Hay una cierta izquierda que ve con buenos ojos un islamismo nuclear iraní como contrapeso al poder militar israelí. ¿Tiene lógica este argumento? Recapitulemos. Fue en 2002 cuando los topos de la opositora Organización de Muyahidines del Pueblo revelaron la existencia del programa secreto de armas nucleares de la Teocracia Totalitaria Chií (TTXI) en Natanz. Después comenzaron las sanciones económicas de la ONU, los EE. UU. y la Unión Europea contra Irán, y también la primera ciberguerra de la historia –el envío del virus Stuxnet a la misma central nuclear, organizado por Barack Obama y Benjamin Netanyahu en 2010–, así como el asesinato de los científicos nucleares del régimen, atentados y sabotajes, que continúan hasta hoy. Alá no informó a sus enviados a Irán de que los ojos de los satélites estadounidenses estaban observando cada paso de sus actividades nucleares “ocultas”, sin que entonces Washington tuviera ninguna intención de derrocarlos. Con un capitalismo neoliberal corrupto y exacerbado y una persecución medieval contra las verdaderas fuerzas antiimperialistas iraníes, la TTXI había contribuido a convertir lo que había sido la potencia más relevante de la región en un estado paria y aislado, conocido en el mundo por batir, año tras año, su propio récord de ejecuciones y por perseguir a las adolescentes iraníes insumisas que lo pusieron contra las cuerdas –más que los espías del Mossad vestidos con sotana y turbante.
La bomba de los ayatolás no pretendía disuadir a la teocracia judía de Israel, que sí cuenta con decenas de estas armas de destrucción masiva (ADM). En realidad, Irán no tiene ninguna disputa histórica con este país, con el que no comparte ninguna frontera. La idea de “borrarlo del mapa” tampoco se debe al genocidio palestino –cientos de miles de iraquíes, afganos, libaneses, sirios, libios o yemeníes musulmanes también han sido masacrados por el imperialismo y el sionismo–, sino por la osadía de Israel de apoderarse de la mezquita de Al-Aqsa, desde la cual se cree que Mahoma subió al cielo. Al mismo tiempo, la enemistad del actual régimen fascista israelí con Irán proviene del hecho de que este gigante, 81 veces más grande que Israel y una de las principales reservas de oro negro del mundo, será siempre –más allá de quien lo gobierne– una barrera para su hegemonía absoluta sobre la región. Y ahora que se ha dado cuenta de que es difícil desmantelar la totalidad del programa nuclear chií, ha decidido poner fin a su régimen.
"Si tuviéramos el arma nuclear, no nos habrían atacado", lamentan algunos dirigentes de Irán. Ignoran que, por un lado, se les está atacando justamente por el deseo de tenerla y, por otro, que Israel ya bombardeaba reactores nucleares de Irak en 1981 y de Siria en 2007. Las ADM tienen como objetivo masacrar a grandes masas desarmadas para conseguir contrapartidas de sus gobernantes. Recordemos que los EUA convirtieron en ceniza decenas de miles de niños, ancianos, mujeres embarazadas y hombres en Japón, sin que su emperador Hirohito sufriera ni un rasguño.
Por otra parte, si los radicales del judaísmo o del islam –ambas religiones abrahámico-semitas– quieren encontrar supuestas justificaciones para la matanza de civiles, dirán que su Dios común ordena en el Deuteronomio la limpieza étnica de diversos pueblos, o que el Corán manda decapitar a todos los "infieles". Y, si bien el mundo ya conoce el genocidio palestino, pocos saben que la TTXI, solo en el año 1988 masacró a cerca de 50.000 presos –y presas– políticos iraníes, o que en enero de este año sacrificó al menos a 20.000 civiles chiítas, entre ellos un centenar de niños de entre 3 y 17 años, para rescatar la caquistocracia gobernante.
No solo eso. Mientras los intentos inútiles de Irán de conseguir una bomba nuclear ponían en peligro la vida de millones de iraníes, al mismo tiempo engordaban las cuentas personales de las autoridades islámicas, una cleptocracia que ha devorado millones de dólares del programa nuclear llevando a la pobreza absoluta al 85% de la población. Además, hay sobradas sospechas de que la oleada de envenenamientos de niñas escolares en muchas provincias de Irán, ocurrida entre 2022 y 2023, fue un castigo promovido por la TTXI en forma de ensayo de armas químicas.
Ahora se habla de paz, pero solo se trata de una tregua que Trump busca con motivo del Mundial de fútbol. Con Irán, Trump aplica la estrategia del monstruo de Komodo: no lo mata de un solo golpe, sino que le inflige una herida profunda y espera que se desangre hasta agotar sus fuerzas para devorarlo. El régimen islámico ha muerto, pero no el negocio de la carrera nuclear en la región.