Revueltas
"No se hagan ilusiones:
el poder cambia de manos pero raramente vacila"
Joan Fuster
Cuando este atardecer, por todos los rincones de los Països Catalans, llegue el fuego de la Flama del Canigó, el País Valencià y las Illes Balears estarán todavía bajo los binomios gubernamentales de PP y Vox, los pirómanos xenófobos irán acumulando leña en el Principat con la intención de encenderla pronto y en la Catalunya Nord ya hará meses que las extremas derechas –de Perpiñán a Elna– se impusieron en la primera ronda. Sus fuegos descontrolados –donde arde todo, de la lengua al país, de la biodiversidad al futuro– no son los nuestros. Pero rodeados por la ola global ultraderechista, quizás desde allá arriba –las paredes del monasterio de Cuixà, pongamos por caso– podrán decirnos en perspectiva que si acertamos en lo que hay que hacer, de peores situaciones hemos salido, cuando las han visto de todos los colores. Por ejemplo, que hace solo 50 años todavía vivíamos bajo una dictadura, no había ni rastro de elecciones democráticas y se firmaban penas de muerte. Quizás nos recuerdan que todo va muy deprisa cuando se trata de desmantelar lo que se ha construido y todo va exasperadamente lento cuando se trata de avanzar. En forma y fondo, ninguna novedad. Ninguna. Que hay cosas que mutan aceleradamente y otras que nunca cambian. Que gana la banca y gana el Estado. Casi siempre.El sábado pasado Marc Castellnou, de los GRAF de los Bomberos de la Generalitat, decía que los incendios son muy buenos maestros pero muy malos alumnos. Hace décadas que también nos dice que los incendios se apagan en invierno y que nuestro ecosistema concentra las catorce tipologías de incendios posibles –es decir, todas las opciones existentes–. Y que después de años de hacerse el sordo ahora empezamos a prestar atención a lo que no se ha hecho y a lo que queda por hacer todavía. Resulta muy elocuente aplicar las tres máximas ignífugas de los bomberos a la devaluación acelerada de la democracia en la era de los incendios globales. Que van del estrecho de Ormuz a un multimillonario nihilista en Colombia, de un tiroteo en la calle Balmes al macrodesahucio de un bloque de La Mina esta semana, de la Gaza devastada a los rearmes alemán y japonés, del mundial ladrón de Infantino al tuit de Musk sobre Belfast –o el de Albiol en Badalona–. Incendios provocados en todas partes por los proxenetas de la tierra quemada. Ahora bien, quien dejó la tierra yerma y el sotobosque descuidado no fueron ellos. Tres máximas: que no aprendemos, que no se ha hecho lo necesario y que puede pasar de todo en la verbena ultra que incendia el mundo.
La ola de calor, sin embargo, es múltiple y no solo climática. La verbena de hoy, ritual anual cuando los rituales nos son más necesarios que nunca para conjurar y conjurarnos, puede servir de rendija anticipada para ir pensando cómo querríamos la verbena que vendrá. No solo para saber qué tiraremos hoy a la hoguera, sino para pensar qué incendio forestal no queremos que llegue –aunque ya está aquí– y, si se expande de forma funesta, cómo diablos pensamos extinguirlo antes de que sea demasiado tarde. De aquí a un año, 2027 a tocar, tendremos nuevo mapa municipalista catalán, nuevo escrutinio social y probablemente ya se habrán celebrado las elecciones estatales. Ya lo veremos –a pesar de que los modelos climáticos anuncian lo que anuncian–. Un año es mucho en política y es poco a la vez, pero en cualquier caso no hay peor derrota que la derrota por incomparecencia. De otro modo, "es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer futuro", diría Casaldàliga. Espejo del tiempo, hace verano, pero ya no es 1993 y la imprescindible ecofeminista Yayo Herrero nos recuerda la hondura del concepto de solastalgia. La nostalgia que provoca el hecho de que el lugar donde vivías ya hace mucho que no existe, es irreconocible y no volverá –el mismo lugar en un paisaje completamente diferente–. Y el vacío, la incertidumbre y la extrañeza –sin romantizar ningún pasado– que esto provoca con toda la retahíla de malestares que genera. La buena de Yayo dice más: que este es el vacío que explota la extrema derecha eligiendo falsos chivos expiatorios en ausencia de una izquierda marciana, carente de perspectiva, que no nombra las cosas por su nombre ni señala las causas estructurales y que lo ha reducido todo a la batalla por el relato y la disputa mediática. En todo caso, sí que sabemos que nada se reconstruirá desde TikTok y que las bibliotecas, al menos, también son refugio climático. Y son de propiedad pública colectiva –y no de cuatro magnates tecnofeudales–. A la desigual batalla digital que también hay que librar no hay que oponerle, absurdamente con diez mil tiros en el pie, unas bibliotecas vacías. Menos aún en el país de los ateneos, donde los obreros han leído en la oscuridad de la dictadura, en el rincón de la fábrica o en los agujeros de la cárcel.
Sobre todo cuando, a las puertas del verano, también volverá a subir la temperatura en todas las periferias. Un 30% de la sociedad catalana, impertérrita dada imperturbable hace demasiado, no podrá permitirse ni una sola semana de vacaciones fuera de casa –turistas de verdad contra no turistas que huirán por la pantalla en inmóvil movimiento–. Conviviremos en un país estructuralmente desigual, entre la Cataluña de las piscinas –y no hablo de las municipales–, la masificación turística en monocultivo y los macrofestivales para otros. Mientras tanto, la migración deshilachada y muda, ruinmente en el punto de mira de tantos, hará funcionar el semimilagro económico catalán que explica el vuelo bajo del Fénix: de la recogida de fruta dulce a los mataderos, de las obras asfálticas en carreteras y en la ciudad al cuidado de abuelos y abuelas, de los fogones de toda la hostelería a las pedaladas que enriquecen Glovo –investigada por la Fiscalía de Milán por explotación laboral y por pagar un 81,62% menos de lo que fija el convenio–. Verano de nuevo –ya lo sabíamos– cuando ya no hay nada que escinda más abisalmente la humanidad que si te acoge la condición de turista o te expulsa la condición de migrante. De Norte a Sur y con dinero, ningún problema y todas las facilidades. En sentido inverso, todos los laberintos y todos los quebraderos de cabeza.
Y, a pesar de todo, sí y contra bordes y ladrones, es la diada de los Países Catalanes a ambas orillas del Mediterráneo. Y esto nos iguala. Y la gente se reencuentra. Y Mireia Calafell escribe con extintor de agua de arroz: "Urgente saber quiénes somos, quién pone cloro en la piscina y quién está dentro del agua. Quién controla la entrada y quién es el que quiere entrar. Dónde es que quiere entrar. Debemos saberlo pronto o será tarde e irreversible: ya no podremos hacer nada, ni cambiar nada, ni decir nada, ni escribir nada, ni exigir nada si un día descubrimos, ingenuamente, que toda esta sangre es de nuestras manos de donde, gota a gota, cae". Que corra el aire. Feliz solsticio.