Cómo elegir la contraseña perfecta
27/01/2026
Escritora
2 min

Me detengo en la noticia del pueblo italiano que está al borde del abismo. Pulso para leerla. Pero, ostras, un banner me avisa: si soy suscriptora debo apuntarme. Me habrá caducado la sesión. Respiro como un portero ante el penalti. Me pide (la web) que introduzca el número de teléfono o el correo electrónico. Como de correos tengo dos, o quizás doce, y no sé cuál debía de poner, tiro por el derecho. El teléfono, venturosamente, sigue siendo el mismo, porque la última vez que le perdí una buena alma me lo hizo llegar. El teléfono es correcto. Entonces, me pide la contraseña.

Caram. Si estuviéramos en el portátil (pero lo tengo estropeado), la contraseña se me pondría sola. Pero ahí no. Me la pide. ¿Cuál será? Esa primigenia que consistía en cuatro números no. Ahora quieren letras y números, mayúsculas y minúsculas. No me diga, lectores, que debería haberle apuntado. Sólo lea.

Escribo lo primero que me pasa por la cabeza. El nombre que me imagino que puse y un número, lo que imagino que puse. Y después de unos segundos, ¡eureka!, ya puedo leer la noticia del desprendimiento. La contraseña es correcta. Ya puedo haber cortado leña, ya puedo haber hecho una cazuela de albóndigas, ya puedo haber hecho cualquier cosa que fuera bien como argumento de un cantar de hazaña. Nada, nada es comparable con haber escrito una contraseña correcta. Ya no recuerdo las veces, tantas, en las que he errado y la página me ha echado, me ha dicho que soy delincuente, que soy peor que el chanquete que a plaza tiran o que el spam que va a la papelera de reciclaje. Soy heroica, soy guerrera, soy empoderada, soy una bestia de la informática. Hoy he hecho el día. Y no importa que ya no la recuerde, esa contraseña que acabo de acertar.

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