Un convoy de Renfe
27/01/2026
Periodista
2 min

En el 2026 pasará a la historia del servicio de Renfe y Adif en Catalunya como el año en que ambas empresas estatales, con la inestimable ayuda de los maquinistas, batieron un nuevo récord: el servicio pasó de muy deficiente a inexistente.

El Estado ha dejado a 400.000 personas sin trenes durante días, y todavía hoy los usuarios acuden a las estaciones a ver si suena la flauta y pueden subirse a algún transporte rodante que les lleve al trabajo por la mañana y los vuelva a casa por la noche. Eso sí, estamos de suerte: el ministerio ha encontrado en un cajón otros 1.700 millones de euros que destinará a presupuestarlos en Catalunya en los próximos cinco años. Que los acabe ejecutando son, como saben los lectores del ARA, higos de otro costal. Con la lluvia de millones ferroviarios que prometieron en su día Zapatero y Rajoy, Cercanías sería hoy la envidia del mundo desarrollado.

Ha sido necesaria la apoteosis de todos los caos para que el Estado diga que le pondrá más dinero (nuestro). Es muy grande y, sin embargo, la gente ha demostrado una paciencia y una resignación encomiables. La desmovilización es palpable, porque la respuesta al caos de estos días debería ser de la altura de una huelga general o de un cierre de cajas, que ningún sindicato mayoritario ni se plantea, por supuesto. Y eso que los que quieren subirse al tren a las siete de la mañana seguro que forman parte de lo que deberíamos seguir diciendo clase trabajadora. Solo faltaba que los convocantes de dos manifestaciones de protesta para el mismo día no se pongan de acuerdo.

La falta de confianza de estos días no es sólo la de la gente con Renfe y Adif (está más que justificada), sino con los partidos, los sindicatos y con nosotros mismos como sociedad. Es esa la confianza que debemos recuperar.

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