El tren es Cataluña
Rafael Campalans, que no es un nombre de calle, veía lucecitas polimórficas y oía catacracs y susurros. Él lo llamaba "señales". Hubo un momento en que Catalunya era absolutamente extraterrestre. Para ser terrenales es necesario ser marcianos. Y esos selenitas lo eran.
Enric Prat de la Riba (de derechas, conservador, bla, bla, bla), primer presidente de la Mancomunidad de Cataluña (1914-1925), le encargó al ingeniero Rafael Campalans (del PSOE, que después creó la Unión Socialista de Cataluña porque decían que no se podía ser socialista y catalán públicas. Traducido: carreteras, teléfonos, ferrocarriles, regadíos, agua potable, perforaciones… Hacer un país de norte a sur y de este a oeste. Integral, total, holístico, orgánico. Un país en el que todo el mundo pueda vivir. Un país en el que en todas partes se pueda vivir. El respeto es la primera infraestructura de la existencia hecha comunidad planeta. Vea arriba.
Aquellos alienígenas invirtieron el 36% del presupuesto anual en obras públicas. Ante una Cataluña "devastada", la Mancomunidad es la primera piedra de la Cataluña estado, y estado del bienestar, desde 1714. Todo continúa de pie. Todo. Ante la autoinsuficiencia del estado español, la autosuficiencia catalana. Ante todo en contra, nosotros a favor. ¿Por qué?
Todos aquellos catalanes, todos quiere decir personas de izquierdas, derechas, pigmeos, daltónicos, funambulistas, pasavolantes, aviadores… Todos, como decía Campalans, veían y oían "las señales de las cosas, de su tiempo". Ellos llamaban "el mañana". Lo hacían todo por el futuro. Y si hablamos de trenes, silbaban esto. En 1920, en comparación con otros países, Cataluña tenía una cifra de kilómetros de vía férrea muy inferior: 1.533. Holanda tenía 3.399; Suiza, 5.112, y Bélgica, 8.814. Por eso hacen números. Los ingenieros catalanes consideraban entonces que Cataluña debía tener 3.200 kilómetros de ferrocarriles. ¡Pam! ¡Y patapam! En 2026 tenemos arriba-abajo… 1.794 kilómetros de raíles. Lo siento. Esto es dicho, editado, escrito muchas veces: no hemos salido de la vía rotonda muerta.
Ahora las "señales" nos señalan el coitus interruptus de un país que sólo es visto, sentido, pensado, construido desde una Barcelona analfabeta desconectada y una España yonqui aspiradora. Está ocurriendo lo que hace tiempo que pasa y lo que va a pasar más carnívoramente. Ocurre como hace décadas anunciaba aquel titular de prensa de un Imperio Británico caduco un día que había niebla en el canal de la Mancha: "Niebla en el Canal, el continente está aislado". Ahora, Barcelona está realmente aislada del continente catalán. Los trenes son las lucecitas de las "señales" de los tiempos. Las fronteras, las trincheras, las vías de hemorragia, las infraestructuras de sangre del mañana. No son cercanías: son lejanías. Éste es el Barrio Sésamo existencial: cerca, lejos; arriba, abajo… No aprendemos.
Si hace un siglo se construyó el futuro, ¿cómo es que ahora se destruye el pasado y el mañana? Si hace un siglo se creó vida, ¿por qué ahora se fecunda y se subvenciona la muerte? Si hace un siglo aprendimos a aprender, ¿por qué ahora enseñamos la pedagogía del desaprender? La Cataluña real no quiere ser una Cataluña letal. La Cataluña de las "señales" no puede ser una Cataluña sin señal. No podemos. No queremos. No somos cercanías, no somos territorio. No somos una ficción. Sin Cataluña, Barcelona cae. Sin Catalunya, nadie irá a ninguna parte. Cataluña es el tren.