Salvar al padre
La semana pasada fui a ver la nueva película de Sorogoyen, El ser querido, protagonizada por Javier Bardem y Vicky Luengo, que trata de un reconocido y controvertido director de cine que llama a su hija, una actriz con una carrera estancada que se gana el sueldo haciendo de camarera y con quien no tiene contacto, para ofrecerle un papel en la nueva película que quiere rodar en el Sáhara. Se ve que cuando el año pasado se estrenó Valor sentimental, de Joachim Trier, a Sorogoyen se le helaron las venas: el film, galardonado con el Gran Premio del jurado de Cannes, trata de un reconocido director de cine, Gustav Borg, interpretado por Stellan Skarsgård, que ofrece un papel a su hija Nora, con quien no tiene relación, para su nuevo proyecto cinematográfico. Entiendo el miedo.No escribiré un artículo que compare ambas películas ni tampoco intentaré hacer una crítica; tan solo quiero reflexionar sobre el hecho que hermana ambos títulos de una manera más significativa. Y perdonad el spoiler, porque hay que empezar por el final: tanto Sorogoyen como Trier redimen al padre ausente. Quiero decir: al final de ambos filmes, aparecen padres arrepentidos, sentimentales, emocionados e incluso conmocionados al ver a sus hijas allí, actuando tan bien, habiendo convertido aquel proyecto alocado de rodar juntos en una segunda oportunidad que la vida les ha ofrecido. Los dos padres son salvados.Al salir del cine, lo primero que pensé es qué habría pasado si en vez de padres hubieran sido madres. Esto ya lo explicó muy bien Begoña Gómez Urzaiz en Las abandonadoras: mientras que un padre ausente que ve a sus hijos un par de veces al año y paga la pensión de forma más o menos regular puede llegar a ser visto como un buen progenitor, una madre que hace lo mismo es casi una criminal. ¿Cómo podría una mujer querer abandonar a su hijo? ¿Qué monstruosidad es esta? Maria Montessori, Joni Mitchell, Ingrid Bergman y tantas otras. Lo más interesante es que Gómez Urzaiz también repasa a las madres ficcionales, como Anna Karènina, la Nora de Casa de muñecas o la Carol de Patricia Highsmith, trazando un archivo cultural de cómo hemos imaginado a la madre que desaparece. No hay redención para Karènina, con el suicidio trágico en el desenlace. Y a Nora, con aquel portazo final, la aplaudimos por liberarse sin dejar de juzgarla. Y ante Carol, Gómez Urzaiz se pregunta, con sinceridad, cómo una madre puede hacer eso a sus hijos.
Más que el hecho de que encontraran argumentos similares, lo que me despertó curiosidad es que ambos directores escogieran el mismo final. Intenté convencerme de que la redención del padre no significa que las películas les absuelvan moralmente y que, quizás, lo que hacen es mostrar algo estructural: la enorme dificultad que tenemos para imaginar una historia familiar que no termine, de alguna manera, restaurando la figura paterna. Sin embargo, creo que ambas películas no van por ahí y evidencian que, en realidad, la redención del padre todavía es necesaria porque sigue funcionando como la garantía del sentido familiar, en tanto que la expiación del padre ausente (la lagrimita final de Bardem) es un mecanismo cultural que repara la institución familiar, aunque toda la película se haya dedicado a mostrar a la familia como fallida.Tanto Bardem como Skarsgård son padres que fracasan, pero que no desaparecen del todo, y la solución que proponen ambos guiones no es que quizás podemos vivir sin nuestros padres, sino que necesitábamos que nuestros padres hubieran sabido ser padres. También es curioso que una película formalmente arriesgada y genuina como la de Sorogoyen proponga esta conclusión sociológicamente conservadora. Quizás me arriesgo con el diagnóstico final, pero algo me dice que estos dos desenlaces buenistas demuestran que, poco a poco, estos últimos años, hemos ido sustituyendo la autoridad paterna por la vulnerabilidad paterna, lo que quiere decir que si aquel padre kafkiano, autoritario, proveedor y distante acaba por mostrar cierta sensibilidad, por poca que sea, por frágil y tenue que sea su emoción, ya tenemos suficiente. Pasa, sin embargo, que este giro sentimental no va de la mano de la desaparición de la centralidad paterna. Al contrario: la refuerza. Ahora lo que nos gusta es ver padres arrepentidos. Y padres que comulguen con la autenticidad emocional: no hace falta que reparen materialmente el daño (¿cómo se hace, eso?); basta con que muestren lo que sienten.