Muchos turistas, en Barcelona
No es solo el sol y la playa. Ni la gastronomía. Ni Gaudí. Barcelona también demuestra ahora su magnetismo a los representantes del progresismo mundial. Los ha convocado Pedro Sánchez, a quien no se le pueden negar ni la astucia, ni el don del timing, haciendo que el aura de líder antitrumpista internacional eclipse su versión doméstica, mucho más gris y cuestionada. Si el tablero de juego es el mundo, estoy con Sánchez y contra Trump, que conste. Lo estoy de todas todas (la elección no es tan difícil). Pero la mirada desde dentro es otra. Sánchez me recuerda al Gorbachov de la perestroika, aclamado en Occidente, impopular Rusia adentro. Sánchez puede jugar con mejores cartas que el viejo Gorby, que gestionaba un imperio en ruinas; pero tiene la justicia soplándole en la nuca, y el dúo PP-Vox acechándolo en las encuestas. Se entiende que prefiera explotar su perfil de estadista. Con qué desenvoltura ejerce de portavoz del pacifismo mundial, y se instala en el “lado bueno de la Historia” con Xi Jinping (jueves) y con Lula (viernes). Mientras tanto, en el ámbito doméstico, la derecha crece sobre los hombros de los ultras, la true left se hace cada vez más pequeña, a pesar de los esfuerzos de Rufián, y el centro no existe. Escenario de ruleta rusa.Si acaso, la cuestión catalana (que ocupaba los grandes titulares la pasada década) ya no da problemas. La prueba: Este fin de semana de turismo progresista en Barcelona. Porque Barcelona, como Cataluña, ha externalizado la gestión de su marca y de su papel en el mundo. Ahora se encarga el gobierno español, mientras Illa y Collboni hacen de comparsa. A Sánchez, hacerse ver en Barcelona le es muy útil, no solo para evidenciar que hemos vuelto a la redil, sino también porque la nuestra es una ciudad mucho más de izquierdas que Madrid (y que España en conjunto). Barcelona es el gran refugio del PSOE, que se la apropia, la desarraiga, la aísla de su traspaís y la convierte en una capital alternativa. De España, claro. ¿Una España más plural que la del PP? ¡Sin duda! Pero no nos engañemos: El espectáculo de este fin de semana está pensado desde Madrid para proyectar la España del PSOE en todo el mundo. Del mundo latinoamericano, mayormente. Por eso todas estas cumbres usan oral y escrito el español, ignorando la lengua propia y la lengua franca. Barcelona, no hace falta decirlo, luce divina, pero es solo un decorado. Y la Generalitat, un invitado de piedra. ¿Sabían, por cierto, que la Generalitat tiene una conselleria de Relaciones Exteriores?Los lectores de cierta edad quizá recordarán, aunque ahora parezca increíble, cuando el rey Juan Carlos I entró en el estadio olímpico para inaugurar los Juegos del 1992 mientras por la megafonía sonaba Els segadors. Se hacían equilibrios internos, en aquellos tiempos. La diplomacia olímpica surgió de una tensión creativa entre ayuntamiento y gobiernos. La independencia era una entelequia, casi como ahora, pero jugábamos a parecer un país, y Barcelona podía ejercer de capital de Cataluña, y capital de la lengua catalana, porque para muchos de nosotros era bastante más que un decorado. Este fin de semana los catalanes estamos en el epicentro de la política mundial, pero nos han reservado el papel de mayordomos y acomodadores.Imagino que a los lectores más cosmopolitas esta clase de lamentos les resultarán de un provincianismo insoportable. Me disculpo. Con una súplica final: La semana que viene, dejadnos, al menos, que disfrutemos de Sant Jordi en paz. Ya sabemos que en todo el mundo el 23 de abril es el Día del Libro, sin más. Pero resulta que en Cataluña –solo en Cataluña– de esta jornada decimos Sant Jordi, y es también el día en que Barcelona y Cataluña, de la mano, se proyectan al mundo. Solo es un día; ya procuraremos que pase rápido.