Nuestros padres o vuestros abuelos siguieron, a la manera de antes, la llegada del hombre a la Luna, por la televisión, aquel julio de 1969. Dijimos "el hombre", porque usábamos el genérico para decir "la humanidad" o "el ser humano", pero también porque los astronautas que la pisaron eran hombres. Recordamos los nombres y sus palabras. Las de Neil Armstrong: "Es un pequeño paso para el hombre pero un paso de gigante para la humanidad". El cohete se llamaba Apolo 11 (el nombre del dios de la medicina y la belleza masculina).
El miércoles nuestros hijos y vuestros nietos no siguieron, sin aliento, la transmisión del despegue de la nueva llegada a la Luna. Esta vez será un pequeño paso para el hombre y la mujer, porque la tripulación del Artemis II (nombre de la diosa de la caza y de la castidad) la forman cuatro tripulantes, hombres y mujeres, no solo de raza blanca. O, en fin, no será ningún paso, porque no la pisarán. Han hablado de ello en la radio de fin de semana, pero da la sensación de que "no lo sabe todo el mundo", esto. No es conversación de bar, de la hora de cenar.
Quizás sea que ya hemos perdido cualquier capacidad de sorpresa. Quizás sea que somos los gatos, los niños y los viejos los que nos sorprendemos, los que tenemos la sorpresa como una forma de vida. Los adolescentes y los jóvenes lo acaban de olvidar y aún les falta mucho para volverlo a aprender. Quizás sea que vivimos en un mundo donde ya no nos sorprende nada. Siempre he pensado que la humanidad está obligada a la carrera espacial. Pero no dudo que Donald Trump, a estas alturas, ya está calculando qué resort hará allí arriba, con su yerno de capataz.
El miércoles había una Luna preciosa, redondísima, perfecta para plantar. Pensar que un cohete se dirigía allí me dio escalofríos en solitario, que es como me dan escalofríos siempre últimamente. Pensé en la otra frase de Neil Armstrong: "La Luna es un buen lugar para estar. Lo recomiendo".