El síndrome del eclipse
Hace ya unos cuantos otoños que se dice que el otoño viene caliente. Pero ahora ya no solo en sentido figurado. También literal. La bajada de las temperaturas nos la tomamos como un paréntesis. Y aprendemos a vivir en estos interregnos minúsculos para que ni el calor ni el mundo nos ahoguen del todo. El exceso de información, de desinformación, de nostalgia fascista y de presente aturdido, reclama mirar allí donde podemos ver. Son rendijas pequeñas. Finas. Porque el periodismo en general se fija en aquello que no funciona y da voz a quien ya tiene mucha. Pero ¿cómo se mantiene el equilibrio entre la denuncia y el vivir? La denuncia es necesaria, pero la denuncia es impotente cuando no hay nada más allá que la constatación de unos hechos que creemos que no cambiarán nunca. Porque estamos convencidos de que nosotros no tenemos nada que hacer. Y hay una parte de esta afirmación que es cierta. Pero el foco hay que ponerlo en la escala. En un mundo de cifras desmesuradas nosotros tenemos que hacer la escala más pequeña. Ir al detalle. Tenemos mucho que hacer si miramos bien cerca de nosotros, en los días que pasan sin despachos grandilocuentes ni millones de likes. En el km 0 es donde cambian las cosas. Cuando cambian.
Este verano nos tocó la lotería. El clima nos ha castigado con un calor astronómico, pero la astronomía nos trajo el privilegio de un eclipse total de sol. Y aunque se hablara mucho de ello, conviene recordarlo. Porque fue un rato pequeño a gran escala pero inmenso en nuestras vidas pequeñas. No fue un gran paso para la humanidad –ay, las frases solemnes–, sino un momento lleno de humanidad. Un instante de alegría colectiva que nos rodeó en aquel anillo brillante que lució en el cielo. La emoción, se expresara de la manera que fuera, no se podía esconder. Para vivir un momento único, que siempre lo hace especial, pero también para compartir la belleza de un instante en una época en la que la belleza cuesta tanto encontrarla. Porque no es una playa de Instagram ni un cuadro famoso. La belleza, que olvidamos que es una cosa que nos hace felices, estaba allí en el eclipse y en nuestros rostros sorprendidos que consiguieron focalizar la mirada en un regalo de la naturaleza en lugar del móvil de turno. Y que nos ponía en nuestro lugar. Dentro del mundo y dentro del universo.
El síndrome del eclipse hace referencia al daño ocular provocado por haber mirado al sol sin protección. Elmi síndrome del eclipsemihace referencia a evocar un momento que hemos vivido, que hemos compartido y que nos ha hecho sentir que el mundo también es un lugar posible y bello. No es rehuir la mirada ni la información. Es equilibrar una balanza donde ahora pesa el desasosiego. Es una botella de aire que tenemos al alcance para poder respirar cuando, entre Ceuta, Alemania y tantas alarmas que suenan, nos falta el aliento. Es no resignarse. Porque aceptar que el mundo es tan feo y sucio como nos lo quieren pintar todos estos tiranos es dejar de ver eclipses para eclipsarnos a nosotros mismos. Así que, para empezar de nuevo, pongámosle belleza. Y recordemos cómo nos hace sentir cuando la vemos. Y sintámoslo. Sin complejos. Sin protección. No fuera caso que los desarmáramos.