El último átomo, un ingenioso juego lingüístico y matemático que no acaba de funcionar
El ingenio natural de Jordi Oriol se despliega en el Teatre Goya
- Autoría y dirección: Jordi OriolIntérpretes: Joan Carreras, Mia Esteve, Carme Milán, Carles Pedragosa Torres y Lara SegurTeatre Goya. Hasta el 5 de julio del 2026
No sé si Jordi Oriol, uno de los creadores más originales del teatro catalán, conoce el trabajo del lingüista y semiólogo Ferdinand de Saussure, pero su teatro en general y en particular L'últim àtom me hacen pensar que sí, porque se sirve de juegos lingüísticos que alteran el sentido de los signos y las palabras ilustrando el principio de linealidad del significante y alcanzando resultados sorprendentes y humorísticos. Esto se desprende por ejemplo de la pronunciación (la habla) del título del espectáculo si juntamos las dos palabras o, de una manera más ingenua si nos atenemos a la presunta y desconocida actriz Lara Segur, de fonética que recuerda el nombre y apellido de otra actriz muy conocida, que no saldrá al escenario y será sustituida por un supuesto director de escena: el actor Rubèn Ametllé. Mucho más hay en la vieja pizarra verde de la profesora de lengua Mia Esteve que juega con significantes y significados y que replica las fórmulas matemáticas del profesor Joan Carreras en otra pizarra, donde hablando de la física cuántica y del gato de Schrödinger, plantea el principio de observación como un virus internacional que amenaza la humanidad. Profesor y profesora son padres separados de una hija desaparecida hace diez años de quien se acerca el aniversario. Se le suman un general del ejército que habla en castellano, un capellán, una madre en silla de ruedas, un inspector de policía, el amante de la madre, una estudiante de teatro y una presidenta que no llega..., personajes que habitan una historia bien planteada pero no tan bien resuelta en la construcción de una dramaturgia víctima de la misma estructura flexible e intuitiva con la que se nos presenta.
Ciertamente que hay algunas escenas, concretamente tres, muy cómicas y en las cuales el clown se apropia de la escena; hay también brotes del ingenio natural de Jordi Oriol; el humor que recorre la función se contrapone eficazmente al patetismo de las situaciones; hay un movimiento constante bien orquestado por la dirección, y Joan Carreras construye un delicioso profesor que parece salir de un cómic, pero el conjunto, a nuestro parecer, es irregular y no sé si funcionará mucho con el público más habitual del Goya.