La cultura ha dejado de ser un complemento para convertirse en una necesidad estructural de nuestra sociedad. En un contexto de cambio acelerado como el que vivimos, marcado por la incertidumbre y la fragilidad de trayectorias vitales, lo que durante décadas hicieron la educación y la sanidad –garantizar oportunidades, seguridad y progresos compartidos– resulta ahora insuficiente si no va acompañado de elementos que nos hagan sentir juntos, que den sentido a los que den sentido a las cosas. Y es en este contexto donde la cultura y sus equipamientos y actividades pueden ayudarnos significativamente.
Esta función de dar sentido y articular se despliega en diferentes esferas. En la educación, la revolución digital y la ruptura de referentes hacen que la escuela ya no pueda limitarse a transmitir conocimientos estandarizados; debe contribuir a formar a personas capaces de reprogramarse, de trabajar con otros, de habitar la diversidad y de interpretar críticamente la realidad que las rodea. La capacidad de imaginar, crear, combinar lenguajes y experiencias es hoy tan relevante como el dominio de contenidos académicos, y es aquí donde la cultura –en forma de artes, prácticas juveniles, lenguajes digitales– deja de ser periférica para convertirse en central. Pero lo mismo ocurre en la salud, donde los estudios urbanos muestran correlaciones consistentes entre nivel educativo, participación cultural e indicadores de bienestar y esperanza de vida. También en las experiencias de inclusión y de comunidad, la cultura proporciona relatos, símbolos y espacios compartidos que permiten reconocerse como parte de un "nosotros", más allá de las fracturas de clase, origen o edad.
Por eso, cuando se habla de cultura hay que hacerlo en sentido general y transversal. No estamos sólo frente a la "gran cultura" que preservan los grandes equipamientos, sino a un conjunto de prácticas, saberes y lenguajes que atraviesan la vida cotidiana: la música y los estilos juveniles que reconfiguran la relación entre escuela y adolescencia; las culturas digitales que desplazan al eje de la transmisión desde los adultos hacia los jóvenes; las culturas de barrio o de pueblo que resisten a la mercantilización de la ciudad y reivindican el derecho al sitio.
Asumir la cultura como elemento transversal implica repensar las políticas públicas más allá de los compartimentos estancos. La combinación de educación y cultura es clave para afrontar los retos del trabajo, la innovación y la convivencia en sociedades altamente heterogéneas. Las políticas educativas, pensadas para una democracia de masas relativamente homogénea, hoy chocan con trayectorias más rotas, identidades múltiples y demandas de personalización, mientras que las políticas culturales arrastran el lastre de haber sido a menudo consideradas secundarias, y muchas veces desvinculadas de las políticas que buscan reforzar la inclusión y la de Barris a Barcelona pone de relieve su significación.
En este escenario, la idea de ciudad educadora –que pronto tiene una cita mundial en Granollers– ofrece una clave de lectura útil, también para Catalunya en su conjunto. Entender la ciudad, la villa o el pueblo como espacio educador significa asumir que la formación no se agota en lo que ocurre en la escuela: la ciudad se convierte en currículum, con rincones, trayectos, equipamientos, fiestas y conflictos que educan tanto o más que los contenidos formales. Esta concepción obliga a repensar al municipio como actor educativo y cultural central, no subsidiario, capaz de articular urbanismo, educación, cultura, salud y políticas sociales desde el criterio de proximidad.
Catalunya dispone de una base importante para avanzar en esta dirección: una red extensa de bibliotecas públicas, auditorios, teatros, centros cívicos, escuelas municipales de música, ateneos y casales, desplegados tanto en las grandes ciudades como en ciudades medianas y municipios pequeños. El reto que tenemos ahora ya no es tanto la cantidad de equipamientos como su articulación al servicio de una estrategia cultural que busque complicidades y alianzas con otras políticas y espacios. Las experiencias de planes educativos de entorno, de planes comunitarios o de programas que vinculan equipamientos culturales y centros educativos –desde las bibliotecas hasta las residencias de artistas en el ámbito escolar– apuntan a una manera de hacer que muchos municipios catalanes han ido explorando, a menudo con pocos recursos y mucha creatividad. El paso pendiente es convertir esta constelación de experiencias en una política de país que entienda a los equipamientos culturales como una gran infraestructura para hacer comunidad, y no sólo como contenedores de actividades. Esto significa reforzar la dimensión participativa y deliberativa para que la ciudadanía no sea sólo usuaria, sino coproductora de la vida cultural.