Victimismo lingüístico

El victimismo es una droga, una adicción y, como tal, conduce a situaciones patéticas”. Esto lo decía hace un par de años o tres Bret Easton Ellis, un escritor satírico, y también de una lucidez bastante digna de crédito. El autor californiano venía a decir que el victimismo es uno de los patrones de conducta recurrentes en la sociedad americana, y por extensión, occidental. Una vez un individuo o un colectivo consigue ser reconocido como víctima, tiene carta blanca para emitir un relato que se presenta como irrebatible.

Ni que decir tiene que la política catalana, y la española, se basan en gran medida en el victimismo, y es visible que uno de los efectos del Proceso ha sido disparar el victimismo por ambos lados. Sin embargo, no es lo mismo el victimismo del derrotado, o de quien se percibe como derrotado, que el victimismo del ganador. El del derrotado deriva a menudo en un exceso de recelo, en una desconfianza que puede llegar a ser más o menos agresiva, y tiene el inconveniente de convertirse en una segunda, o una auténtica, derrota. El victimismo del vencedor, de quien manda, de quien se sabe en posesión o al control de los mecanismos del poder, es, lisa y llanamente, una forma de cinismo particularmente envenenado y extendido. Incluso hay estrellas de la televisión que lo practican, por lo que se ve.

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Entre los venenos, en nuestro país, el de la venenosa lengua, por decirlo con las palabras del título de Toutain y Pericay. Hace poco los medios espanyolistas dieron bola al caso de un clarinetista de la Banda Municipal de Barcelona que (lo presentaban así) había sido despedido del trabajo por no saber catalán. El hombre es sevillano y llevaba 27 años tocando el clarinete en la susodicha Banda. Después ha resultado que no le despacharon, sino que se regularizó una plaza que llevaba todos estos años temporal, y el señor no supo acreditar el nivel lingüístico que se exigía al concurso de méritos, un nivel muy básico (no era el C1, como se había publicado, sino el B2, aunque si hubiera sido el C1, tampoco pasaba nada). Y aún ha resultado, también, que todo ello se lo mueve un picaletitos especializado en actuar judicialmente contra las pobres víctimas de la dictadura del catalán (que es el titular que publicaron los de siempre). Como decía muy bien Àlex Gutiérrez, vistos los resultados, la dictadura lingüística del catalán será la dictadura más ineficaz de la historia. En fin, es tan sólo un ejemplo de los millones que hemos llegado a ver, incluso de médicos que supuestamente no podían desempeñar su trabajo debido a la supuesta imposición del catalán, etc.

En el debate sobre migración de qué hablábamos ayer, previsiblemente se querrá filtrar la idea de la lengua catalana como un impedimento para la acogida y la integración de los migrantes, asociando la vulnerabilidad de un colectivo con otro falso victimismo. Por el contrario, el catalán es uno de los principales elementos de integración y de cohesión social que pueda encontrar un migrante que llegue a Cataluña —oa Baleares, o al País Valenciano— y se establezca. Y es imprescindible defenderle como tal.

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