Rufián, aún
Sin Rufián, el perímetro electoral de ERC será más pequeño; con él, sus electores no sabrán exactamente qué están votando.Ahora ya es evidente que Gabriel Rufián no es solamente una voz disonante dentro de ERC sino también un líder con agenda propia y capacidad para eclipsar el partido donde milita. Por lo tanto, para ERC gestionar el peso (o la ausencia) de Rufián es una cuestión fundamental.El veterano partido republicano debe medir bien sus movimientos. Superado un ciclo electoral nefasto, le pesa el fracaso de sus experimentos institucionales (presidencia de Aragonès y alcaldías de Lérida, Tarragona y otras ciudades importantes). Oriol Junqueras es hijo del Procés, lo que al mismo tiempo es aura y estigma. Y su futuro político está en manos de los jueces, lo que lo condiciona todo. Frente al maximalismo de Junts, ERC juega la carta del pragmatismo y del apoyo condicionado a los socialistas. Pero esto, que en España se vende relativamente bien, en Cataluña cuesta más, por los incumplimientos reiterados y los problemas de gestión del PSC. Y a pesar de todo, las encuestas le son relativamente favorables. ¿El factor Rufián tiene algo que ver? El de Santa Coloma no solo arrasa entre los votantes de izquierdas españoles, sino que (al menos en la reciente encuesta de este diario) es el mejor valorado por los electores catalanes, incluso más allá de la órbita independentista. A Junqueras, Rufián le amplía la base. No puede prescindir de él, pero tiene serios problemas para domarlo. ¿Qué hacer? Si Junqueras se entrega al discurso de Rufián (una narrativa populista, eficaz, pero de recorrido incierto) estará comprando intención de voto a cambio de asumir una apuesta incierta y de corto plazo. En lugar de independentismo, Rufián propone resistencia: aplazar el pleito catalán para plantar cara a PP, Vox y Junts (que él presenta como un monstruo de tres cabezas) con la unidad de las izquierdas alternativas y plurinacionales. No hay duda de que si ERC, Bildu, BNG, Compromís y Endavant Andalucía se coordinaran mejor en Madrid, podrían instalar en el centro del ring español el debate sobre la plurinacionalidad (y la autodeterminación), ya sea condicionando al PSOE o erigiéndose en un muro de contención de la derecha españolista. Pero no sabemos si es eso lo que realmente motiva a Rufián. Y por otra parte, los únicos partidos que compran su relato no son los soberanistas, sino Sumar, Podemos y Comunes. Los que están en horas bajas. Vistas las dificultades de Rufián para convertir sus llamadas unitarias en un proyecto realista, quizás Junqueras ha decidido callar y esperar que la realidad lo ponga en su sitio. Pero mientras no quede claro el papel futuro de Rufián, las expectativas de ERC serán dudosas. Sin él, el perímetro electoral del partido será más pequeño; con él, los electores de ERC no sabrán exactamente qué están votando. Rufián no hace vida de partido e ignora a sus compañeros de grupo; su diversión es ofender a los diputados de Junts y elogiar de forma un poco forzada a los compañeros de Sumar e incluso a los del PSOE. La política catalana le queda lejísimos; no aparece nunca con Junqueras, no habla de independencia (solo por pasiva: “Estoy harto de que se juzgue a los catalanes por si son independentistas o no”). Ha contraprogramado la foto de Junqueras con Illa para la firma de los presupuestos. Y no ha dicho ni una palabra, por ejemplo, de los conflictos del gobierno del PSC con la enseñanza y la sanidad pública. Un notable ejercicio de contención para un charlatán como él. Los grandes partidos catalanistas han tenido siempre una doble cara (Macià y Companys, Pujol y Roca) pero hacer funcionar esta clase de tándems, con un pie en Madrid y otro en Barcelona, es todo un arte, propio de partidos sólidos, con una estrategia y un discurso bien trabados. La gestión de las contradicciones es lo que caracteriza a los partidos grandes. ERC aún tiene que demostrar que pueda hacerlo con éxito. Y se acerca un nuevo ciclo electoral.