. El sistema cae en el error de realizar políticas "para inmigrantes" mientras que las únicas que se dirigen al resto de ciudadanos son "contra" ellos, puniendo reacciones que a menudo nacen de un déficit de herramientas para gestionar la pluralidad. Al poner el foco sólo en el conflicto, estamos validando que la inmigración es un "problema". Este enfoque no reduce la xenofobia; la fija en la agenda pública y contamina el espacio de convivencia.
El caso de Badalona es el ejemplo paradigmático de cómo estas narrativas, cuando se transforman en acción política sin un contrapeso de cultura pública sólida, derivan en prácticas autoritarias e inhumanas. Cuando el activismo gubernamental no tiene una base de gestión real, el vacío lo llena el populismo más punitivo.
Es aquí donde hay que hacer una advertencia crítica: el interculturalismo no se puede dejar de lado ni confundir con ese activismo reactivo. Existe el peligro de mezclar conceptos y creer que una política "anti" es una política intercultural. No lo es. Mientras que las respuestas reactivas nacen del miedo o de la confrontación, el interculturalismo es, por definición, proactivo, positivo, transformador y constructivo. No es un dique de contención; es la base de una política de socialización para todos, necesaria para una sociedad del siglo XXI.
Esta cultura de la diversidad no debe entenderse como una medida dirigida sólo "a los demás", sino como una herramienta de socialización para todos. Debemos comprender que la diversidad no es un accidente temporal, sino la base estructural de nuestra realidad. Una política intercultural implica asumir que todo el mundo –ciudadanos de aquí y de allá– debemos aprender a vivir en la diversidad. Esto requiere nuevas competencias para movernos en un entorno en el que coexisten múltiples culturas y religiones. No se trata sólo de “tolerar”, sino de socializarnos en la realidad del otro.
Es necesaria una reflexión profunda: si seguimos respondiendo a la política del miedo con un activismo institucional "anti", que señala pero no educa, seguiremos atrapados en la policy trap. Es hora de desplazar el debate hacia una política intercultural pedagógica y transformadora. Sólo una sociedad que aprenda a socializarse en su propia diversidad podrá proteger a sus instituciones y garantizar una paz social real y duradera.