Una mujer mira por la ventana de su casa, sosteniendo un cartel que dice "Todo irá bien" el 22 de marzo de 2020 en Roma, Italia.
13/07/2026
Escritora
2 min

Este calor que nos ahoga y nos debilita es, como no podía ser de otra manera, un gran generador de temas de conversación este verano. Que si el cambio climático, que si habrá que adaptarse a él, que si los aires acondicionados nos hacen más mal que bien. En muchos de estos intercambios de ideas y de experiencias he detectado un elemento común. 

Muchas parejas mixtas confiesan que la manera de luchar contra el calor ha acabado siendo un motivo de disputa, uno más, en la convivencia. Ya me perdonarán la generalización: en la mayoría de los casos que conozco los hombres son partidarios de aislar la casa, es decir, de cerrar herméticamente las ventanas, correr cortinas y bajar toldos y persianas. Las mujeres, por lo que he podido constatar, solemos resistirnos a este encierro y, a pesar de entender las razones masculinas, nos resistimos a perder la luz, el poquito aire que pueda entrar de la calle y, hasta en algunos casos, admitiendo que fuera hay un horno encendido, queremos mantener alguna ventana abierta, aunque sea un poquito, porque el simple hecho de ver esa abertura, o notar cómo la cortina se agita ligeramente, nos consuela.

Buscando alguna razón de ser, he recordado a la escritora Carmen Martín Gaite, que hizo de la ventana un recurso central de toda su obra, por ejemplo en la novela Entre visillos, en el cuento De su ventana a la mía o, especialmente, en el ensayo titulado Desde la ventana.

Martín Gaite elabora una teoría según la cual la ventana es el lugar donde la mujer espera y observa, pero también la posibilidad de un punto de fuga, sea real o en el terreno de los anhelos. Las mujeres –en la época de la que habla la escritora– todavía estaban mayoritariamente recluidas en casa, en el mundo doméstico y familiar, y la ventana era el símbolo de su deseo de explorar el mundo.

Lean este fragmento del cuento De su ventana a la mía, que la autora dedica a su madre: “La ventana de mi madre estaba iluminada por el sol poniente y vibraba con destellos de todos los colores cuando mis palabras llegaban a tocar el cristal; era grande y resplandecía como un brillante irisado entre el humo, el acero y el cemento. Pero de la habitación a que pertenecía esa ventana nada podría decirse con certidumbre, sino que tal vez era una mezcla de muchas habitaciones, de todas en las que ella se sentó alguna vez a mirar por la ventana”.

En el ensayo Desde la ventana, Martín Gaite analiza de qué manera las mujeres interactúan con el espacio público, en contraste con cómo lo hacen los hombres y, específicamente, cómo lo han hecho las escritoras, a menudo criticadas por el escaso peso del contexto social, político o económico en sus obras. 

Pero la cuestión es: ¿las mujeres todavía necesitamos este punto de fuga que es una ventana por temor a sentirnos enjauladas, casi cuarenta años después? ¿Es una herencia que arrastramos sin ser conscientes de ello, o es un sentimiento propio que mantenemos vivo a pesar de habernos incorporado, teóricamente de pleno derecho, al mundo que hay fuera?

Por favor, hombres convencidos de las bondades científicamente demostradas del aislamiento en tiempo de canícula, sed comprensivos con la necesidad de respirar y mirar hacia afuera que tenemos muchas de nosotras.

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