Regularizar inmigrantes es lógico
El gobierno español anuncia una regularización de inmigrantes y la derecha y la extrema derecha (una diferenciación de cada día más innecesaria, a la vista de cómo los partidos de la derecha "tradicional" se pliegan y se adhieren, por todas partes, a los postulados de la ultraderecha) sacan inmediatamente fuego por las muelas. Parece que deberían alegrarse: al fin y al cabo, en sus discursos de odio recurren siempre al subterfugio de la lucha contra la inmigración ilegal. Y recalcan el adjetivo, si conviene silabeándolo: ile-gal. Así lo hizo, recientemente, Xavier García Albiol, otro subproducto de la política que ha encontrado su filón de votos y apoyos en las políticas de la violencia, del racismo y de la aporofobia: a su juicio, la expulsión de 400 sintecho, la gran mayoría inmigrantes, del parecer no formado por los antiguos institutos B9 —con garrotadas— contra la inmigración ilegal. Lo mismo dice la ultraderecha europea y americana, de forma prácticamente unánime.
Pues bien: la primera medida necesaria para detener la inmigración ilegal es regularizar la situación de los inmigrantes. Es lo lógico: es condición previa para después poder hacer políticas sociales que favorezcan la cohesión social y la naturalización de las personas llegadas a la búsqueda de unos medios de vida más dignos que los que han dejado atrás. La regularización de inmigrantes va contra las mafias, la explotación laboral, la economía sumergida y contra la delincuencia que parásita la inmigración (funciona al revés de lo que suelen afirmar las derechas: los inmigrantes no "vienen a delinquir"; al contrario, es la delincuencia quien espera ansiosa la llegada). De regularizaciones de inmigrantes se han realizado ocho (ahora nueve) en España en los últimos cuarenta años: tres de ellas, por cierto, bajo el mandato de Aznar. No hubo ninguna, eso es cierto, en los años de Rajoy como presidente, lo que le convierte en la excepción.
Sin embargo, desde los partidos de las graciosamente llamadas nuevas derechas, les ha faltado tiempo para exclamarse que la medida es una muestra de oportunismo por parte de Pedro Sánchez (eso siempre: ¿o no lo saben, que la política es el arte de gestionar las oportunidades?) y que promueve y acelera la "invasión" y la "sub". Negros, moros y pobres, gente repugnante: esto no lo dicen explícitamente en los discursos oficiales, pero se sobreentiende. Y por si no queda claro, se dice de forma clara al denso submundo de las redes sociales y de los pseudomedios. Es un mensaje que funciona siempre: desde que hay memoria escrita de las comunidades humanas, la xenofobia (el odio al diferente, el miedo al que viene de fuera) es una manera casi instantánea de obligar a una comunidad, o una parte grande de esa comunidad, a cerrar filas. Estamos en el tiempo de la movilidad máxima, de movimientos de población masivos y de cambios demográficos abruptos, lo que favorece a los líderes que consigan ponerse al frente de la piña del recelo, del temor y del odio.