Agricultores trabajando con el tractor en Sobremunt.
27/03/2026
Escritor y técnico agrícola
4 min

Cuando comencé, ahora pronto hará treinta años, la carga burocrática a la que estábamos sometidos era menor y me permitía compaginar el trabajo de la tierra y el ganado con el de la burocracia. Las cosas me fueron razonablemente bien y la empresa fue creciendo y diversificándose a un ritmo asumible. Se incorporaron mis padres y mi pareja y, con ellos, la posibilidad de elaborar y de hacer venta directa de nuestros productos. Continuábamos siendo una granja pequeña, claro, pero había trabajo para todos y, como trabajábamos bajo los preceptos del lema que ha regido todas las casas de payés desde hace siglos, pues nos íbamos saliendo.Si no saben a qué lema me refiero es que ustedes no han gozado nunca del privilegio de formar parte de una unidad de producción tan bien engranada como las estructuras familiares de las casas de payés. No hay especialización ni un reparto muy estricto de las tareas porque donde no llega uno llega el otro, los derechos laborales no existen porque no hacen falta y los horarios, las bajas o los contratos son formalismos extemporáneos que no acaban de encajar con las dinámicas de un trabajo que aún se hace como se hacía antes de que las leyes y la regulación de actividades económicas nos entraran hasta el comedor de casa.No hay una sensación de sacrificio porque las cosas, simplemente, se hacen cuando toca hacerlas. Quien marca el ritmo no es un amo malvado que se aprovecha de nuestro esfuerzo ni somos esclavos de las exigencias castradoras de una cadena de control pensada para anular las libertades del individuo en favor de su productividad. Si el rebaño necesita comer no es culpa del amo, tampoco lo es el trabajo inacabable del huerto ni que pasado mañana marque lluvia y me tenga que pasar tres noches sembrando para aprovechar la sazón que aún hay.Las condiciones nos las autoimponemos por una especie de responsabilidad imbuida y heredada de aquellos que trabajaron esta tierra antes que nosotros. Todo esto nos ha hecho prácticamente el único colectivo autosuficiente del Primer Mundo. Solo vamos al súper para comprar aquello que no somos capaces de producir; el albañil, el fontanero o el mecánico solo entran en casa cuando la avería se escapa de las habilidades de los manitas de la familia; vaciamos la despensa cuando tenemos hambre y bebemos del pozo cuando tenemos sed; quemamos la leña de nuestros bosques y en verano, si hace demasiado calor para trabajar, pues nos levantamos un poco más temprano y al pico del día echamos una siestecita. Se podría decir que hemos sabido mantener abierta una de las pocas rendijas que permiten escapar de las bridas de un sistema turbocapitalista que lo embarra todo.¿Y el lema? Pues el lema es: “¡Entre todos lo haremos todo!” Suena bien, ¿verdad? Pues es mentira.La ultrarregulación nos ha convertido en esclavos de este sistema tanto o más que cualquier trabajador de fábrica o de oficina. Aceptémoslo, hemos conservado los sacrificios que comporta nuestro trabajo pero hemos perdido la autonomía.Registra, documenta, comunica, acredita. ¿Tiene la etiqueta de la avena certificada que sembró hace tres años? Hemos detectado que uno de sus animales no concuerda con nuestros datos. ¿Ya tiene permiso para cortar las plantas de este margen? Guarde las recetas, regístrelas. Las fotos por satélite de sus campos no coinciden con lo que declaró. Enséñeme los papeles. Tiene una notificación. El plazo se acaba pasado mañana. ¿Tiene el pozo declarado en la ACA? Validación del DIB denegada. ¿Ya ha hecho la DUN? Consulte el GTR. Le hemos tumbado la DAN. ¡Pague! ¡Conéctese! ¡Demuestre! ¡Arrodíllese! ¡Pleegue!

No nos manda el amo, no, nos manda la administración, que es peor y más implacable. Y aquí llega la otra parte de la mentira. Si bien es verdad que en una empresa familiar todo el mundo hace un poco de todo, esta parte burocrática que no quiere hacer nadie, generalmente, la continúan haciendo las mismas de siempre. Ahora ellas forman parte de la empresa, sí, quizás incluso son socias, pero hemos de admitir que no hemos sabido esquivar los errores que ha cometido el resto de la sociedad en la incorporación de la mujer al mundo laboral. Hay excepciones y cada casa es un mundo, sí, ya lo sé, pero lo que quiero venir a decir, así, en general, es que quizás no se trataba de convertir el despacho de la empresa en una extensión de la cocina de casa.Ya les he dicho que, cuando empecé, yo solo me veía con fuerzas de llegar un poco a todo; ahora no, ahora todo ha cambiado mucho y demasiado. La diferencia entre los costes de producción y el precio de venta hace que se deba tener un volumen considerable. Además, la cantidad de papeleo que tenemos que hacer es ingente y no para de crecer a cada estornudo del sistema y, si no hay nadie en la empresa que se pueda cuidar de ello de una manera un poco exclusiva, pues ya has bebido aceite. Si a esto le sumamos que uno de los puntos más débiles que tienen este tipo de empresas es la insustituibilidad de la mano de obra familiar por mano de obra convencional, pues ya tenemos la receta perfecta para hacer un plato de escabeche de pequeña agricultura a la catalana.En definitiva, que sería muy largo de explicar pero que ahora me toca a mí, de cerrar la barraca, de levantar el campamento, de plegar velas, de quitarme el ganado y venderme las herramientas, y, aunque un poco a regañadientes, ya se lo admito, voy saliendo de este mundo que durante tantos años ha sido mi vida. Me parece que todavía me siento bastante campesino para asumir mi parte de culpa en eso de haber contribuido a convertir la indeseable burocracia en una cosa de ellas, en otra mala excusa de aquellas de “es que se cuida ella porque tiene más maña”. Ustedes ya me entienden.

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