El pasado jueves fui todo el día en la ciudad de Lleida. Pese al mal tiempo de las jornadas anteriores, hizo un día espléndido, casi primaveral. Incluso los trenes se comportaron más o menos bien (que conste que digo "más o menos": salí de Sants con un cuarto de hora de retraso y de la estación Lleida-Pirineus con veinticinco minutos añadidos. Dadas las circunstancias vergonzosas de Cercanías, poco). Como, por suerte, terminé lo que tenía que hacer una hora antes de lo previsto, pude pasear media horita por un tramo del Eix Comercial, que con sus 3,5 kilómetros ininterrumpidos es uno de los más largos de Europa. Aparte de las inevitables reminiscencias que me suscitó el paseo –la verdadera patria es la infancia–, constaté que este conjunto de calles había recuperado su empuje, el nervio que tenía antes.
Cuando era pequeño, entre finales de los sesenta y principios de los setenta, aquella zona hervía de actividad comercial y de vida. Había una juguetería, conocida como Lo Baratillo, con una fachada extrañamente vistosa, insólita, llena de grandes balones hinchables y cosas por el estilo (fuera bueno recuperarla, creo). La familia materna de mi mujer tenía un comercio casi frente a la Paeria. Después, todo fue declinando poco a poco, hasta casi tocar fondo. Algún genio decidió dar permiso de apertura a un enorme centro comercial de capital francés en medio de la ciudad; el resultado fue catastrófico. Más adelante, la decadencia dio lugar a la pura decrepitud. El pasado jueves, día veintidós de enero de 2026, constaté, sin embargo, que la mayoría de locales comerciales y de restauración volvían a funcionar. Hacían gozo, y me alegré de todo corazón. Las ciudades nacen, mueren y, si hay suerte, resucitan.
El domingo veinticinco, en Barcelona, hizo también una magnífica mañana; por la tarde se estropeó. Pudimos realizar la preceptiva caminata urbana, en este caso desde Gràcia hasta el Clot, pasando justo por la orilla de la Sagrada Família. A medida que uno se acerca al extraordinario templo de Gaudí percibe un paisaje urbano manifiestamente anómalo. Dejando a un lado las riadas de turistas, que en determinadas épocas del año casi te cierran el paso, la práctica totalidad de los comercios está pensada para el pasavolante. Los montones de sombreros mexicanos de hace unos años –no muchos años, dicho sea de paso– han desaparecido, pero lo que hay ahora no difiere en nada de las tiendas de gadgets de cualquier otra ciudad turística. En cualquier caso, esto sólo es la puntita insignificante de un iceberg siniestro que ha transformado la ciudad de Barcelona en un lugar histérico y absurdamente caro. Expulsa a muchos de sus ciudadanos para poder acoger a personas con dineritos de cualquier lugar del mundo (rico), que son atendidos por gente proveniente también de todo el mundo (pero del mundo pobre, en este caso). La gente de aquí hacemos de figurantes, y todavía gracias. Quienes tienen menos suerte deben joder el campo muy lejos, en busca de alquileres razonables y restaurantes que no sirvan un rancho infecto a precio de Maxim's.
Apelamos ahora a la vieja hipótesis de los marcianos que miran el panorama desde arriba, con la ventanilla del ovni bajada para poder fumar (rubio mentolado, que gusta mucho a Ganimedes). Si llegaran a observar el Eje Comercial de Lleida por donde paseé el jueves y los alrededores de la Sagrada Família por donde caminaba el domingo llegarían quizá a la conclusión de que se trata de dos lugares donde las cosas funcionan bien. Desde arriba, ciertamente, todo resulta bastante parecido. Pero la realidad es otra muy diferente. Como lo ha argumentado el siempre perspicaz y razonado Miquel Puig, el monocultivo del turismo es un negocio ruinoso. A diferencia de otras actividades productivas, y aunque en apariencia parezca lo contrario, en nuestro contexto el turismo genera a nivel colectivo más pérdidas que ganancias. Y esto no es lo peor. Puede llegar a desordenar y estropear lo más valioso de una ciudad: su tejido social. Ahora mismo, en Catalunya hay ciudades que van adelante, otras que se han quedado estancadas y otras que chapotean en una contradictoria decadencia dorada, donde nada es lo que parece. Es el caso de Barcelona, ciudad en la que vivo desde hace cuarenta y tres años y que quiero profundamente. Algunas decadencias urbanas pueden ser vistosas, mientras que otras no hacen gracia alguna. Ver cómo la presión turística transforma una de las ciudades más atractivas del mundo en un lugar hostil no hace ninguna gracia. Ninguna. No estamos hablando de una anécdota, sino de una disfunción muy seria que tiene un alcance nacional, no sólo municipal.