Trump el voluble

"Imprevisible" es uno de los epítetos que suelen acompañar con mayor frecuencia el nombre de Donald Trump (en su caso no hablaríamos de epítetos homéricos, más bien serían rabelesianos). Pero no es cierto, como ocurre con la mayoría de expresiones que se repiten hasta convertirse en un automatismo. Trump es muy previsible: un supremacista, nacionalista y machista de manual, con una cantidad de dinero exorbitante y un fuerte resentimiento contra un sistema político y social que siempre ha percibido como hostil a su persona. Su brutalidad, su grosería e ignorancia, su carácter infantil, le hacen sentir que con su dinero puede comprarlo todo y, en este sentido, no le falta una parte de razón, porque una cantidad muy grande (¿la mayoría?) de personas están dispuestas a vender lo que tienen, o a venderse a ellos mismos, a cambio de dinero o, simplemente, a cambio de la sensación de estar o de haber estado en algún momento cerca del poder. También tiene la convicción de que, desde el lugar de poder adecuado (el Despacho Oval), puede imponer su voluntad en el mundo entero. Se llama megalomanía, y a eso está dedicado en cuerpo y alma. Este perfil se ha visto muchas veces en líderes, poderosos y gobernantes a lo largo de la historia y, de hecho, lo encontramos repetido, en el día a día y a pequeña escala, en muchas relaciones personales en las que alguien puede ejercer algún tipo de poder sobre otro, por irrisorio que sea. De manera que no es imprevisible, porque conocemos bien cómo actúan estas personas.

Sin embargo, la megalomanía sí suele ir acompañada de un carácter caprichoso y voluble, y Trump lo tiene hasta un punto que en algunos momentos parece patológico. Sus guerras económicas a golpe de aranceles, que tan pronto suben como bajan como se posponen como se replican, literalmente según cómo se siente Trump en cada momento en relación con un país u otro, son un buen ejemplo de ello. También las relaciones con Rusia y con Israel (o las intervenciones de su administración en la invasión de Ucrania y el genocidio de Gaza) siguen ese patrón vacilante. Especialmente en el caso de Ucrania: este domingo, Trump envió un mensaje de apoyo y admiración a los ucranianos, solo cuatro meses después de haber protagonizado uno de los episodios más esperpénticos de la historia de la diplomacia occidental, cuando él y su vicepresidente Vance reprendieron al presidente Zelenski. A escala interna también: ahora ha militarizado Washington y ha llenado las calles de la capital de Estados Unidos de militares armados hasta los dientes, y lo ha hecho de forma arbitraria, siguiendo su capricho.

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Da la impresión de que las decisiones del presidente de la —cada día más discutida— primera potencia mundial se dirigen todas a un punto: hacer que quienes lo rodean se vean obligados a adularlo para conseguir su clemencia y magnanimidad, al estilo de los príncipes. Él mismo lo resumió en tres palabras: kiss my ass, que me laman el culo. Es lamentable, pero también lo es que tantos líderes del mundo, y muy en particular los europeos, se muestren tan dispuestos a doblarse a ello.