El sacacorchos
El titular me deja estupefacta. Donald Trump ha explicado en la cadena Fox News que "Irán le pidió una tregua de siete días en los ataques sobre centrales eléctricas y otras plantas de energía, pero que él les ha concedido diez". Al parecer Teherán le está "muy agradecido".
Es decir, Irán (entendamos la perversa sinécdoque cuando decimos “Irán”, porque cogemos el todo por la parte) pide siete días. Ni seis, ni ocho. Es que cuando pides prórrogas (por un trabajo que tienes que entregar, por pensar...) sueles pedir, sin querer, una semana. Cuentas por días, y cuando pides prórrogas de horas, suelen ser veinticuatro. Pero Donald Trump, en su magnificencia, dice: “Cállate, no sufras. Te doy tres más de las que has pedido”.
¿Por qué? Es una tregua que llevará a parlamentar. No es dar el pistoletazo de salida al ataque. Si fuera el pistoletazo de salida al ataque, sería cínico decir: "Iba a atacarte el lunes, pero como soy magnánimo, te ataco el jueves. Y como he dicho «diez días» el ataque será puntual a las seis de la mañana. O sea que tenías la posibilidad de morir el lunes, pero esta posibilidad pasa al jueves".
Dar una prórroga en estas circunstancias es un signo de debilidad, de desconfianza en uno mismo. Si tu pareja te pide siete días para pensar y le dices que le das diez, es que no las tienes todas. La personalidad de Donald Trump me hace pensar en un apostador, en alguien que juega a las máquinas tragaperras buscando el placer inmediato y efímero, la adrenalina no deportiva; que, cubata o cerveza en mano, mete la moneda en la máquina, ve que le sale premio, se exclama en voz alta, de placer, y acto seguido mete una nueva moneda en la máquina, hasta perderlas todas. Que sale del bar sudoroso, eufórico, embrutecido, pensando que mañana más.