Pancartas reclamando la igualdad, el 8-M de 2024, en Barcelona.
04/03/2026
Socióloga
3 min

Vuelve el 8 de marzo y muchas mujeres volveremos a salir a la calle para denunciar todo lo que nos falta para conseguir la igualdad, y, sobre todo, para señalar la insoportable violencia de todo tipo que, de nuevo, parece crecer contra nosotros. ¡Qué lejos aquel 8 de marzo del 2018, cuando invadieron las calles las niñas, madres y abuelas y, por un momento, pensamos que el camino hacia una igualdad real ya sería imparable!

No ha sido así, y este 8 de marzo lo celebraremos con una perspectiva bien distinta, en un clima de confrontaciones extremas, de violencias crecientes, de rearme de un machismo antiguo, que creíamos superado, y que se rearma a escala mundial pero también en nuestro país. Asesinatos de mujeres, malos tratos, violencia sexual, humillaciones... E incluso a un nivel cotidiano, minúsculo, pero que es la base del futuro: volvemos a tener escuelas donde a los ancianos de 4 años que quieren hacer ballet sus compañeros les dicen que esto es ridículo para un chico, que es cosa de niñas, y de peinarse, porque no tienen otro espacio libre en el que moverse en libertad.

¿Por qué hemos llegado ahí? La ola de imposición de la ley del más fuerte, que está impulsando la extrema derecha, tiene como uno de sus reclamos más potentes devolver a las mujeres al lugar de donde, según estos grandes caudillos, nunca habrían tenido que moverse: a la obediencia, al silencio, a la sumisión. Y encuentra un terreno abonado a sus planteamientos porque, como todos los grupos humanos que gozan de privilegios, todavía hay muchos hombres que se resisten a perderlos, y piensan que el feminismo ha ido demasiado lejos. Desgraciadamente, los primeros seguidores de esta corriente son los chicos jóvenes, tal y como ponen de manifiesto una serie de encuestas y estudios que estamos conociendo.

La magnitud de la violencia contra las mujeres es un aspecto más de la confrontación que vivimos ahora. Muchas chicas y mujeres empiezan a ver a los hombres como monstruos, a creer que no podemos confiar en ellos; ya hay quien habla de volver a las escuelas segregadas para proteger a las niñas. Y a los hombres, igualmente, les lleva a imaginar a las mujeres como seres peligrosos, de los que hay que desconfiarse ya quienes hay que dominar. Un desastre en un momento en el que los roles antiguos, configurados durante siglos, no sólo no son útiles sino que son destructivos, y más para los hombres, que se resisten a cambiar, que para las mujeres, que con muchas dificultades hemos ido saliendo de nuestros papeles tradicionales, tan poco adecuados con nuestros deseos y posibilidades actuales.

Mirad, si no: en 2024 murieron en España 1.039 personas jóvenes por causas diferentes de enfermedades; suicidios, accidentes de tráfico, drogas, homicidios y deportes de riesgo, en este orden. De estas muertes, el 77,2% eran chicos y el 22,3% chicas. Empiezan a morir más niños que niñas a partir de los 3 años, y el proceso se acelera: entre los 25 y los 29 años, los hombres fueron el 82,6% de las personas que murieron ese año por estas causas. Demostrar "ser un hombre", no tener miedo, ser capaz de todo tiene un precio muy alto. ¿Vale la pena, chicos, arriesgarse a perder la vida por "hacerse el hombre"?

Desde mi punto de vista, en este momento debemos rebajar los niveles de confrontación, que están siendo artificialmente atizados porque alguien saca provecho. Sé que ahí muchas compañeras feministas no están de acuerdo conmigo: es más fácil denunciar –y hay motivos– que construir pactos. Las mujeres no estamos muy acostumbradas a pensar en términos estratégicos: nos parece que si tenemos razón –avalada por las leyes y por los derechos– debe exigirse el cambio, y que los pactos siempre nos perjudican. Pero estamos en medio de una guerra, de muchas guerras, y es necesario pensar estratégicamente. Ante la ofensiva creciente contra las mujeres, necesitamos complicidades, necesitamos aliados. El mundo está lleno de hombres que son personas amables, razonables, civilizadas, que han entendido la necesidad de igualdad y cambio. Y que ante las propuestas feministas tienen mucho que ganar, en términos de salud, de bienestar personal, de disfrute de la vida, si rechazan adoptar a este viejo machismo supremacista tan destructor y tan contrario a la vida.

Durante muchos años he trabajado por la coeducación, cuyo mensaje profundo es eliminar los géneros y que cada persona pueda vivir como quiera, con la limitación general de no dañar a nadie. Librar a los sexos, una realidad biológica, de la mutilación que provocan los géneros. Las mujeres hemos cambiado mucho pero los hombres no. Ha habido una falta de voluntad institucional y de recursos, y ahora todos y todas pagamos sus consecuencias. Que este 8 de marzo nos sirva para debatir a fondo lo que está en juego, y para construir estrategias ganadoras en ese momento tan confuso.

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