El Vaticano y el nuevo orden mundial

Dominio, de Tom Holland, es probablemente la mejor historia del cristianismo publicada hasta la fecha. Al margen de descubrir la inmensa influencia mundial de los valores culturales cristianos, más allá de lo religioso, el lector puede llegar a la última página con la sensación de que no hay nada nuevo bajo el sol. Si nos limitamos al ámbito de la Iglesia católica, o universal, resulta evidente que nunca ha dejado de dar vueltas en torno a dos asuntos fundamentales: la pobreza y la pureza.

Ahora, mientras el mundo se adentra en una crisis vertiginosa, ambos asuntos son de máxima actualidad. Y requieren posiciones claras.

La cuestión de la pureza o impureza sacerdotal ha resurgido en las últimas décadas, con las continuas denuncias de abusos y violaciones por parte de miembros del clero. Y los Doctores de la Iglesia han seguido remitiéndose a una idea formulada en el siglo IV para oponerse a los donatistas.

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El obispo norteafricano Donato consideraba que los numerosos miembros del clero que, durante la persecución de cristianos ordenada por el emperador Diocleciano, habían cometido apostasía (es decir, habían renunciado públicamente a su fe) para salvar la vida, no podían seguir administrando sacramentos una vez muerto Diocleciano y concluida la persecución.

Pero los enemigos de Donato, finalmente vencedores, decidieron que sí. La validez del sacramento dependía exclusivamente de la ordenación y el rito, sin que la impiedad del sacerdote tuviera relevancia. Fue una solución corporativista: la iglesia debía proteger a los suyos. Los sucesivos casos de pedofilia encubiertos y tolerados remiten a esa fórmula, que bajo los papas Francisco y León XIV parece por fin puesta en cuestión.

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La doctrina sobre la riqueza y la pobreza presenta un problema teológico aparentemente irresoluble. No cabe duda acerca de la posición de Jesús: lo del rico, el camello y el ojo de la aguja, el “ay de los ricos”, la parábola de Lázaro y el rico Epulón. Los primeros cristianos regalaban sus bienes y lo compartían todo: sobre eso tampoco hay duda. Pero a partir del Edicto de Milán (año 313), con breves interrupciones como la de Juliano, la rápida transformación del cristianismo en religión oficial del imperio romano normalizó la figura del cristiano millonario.

Muchos obispos, entre ellos el mismo Donato, se opusieron a esa relativización de uno de los pilares básicos de su fe. Y a menudo usaron la violencia. La riqueza, afirmaban, era incompatible con la salvación: los evangelios lo demostraban. Agustín de Hipona, el Hobbes del cristianismo, un gran pesimista sobre la condición humana, apeló al pragmatismo: si su religión había de ser realmente universal, tenía que incluir tanto a los más pobres como a los más ricos. Y echó mano de un recurso endeble pero efectivo: el pasaje de Marcos que atribuye a Jesús (todas las frases atribuidas a Jesús son supuestas: véase la monumental obra Un judío marginal, del sacerdote John P. Meier, sobre el enigmático Jesús histórico) la siguiente cita: “Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien, pero a mí no siempre me tendréis”. Ahí estaba la prueba, según Agustín, de que siempre habría pobres. Y, por tanto, ricos. Venció el statu quo.

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Tras la irrupción en el siglo XVI de sectas protestantes, como el calvinismo, que interpretaban la riqueza como una señal directa de la bendición divina, el catolicismo ha jugado a varias bandas. Hoy existen grupos católicos que no sienten ningún asco, más bien lo contrario, por el hecho de que sus adeptos se enriquezcan sin límites (Opus Dei, Legionarios de Cristo), y movimientos de base que reivindican la humildad y la pobreza. El Vaticano, tanto en su gestión cotidiana como a través de las encíclicas papales, sigue privilegiando a los primeros.

El caso es que, desde hace relativamente poco, la riqueza mundial tiende a concentrarse en unas pocas manos. Algunas de esas manos (pongamos como ejemplos a Elon Musk o al propio Donald Trump) llegan a proclamarse moralistas e invocan “valores cristianos” para justificarse y para justificar un “nuevo orden” dominado por los magnates.

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En algún momento, la jerarquía católica debería tomar posición sobre este fenómeno que arrasa cualquier principio ético, cristiano o laico. Pero el Vaticano lleva muchos siglos encallando cuando se aborda la acumulación de la riqueza.