A Vox le hace el trabajo el PP
La forma en que el Partido Popular no sólo no ha hecho nada para detener a su competidor electoral directo –Vox–, sino que más bien ha ayudado a su crecimiento, constituye un caso insólito. O, al menos, poco frecuente. El PP y su entorno mediático normalizaron a Vox como actor político desde el primer momento de su aparición en escena, antes de que tuviera ningún tipo de representación en las instituciones públicas. Su primer gran acto público, en octubre de 2018 en Vistalegre, significó el reconocimiento definitivo de la nueva formación en el sistema político español. Era un momento interesante: mientras políticos democráticos eran fuertemente perseguidos por los poderes del Estado y criminalizados ante la opinión pública y debían afrontar exilios, encarcelamientos y expolios, el nuevo partido de extrema derecha español y españolista (antes había habido Ciudadanos, que ya había comenzado su declive), aceptado deprisa como una opción política tan válida como cualquier otra.
Ese mismo año 2018 el PP había perdido el poder a consecuencia de una moción de censura triunfadora contra todo pronóstico, y Pedro Sánchez había estrenado una presidencia que muchos auguraban corta. A medida que se fue viendo que no era así, que Sánchez hacía gala de su ya célebre capacidad de resistencia y que su liderazgo se iba decantando hacia el reformismo de centroizquierda, el PP se fue marcando una estrategia revanchista que cuajó en la fijación de un objetivo: derribar el sanchismo. ¿Y qué es el sanchismo? El sanchismo, dice el catecismo de la calle Génova, es la concentración de todos los males de España, sean reales o imaginarios, en una sola persona a la que los españoles de bien deben detestar con todas sus fuerzas. A él ya todos los que (como dice el argumentario del PP) "mantienen a Sánchez en la Moncloa". En resumen, la estrategia a la que fue capaz de llegar el PP (por el camino ha habido tres liderazgos: el fallido de Casado, el errático de Feijóo y el incómodo de Ayuso) es un discurso de odio, concentrado en este caso en la persona de quien es el presidente del gobierno.
Como es fácil de comprender, esto ha ayudado extraordinariamente a hacer crecer a Vox. El paso definitivo ha sido establecer alianzas de gobierno en muchos ayuntamientos y en varias comunidades autónomas: en estos acuerdos, tanto si Vox entra directamente en el gobierno como si "apoya" desde fuera, el PP ha quedado irremisiblemente tomado de las exigencias de la extrema derecha. Así ha sido desde el comienzo en la Comunidad Valenciana y en Baleares, por ejemplo, y así será –mucho más duramente todavía– en Extremadura y en Aragón en adelante. La demolición del sanchismo ha erosionado al PSOE ya las izquierdas (que también tienen una fuerte capacidad de erosionarse solas), sin duda, pero sobre todo ha llevado a la supeditación, y rendición, del PP frente a Vox. Feijóo no puede ni soñar en una presidencia –si nunca llega a tenerla– que no sea controlada por Santiago Abascal.