El verano de los fuegos
Parece como si la naturaleza, irritada por la insensibilidad de los humanos a la hora de cuidar el lugar donde se hace carne su experiencia, hubiera subido el grado de las dificultades para habitarla. Y nos quisiera poner contra las cuerdas. En realidad, la naturaleza muta con todas sus fuerzas desde siempre, pero en los últimos tiempos ha recibido el impacto de una agresividad humana acelerada que ha contribuido a que se nos hiciera más hostil. Y la mano del hombre tiene mucho que ver con las catástrofes, por ejemplo en la extensión y la destrucción de los bosques o en la generación permanente de energía que provoca mutaciones naturales, empezando por el clima.
La Tierra es nuestro destino, pero su recorrido está marcado por nuestra huella. Ya desde la Revolución Industrial nuestras tecnologías han hecho agujeros, pero con el salto a la energía nuclear todo se complica. Nos estamos dotando de instrumentos de destrucción masiva, que repercuten en nuestro destino, al mismo tiempo que se están produciendo brechas de poder inusuales. Y las sociedades que resistieron la ola totalitaria del fascismo y del comunismo ahora dan señales alarmantes de regresión autoritaria. La democracia está en peligro.
Esta explosión del fuego ha coincidido con el momento en que un personaje como Trump tiene exposición diaria en la escena mundial. Nunca un icono de la indecencia había llegado tan alto en la democracia americana, exhibiendo el menosprecio más absoluto de los valores y las instituciones referenciales. Un personaje que no se guía por el conocimiento y por las normas convenidas, sino que considera que su voz es la última palabra, que él está por encima de las instituciones y nadie tiene derecho a contestar su política, y que pretende –y a menudo consigue– la sumisión del poder judicial. Como los incendios con el viento, sus delirios saltan de un lado a otro entre contradicciones y falsedades manifiestas. Símbolo de la desgobernanza interesada y del menosprecio de todos los que no le ríen las gracias, tiene efectos inquietantes en la sociedad americana. En palabras de Joseph Stiglitz: “La entrada (de Trump) fue de mala calidad y la salida también lo será”.
La realidad desborda las instituciones democráticas. Lo dice Teresa Ribera: “Europa no está preparada para las consecuencias del cambio climático”. Solo hay que ver cómo hemos dejado el bosque cuando la naturaleza ha estado disponible, a nuestras órdenes, sin límite. Hay una realidad de abuso de la naturaleza que no hemos querido creer. El dinero ha especulado impunemente con las grandes mutaciones económicas y tecnológicas del siglo XX y estamos donde estamos. La mano humana ha llegado a creer que todo era posible y las llamas nos están haciendo despertar de la fantasía. La historia ha estado marcada por guerras terribles y formas de totalitarismo sin respeto a los humanos en nombre de Dios o de la redención revolucionaria. Los fuegos de ahora son una advertencia. ¿Servirán para recuperar la conciencia de los límites o, al contrario, se acelerará el todo está permitido?
En todo caso, las decenas de miles de personas confinadas o apartadas de sus viviendas, el fuego a pocos kilómetros de Burdeos, o la oscuridad y la ceniza abatiéndose sobre Madrid son señales que no permiten mirar hacia otro lado. No podemos permitir que marquen el paso personajes como Trump, que con sus delirios nos llevan al abismo.
El negacionismo que Trump ha encumbrado es la claudicación de la humanidad. ¿Por qué algunos de los más altos poderes tecnológicos y financieros apuestan por ello? Me gustaría que tuviera razón José María Maravall cuando dice que “la caída de Trump será bastante estrepitosa”. Querría decir que no estamos del todo perdidos.