El triunfo de Gaudí

Todo el mundo que conozco está intentando decidir si está satisfecho, o no, con la visita del Santo Padre y la entronización de Antoni Gaudí como icono global. Yo también vivo en la contradicción, porque León XIV dice cosas que me gustan pero representa una institución que me parece arcaica, hipócrita y opaca. Pero después del espectáculo superlativo de la Sagrada Familia creo que la visita papal tiene un ganador claro, y no es tanto León XIV como el binomio Barcelona-Cataluña, territorio de raíces y modernidad, de sueños y revueltas, que con su identidad aceitosa desafía los límites políticos y religiosos que inútilmente intentan someterla. Tanto es así que el jueves, viendo a los reyes de España por la tele, no sentí que estuvieran allí para apropiarse de todo, como siempre, sino que me parecieron pequeños, pequeños ante la gran baluarte modernista, asistiendo impotentes al despegue de una forma superior de catalanidad, que es demasiado antigua, demasiado moderna, demasiado bella y demasiado delirante para hacerse sitio en un contenedor tan cascado como es la España monárquica y constitucional. La cara de Felipe decía: estoy aquí como un turista más.Seguramente estoy yendo más allá de lo que desearía el mismo Gaudí, tan catalán pero tan ecuménico. Pero me permito recordar el comentario que hizo después de que Miguel de Unamuno visitara el templo y le confesara que no le gustaba: “No agrada a cap castellà”. La aparición celestial del maestro de Reus a base de drones, observando la culminación de su obra, fue una imagen triunfal, el triunfo del loco solitario, el típico catalán soñador, que es más grande que los reyes y los papas, y que nos regala un sello, un tatuaje sobre la piel del país, en el momento en que el país, y su capital, está en riesgo de aburguesamiento, con el miedo de no reconocerse y de no identificar sus raíces y aquellas cosas que le dan un sentido, por encima de los siglos y de las personas.Precisamente, las personas que asistieron al acto de la Sagrada Familia, que son las mismas que han seguido todos los actos del Santo Padre, eran perfectos representantes del contingente ultracatólico del país: alta burguesía barcelonesa (más bien fans de la catedral de Burgos), los jóvenes del Papa de los colegios del Opus y una profusa representación de las comunidades latinoamericanas, demasiado recientes para entender a qué profundidad se hunden los cimientos de la Sagrada Familia. En general, eran todo papalievers, gente poco o nada conectada con el universo de Gaudí y de todo el sustrato cultural, religioso, arquitectónico y civil que hay detrás. Todos estos sectores también forman la Cataluña de hoy y todos, voluntaria o involuntariamente, quedaron engullidos, como figurantes de lujo, por la ola visual y sonora, inevitablemente catalana por la fuerza de los hechos y de los siglos, y proyectada como tal, inmediatamente, por todo el mundo.Gaudí es también inevitablemente catalán, y su obra se explica no solo por él, sino por el país que lo vio nacer. Pero su gracia es que combina con todo; es admirado por católicos y laicos de los cinco continentes. Compartirlo con el mundo es un gozo y un privilegio, porque el mundo lo quiere tal como es, es decir, catalán. Y como ya está muerto, no hay peligro de que Madrid nos lo robe a base de recortes y rebajas fiscales, como casi hicieron con Salvador Dalí, otro soñador más catalán que el fuet, que admiraba a Gaudí y se consideraba hermanado hasta por el apellido ("gozar y delirar son palabras sinónimas). Pero Dalí, ávido de dólares, no aspiraba precisamente a la santidad, y ante la absurdidad política de su siglo acabó disfrazándose de franquista, cosa que quizá era lo más surrealista (y lo más práctico) que se le ocurrió. Esto le valió el homenaje póstumo, claro, de Albert Boadella. No hay peligro de que haga lo mismo con Gaudí.