Retornos, rotondas y aterrizajes

"Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo
porque no es lo que importa llegar solo ni pronto,
sino llegar con todos y a tiempo"
León Felipe

En verano no toda cuca vive. Que se lo pregunten al 30% de la sociedad catalana que no puede permitirse ni una sola semana de vacaciones fuera de casa. Que se lo pregunten a los isleños de Palma, tras una histórica movilización social contra los colapsos de una turistificación desbordada. Que se lo pregunten, en plena emergencia climática, a todos los afectados –inundación, granizada o incendio– por una meteorología contingente e incontinente. Que se lo pregunten a los albaneses que se han alzado contra los proyectos pornográficos de resorts de lujo, vinculados a la familia Trump, en plena reserva natural ecológica de la costa adriática. Que nos lo pidamos nosotros, en un verano más de aporía global, colindando Ceuta, donde estos días se condensa la gran contradicción de la inhumanidad del momento: la escisión entre disponer de la condición de turista o ser solo un migrante pobre. Todas las tensiones se elevan. Vendrá la realidad y nos pillará dormidos, a pesar de que siempre haya otras opciones disponibles contra la tiranía de la inercia y la indiferencia. Por ejemplo, que la estricta realidad nos pille, sí. Pero anticipados, movilizados, de pie y en medio de la calle. A raudales lo digo: todavía podemos parar la ampliación del aeropuerto de El Prat.

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Etern retorno de otoño —con dispensa del cambio climático, que más da— y nos reencontraremos de nuevo, entrada sin salida, en el mismo lugar una vez más. Encrucijada abierta, domingo 20 de septiembre, decenas de entidades sociales y ambientales han convocado una nueva manifestación en Barcelona para exigir que no se amplíe, definitivamente, el aeropuerto de Barcelona; ni ahora ni nunca. Lo impulsa un coro plural, diverso y comprometido realmente con el futuro del país, cobijado bajo la plataforma Zeroport. Desde entidades ecologistas como Depana, que denuncian la degradación del delta del Llobregat en los últimos cinco años, hasta la Assemblea de Barris pel Decreixement Turistic (ABDT), que alertan de todo lo que implicarían 15 millones de turistas más —¡más!— al año. Pasando por Aigua és Vida —que reclaman más planificación hidráulica—, la Confederació Sindical d’Habitatge de Catalunya (Coshac), que remiten al brutal impacto en la vivienda y en la expulsión del vecindario, hasta la Associació per a la Promoció del Transport Públic (PTP), que demanda como prioridad el simple hecho de que Rodalies funcione y que la millonada destinada a la ampliación —3.200 millones por ahora— se destine a un sistema ferroviario robusto, seguro y fiable. Todos reclaman a la vez, literalmente, hechos bien concretos: que se proteja la biodiversidad, el campesinado, el tejido productivo y las industrias locales, el derecho a la ciudad y el delta del Llobregat —y tantas cosas más que se enmascaran bajo el proyecto de expansión del aeropuerto—. La movilización no es nueva: ya se produjo en 2021, y entonces conseguimos pararlo. Hay que volver ahora con más perseverancia. Ahora que ya sabemos que el Govern Illa se lo marcó, desde el primer día, como prioridad estratégica, haciendo el sordo a tantas otras voces. Al principio, ciertamente, lo hacían con bombo y platillos. Últimamente, lo hacen discretamente, a la sombra y en silencio, que bastante tienen con lo que vendrá —educación, sanidad, vivienda, Rodalies—. Dice el presidente Illa que "es compatible ampliar y modernizar el aeropuerto y hacerlo con las máximas exigencias ambientales". Eso mismo se dijo en la ampliación de 2006. Y la respuesta dura la dio la UE con informes demoledores: todo fueron incumplimientos escandalosos y vergonzosos que aún pagamos. En otros bastidores del poder, algunos ya reconocen que esto del Prat no saldrá bien, como reconocen en privado que Rodalies tardará años en solucionarse después de décadas de desinversión.Pero a gritos o en silencio, la prueba de algodón siempre toca y siempre mancha. El dilema está abierto en canal. Casi sencillo. Malditamente claro: no se puede tocar las campanas y acudir a la procesión. O pirómanos o bomberos. O se está con los compromisos del Acuerdo de París —como dicen— o con la ampliación del aeropuerto —tal como hacen—. O se toma partido por el objetivo de la neutralidad del carbono para 2050 o, en nombre del objetivo, se hace todo lo contrario. O defiendes el tímido Pacto Verde Europeo o lo atacas. O invocas la ley europea del clima o te la saltas para fomentar activamente, como dicen las entidades convocantes, "el incremento de la contaminación atmosférica y acústica y de las emisiones de gases de efecto invernadero". O preservas y restauras el Delta, la Ricarda y el Remolar, o sacrificas territorio con la mala pieza, en el falso telar, de una compensación por venir. O te implicas en revertir la emergencia climática o te empeñas en acelerarla y profundizarla. Eso es lo que está en juego. Y mientras tanto, lo único exigible, de entrada, es que si pretenden sacarlo adelante se ahorren el tomar el pelo de ir invocando los consensos, pactos, leyes y acuerdos que dicen respetar mientras los vulneran. Si no es pedir demasiado, como diría el poeta.

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Todo ello recuerda una forma de hacer política, entre la arrogancia y el doble lenguaje, donde anida el creciente descrédito democrático que tan miserablemente explota una extrema derecha entregada al negacionismo climático. El estilo de obrar no es excepción. Pasa lo mismo con la variante de les Preses en la Garrotxa. En 2023, el ACA declaró reserva natural subterránea el acuífero fluviovolcánico del Valle de Bas, principal reserva de agua de la comarca. Dos años después, el Gobierno aprueba perforarlo para triturar con asfalto el Valle de Bas, en una de las zonas agrarias más fértiles del país y contra las resistencias del territorio. De nuevo, o una cosa o la otra; ¿en qué quedamos? Pasa que lo que pasa en el cielo aterriza en el suelo, y lo que hacemos con el suelo afecta al aire. Por eso, cada vez que Zeroport nos recuerda, tan necesariamente, los impactos, costes y fracturas de ampliar el aeropuerto o el puerto —"una decisión irracional"— me viene a la cabeza una experiencia personal que solo puede ser colectiva. Todo va tan al revés hace tanto tiempo que durante el reciente exilio suizo de tantos compañeros, la paradoja insoportable de la movilidad era reiterada, monótona y absurda. Cada vez que tenía que viajar a Ginebra, la pantalla, invariablemente, decía lo mismo en un mundo al revés: ir y volver en avión podía salir por 60 euros o menos; ir en coche, cerca de 150; en autobús, 200. En cambio, elegir ir en tren, como opción de transporte público menos contaminante, no bajaba nunca de los 300 euros y, según en qué fechas, se elevaba a los 400. Cuando debería ser todo lo contrario, en escala inversa.Porque, entonces, ¿dónde están los límites? ¿Los tienen? ¿Qué idea endiablada de futuro proyectan? ¿Hasta dónde quieren crecer, y qué significa crecer, ¿exactamente, y hasta dónde y hasta cuándo y para qué? La pregunta no es nueva. La formuló hace mucho tiempo el matrimonio Meadows. En 1972, cuando publicaban Los límites del crecimiento. 54 años después, la propaganda de AENA –que tiene como motor principal, si no único, la retribución a los accionistas privados de la elevada rentabilidad prometida– no cesa, y repiten una preguntita retórica que de tan básica resulta tragicómica: "¿Te imaginas un día sin aeropuertos?" Hombre, pues sí. Y 365 días, también. Lo que no me lo imagino es sin trenes. Por eso, contra quienes quieren hacer volar aviones, dinero y palomas a la vez, el domingo 20 de septiembre tenemos una cita a ras de suelo. A pie de calle. Sin humos. En defensa de la gente, la ciudad y el territorio. Contra los incendios globales, donde harán falta muchos extintores. Para intentar salir de la rotonda infinita donde mal giramos hace años. Para saber elegir, colectivamente, otra salida. Otro camino, sostenido, solidario y sostenible, ante los enormes retos globales del siglo XXI. Levantamos la manifestación: es hora de aterrizar.