El servicio de Cercanías será gratuito en Cataluña hasta nueva orden. Los días que funcione, claro. También hasta nueva orden el secretario de estado de Transportes y Movilidad Sostenible, cierto José Antonio Santano, número dos del ministro Óscar Puente, ha sido enviado a Barcelona sin billete de vuelta para "reforzar la supervisión directa y agilizar decisiones" ante el "caos ferroviario" en Catalunya. Suena casi a destierro, a alto funcionario caído en desgracia y enviado a colonias como castigo. También recuerda un poco el gesto del general De Gaulle, quien dicen que prometió no cambiarse la ropa interior hasta que Francia no se liberara de la ocupación nazi. Fue una medida impopular en el entorno más cercano al general.
Las bromas sirven para acercarse a un problema cuando la solución no se ve ni siquiera a lo lejos. Nadie se atreve a vaticinar cuando se podrá disponer en Catalunya de un servicio ferroviario en plenas condiciones de "normalidad" y "seguridad" (son las dos palabras que resumen el desbarajuste), y ni siquiera se puede hablar de un "retorno" a estas condiciones, porque la normalidad hacía mucho tiempo que no existía en las Cercanías catalanas. Los gobiernos socialistas de Catalunya y Madrid han optado por el reconocimiento del deterioro de las infraestructuras ferroviarias. Es un reconocimiento formulado en clave de lenguaje político: esto significa con abundancia de adjetivos y escasez de detalles. No se trata tanto de dar un diagnóstico afinado (no lo tiene nadie) como de evitar que se les pueda acusar de esconder el huevo o intentar minimizar el problema. Por eso tanto la consejera Paneque como el ministro Puente no escatiman calificativos a la hora de describir la situación: deplorable, horrorosa, lamentable, etc.
El esfuerzo tiene una parte meritoria (no caer en la negación del problema), pero tampoco evita incongruencias, errores o –como comentaba Antoni Bassas hace unos días– expresiones desafortunadas, en referencia al día en que la portavoz Paneque afirmó que Cercanías estaba "en un estado lamentable, mucho peor de lo que nos habríamos imaginado". La frase, en efecto, implica que no habían comprobado la realidad, sino que hablaban y discutían sobre la cuestión de Cercanías a partir de lo que "imaginaban". Ligada con esto está la cuestión de la degradación del lenguaje en el ámbito político: casi nunca se debate sobre nada concreto, sino sobre el discurso –el relato– que cada partido ha generado a partir de unos hechos, y de su contraposición con el discurso –el relato– que han generado los contrarios. Cuando estos discursos o relatos acaban chocando contra la realidad, se rompen y dejan un vacío desolador, ante el que sólo queda reconocer que todo es peor de lo que podía parecer.
Los servicios públicos nunca son "gratuitos": les pagamos los contribuyentes con nuestros impuestos, por lo que tenemos derecho a exigir que estén gestionados desde la realidad y no desde la imaginación de los gobernantes. Una de las grandezas de la democracia es pagar impuestos y tener servicios públicos de calidad para todos. Subrayémoslo: de calidad y para todos.