La Sagrada Familia: la obstinación y el anhelo

En los años ochenta del siglo pasado, siendo de natural sociable y viviendo en los EE. UU., tenía un relato para explicar de dónde venía. Incluía dos observaciones sobre Barcelona hoy chocantes. Una era la homogeneidad étnica de la población. Durante un sabático en Barcelona en el año 81 me visitó un alumno indio a quien dirigía la tesis doctoral. Era sij y, por tanto, se cubría la cabeza con un turbante. Cuando salía a la calle se le giraban las miradas e incluso alguien le preguntó dónde había conseguido una cama de llaves para dormir. La otra, que será el foco de este artículo, era que, dirigiéndome al fenómeno turístico en Cataluña, hacía constar que se extendía por toda la costa catalana excepto en Barcelona, donde era ausente. Los turistas la evitaban con una precisión casi quirúrgica.

Pero esto estaba a punto de cambiar porque en Barcelona, y en Cataluña, a la recuperación democrática le acompañó un anhelo de proyección internacional que se concretó en el impulso de los Juegos Olímpicos, un acontecimiento que significó un lucimiento extraordinario de la ciudad al mundo, y también su apertura al mar.

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Lo siguiente fue entrar en sinergia con otro fenómeno que se desarrollaba al mismo tiempo: la disminución drástica del coste del transporte aéreo de personas. Barcelona se encontró excelentemente posicionada para ser beneficiaria de ello. Y de aquí vino una conectividad aérea muy poco común para un aeropuerto que no es un hub de ninguna gran compañía aérea, y con ella una explosión de visitantes: congresistas y conferenciantes, otros que se desplazan por razón de negocios, estudiantes, expats, nómadas digitales y, sobre todo turistas clásicos que vienen por acontecimientos culturales y/o por los atractivos generales de la ciudad. Diría que la conectividad que entre todos hacen posible es especialmente importante para las dos primeras categorías y es por tanto clave para atraer inversión.

Llego a la Sagrada Familia, un proyecto impulsado por la obstinación de un genio y por la notable tenacidad de sus sucesores, pero que mi generación ha visto crecer hasta donde está hoy gracias a la financiación que ha provisto el turismo. La inauguración de la torre de Jesús, en presencia de León XIV, fue sobrecogedora y un orgullo para los que compartimos el anhelo del lucimiento de Barcelona. Es la consagración de la Sagrada Familia como uno de los grandes iconos mundiales de una ciudad. Un icono no induce directamente a que en una ciudad emerja un núcleo global de investigación o tecnología (pero la sede europea del RMIT, universidad australiana, está en Barcelona porque sus arquitectes colaboraron con la Sagrada Familia). Ahora bien, si hay voluntad, ayuda. Quizás París, capital de estado, sería París sin la torre Eiffel. Pero no me atrevo a decir lo mismo en el caso de Barcelona.

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El impacto de la Sagrada Familia podría aumentar aún más el atractivo de Barcelona como destino turístico y de negocios. Que esto se traduzca en un beneficio neto y en un apoyo amplio de la población dependerá de si hacemos, y de si hacemos bien, lo necesario para controlar sus costes. Menciono tres aspectos:

1.- Quizás fue un error intentar aliviar la presión sobre las áreas con atractivos turísticos reconocidos creando atractivos dispersos por la ciudad. No ha funcionado y ha estropeado atractivos locales como las baterías del Carmel. ¿No sería mejor reconocer que hay zonas turísticas que requieren un tratamiento urbanístico específico, preservando para los residentes las no designadas como tales? Evidentemente, también harían falta compensaciones adecuadas para los residentes perjudicados de zonas turísticas. Se señala Venecia como lo que no queremos ser, pero si gestionamos con un poco de gracia no hay peligro. El paralelo en Barcelona es la Venecia metropolitana, que, en residentes, es 50 veces más grande que la de los canales.

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2.- El refinamiento y el buen gusto son vitales, para nosotros y para un impacto externo de calidad. El modelo es la exquisita ceremonia de inauguración de la Sagrada Familia. La antítesis, la proliferación de tiendas de souvenirs. Son horribles. En tiempos de los Juegos Olímpicos la regulación municipal hizo posible dignificar la imagen de la ciudad y de sus comercios. Sé que se están haciendo esfuerzos para repetirlo. Ojalá fructifiquen.

3.- Una cuestión compleja son las viviendas turísticas. Detraen un 1,5% de las viviendas ordinarias de la ciudad y, por dispersos, molestan desproporcionadamente. Pero también cubren un tercio de las pernoctaciones turísticas de una ciudad que a propósito tiene grandes ferias que ahora hacen el pleno de ocupación. Conviene tenerlo presente. No es un tema menor.