Aznar, Bush y Blair, en la cumbre de las Azores / REUTERS
04/03/2026
Periodista
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Todo el mundo mayor de 35 años recuerda lo que fue el "No a la guerra" de 2003 y 2004. Para muchos niños de entonces, hoy adultos hechos y derechos, constituyó la entrada en la educación por la paz y un motivo más de alergia a la derecha española y de complicidad con la izquierda española, elementos ambos tan centrales Proceso, primero, y ahora los populismos de extrema derecha han redibujado el mapa de fronteras mentales.

Aquello fue muy grande, mucho más que una manifestación multitudinaria, que, por otra parte, y modestia aparte, en Cataluña era y es una especialidad que dominamos. Aquello fue un auténtico movimiento popular transversal y una forma de estar en el mundo. De modo que Sánchez fue a buscar el capital sentimental acumulado en la fibra de millones de personas cuando resumió su oposición a los ataques americano-israelíes en Irán con el "No a la guerra". Pero no somos el 15 de febrero del 2003, ni en Cataluña ni en el mundo. Para el gentío que se manifestó en Barcelona ese sábado por la tarde, "No a la guerra" era también una manera de llamar "No a Aznar". Hasta un 90% de los españoles estuvieron en contra de la Guerra de Irak, y esa casi unanimidad quería decir que incluso la mayoría de los votantes del PP estuvieron en contra.

Cuando Sánchez dice ahora "No a la guerra" también recuerda al mundo que más de 30 millones de manifestantes salieron el mismo día en varias capitales a negarse a los planes de guerra en Irak basados ​​en mentiras del presidente Bush. Tenían el apoyo de muchos gobiernos, sobre todo en Europa, donde Aznar y Blair se quedaron solos. Ahora no es el caso. Pero Sánchez tiene lo que buscaba: un frente a frente con el presidente acosador de EEUU.

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