Reportaje

Del Airbus a la fresa: Andalucía, contra los tópicos

A pesar de los cambios de los últimos cuarenta años, Andalucía continúa encabezando los rankings de pobreza en el estado español

17/05/2026

Sevilla/Huelva/GranadaUno de los petardos le ha impactado en la pierna. Lo enseña levantándose el pantalón. También Pere Tordera, el fotógrafo, se agarra un manojo de pelos: "Mira, se ha quemado". Pero lejos de preocuparse, allí, todo el mundo ríe. Estamos en la calle Pelay Correa número 25 de Sevilla, la sede de la Peña Bética Triana. Ra-ta-ta-ta-ta. El Betis acaba de ganar al Elche, vuelve a la Champions 21 años después y las calles se llenan de olor a pólvora. "Va, os invitamos a una cerveza", dicen Charo y Rosa. El fútbol les da igual, ellas solo buscaban un sitio donde comer caracoles. 

Triana no es cualquier cosa, Triana tiene que ver. Triana es maravillosa, viva Triana y olé”, canta Pedro, de pie al lado de la mesa donde nos sentamos. Entre sevillana y sevillana hablan de Alfonso Guerra y Moreno Bonilla. De si irán a votar. De no sé qué cristo de Sevilla. “Será difícil marcharse de aquí”, dice Tordera. La conversación es caótica y divertida. “Es precisamente el carácter lo que nos salva de muchas cosas”, dice Rosa, ya jubilada, y que ha trabajado muchos años en la Junta. Asegura que se ha pasado del PSOE al PP como si nada, sin sobresaltos ni casi sensación de cambio. Pedro se va despidiendo. Dice adiós unas veinte veces, pero no acaba nunca de marcharse. Así que finalmente somos nosotros los que nos levantamos. La verdad es que estamos cansados. Llevamos muchas horas de trabajo y de coche. Esta misma mañana hemos estado en Huelva recorriendo campos de fresas. Es la misma zona que Pujol –sí, Jordi Pujol– visitó en el 96. De hecho, en el trayecto he recuperado varios artículos de aquel día y son una buena fotografía de lo que cambia y de lo que se mantiene. 

Las crónicas explican cómo se colocó una senyera en el balcón de Lepe y se nombró a Jordi Pujol y Marta Ferrusola hijos adoptivos de la villa. Votaron a favor todos los partidos. Él los felicitó porque gracias al esfuerzo de los andaluces en el campo se luchaba contra el atraso de Andalucía. Es la palabra que utilizó. Atraso. Hoy en el campo no se ve ningún español. La industria vinculada a la fruta se tecnifica y la comunidad que tanta mano de obra había exportado gana población. Es otra Andalucía. Es también otra Cataluña. Pero aquel 96, fresas aparte, Pujol viajaba a Sevilla con otro objetivo: defender el nuevo modelo de financiación que se estaba a punto de aprobar. Lo hizo en una conferencia que llevaba por título: "La hora del diálogo sin reservas". Hay cosas que cambian y cosas que se mantienen. 

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La fábrica de aviones militares

No se puede hacer ninguna fotografía. Aquí los clientes son los ejércitos, y quién sabe qué información se podría llegar a conocer si se publican. Estamos en la planta de Airbus de Sevilla, donde se hace el ensamblaje final, la última parte del proceso de fabricación de los aviones C295 y A400M. El primero está a punto de celebrar los treinta años del primer vuelo. El segundo es, hoy en día, uno de los aviones militares más grandes del mundo. “¿Ves? Aquello es la cola”, dice Dulce Muñoz, directora de desarrollo del A400M. “Puede llevar 37 toneladas”. Las dimensiones, la verdad, impresionan. Es el avión que se usó para llevar material de China durante la pandemia o con el que se evacuaron personas de Afganistán en 2021. Airbus, que combina capital público de varios gobiernos europeos con inversores privados de todo el mundo, representa una de las compañías punteras de Andalucía. Suma 3.500 trabajadores y tiene el 59% del negocio del sector aeroespacial en Andalucía, que factura alrededor de 2.900 millones al año. “Confiamos en que la situación geopolítica nos ayude a continuar creciendo”, dice Muñoz. Y es que todas las previsiones indican que la industria de defensa se encuentra en un momento de expansión a medio y largo plazo. “¿Cuáles son los salarios?”, pregunto de manera insistente. No lo quieren decir, pero dejan claro que son buenos, y añaden que cuentan con guardería, plan de pensiones, seguro médico y comedor gratuito, entre otros.

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“Como un rey quizás es demasiado, pero si vives en Sevilla y trabajas en Airbus, estás tranquilo”, dice Manuel Hidalgo, economista y profesor en la Universidad Pablo de Olavide. Añade, sin embargo, que estos casos son “catedrales en el desierto”. “La industria que deja buenos sueldos es la aeronáutica, repartida entre Sevilla y Cádiz. Hay también buenos parques tecnológicos, especialmente los de Sevilla y Málaga, pero en porcentaje representa lo que representa”. Le recuerdo que una de las frases que más repite Moreno Bonilla es que Andalucía es una locomotora. Suelta un suspiro. “Seamos serios. Andalucía va bien, pero no cambias 200 años en seis meses. No somos locomotora de nada”. 

Una comunidad siempre a la cola

“Cuando tú tienes la dependencia histórica de ser una región pobre, salir de la trampa es muy difícil”, sentencia Hidalgo, que fue durante seis meses secretario general de economía en el primer gobierno de Moreno Bonilla. ¿Pero no ha cambiado, Andalucía? Le pregunto. “Sin duda, no es la de hace cuarenta años. Ha mejorado mucho, pero también lo ha hecho España. Y las regiones pobres no necesitan hacerlo solo bien, necesitan hacerlo extremadamente bien”.

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Muchas cosas se entienden, de hecho, cuando miras los datos y la estructura productiva. El peso del campo ha caído, sí. En los años ochenta representaba cerca del 13% del PIB, hoy es poco más del 6%. Pero continúa estando muy por encima de la media española y sigue siendo un sector que, por mucho que luche por ser competitivo, no es la industria. La industria, a su vez, es en gran medida agroalimentaria. Se ha tecnificado, sí, pero no puede generar los mismos sueldos que genera una fábrica de coches o una planta dedicada a la aeronáutica. Y la mayor parte de la economía se basa en los servicios. “La estructura te explica el 95% de diferencia de renta per cápita y de PIB per cápita entre Andalucía y el resto de España. Es decir, una especialización mayor hacia sectores de menor valor añadido”, concluye Hidalgo. 

De la IA al campo: la fresa de Huelva

“¿Mira, lo oyes?”, pregunta Diego Moro, director de operaciones de CoopHuelva. Tac, tac, tac, tac… el sonido indica cómo la máquina va colocando la fruta en el lugar indicado. “Yo soy de aquí –dice– y no esperaba que la sala fuera así, me sorprendió cuando entré”. Estamos en la sala de arándanos, la que está más tecnificada de esta cooperativa que se dedica a la producción y comercialización de berries –fresas, frambuesas, arándanos y moras–. La tecnología ha ido sustituyendo las tareas manuales. Un robot coloca los arándanos en un circuito que los transporta hasta una máquina que, utilizando inteligencia artificial, determina la calidad, la dureza, el tamaño, y los puede dividir en diferentes carriles –es el tac, tac, tac que decíamos al inicio– para que sean envasados de manera adecuada. Varias personas supervisan que todo funcione bien. Una es Laura, de 39 años, que hace aquí la temporada de frutos rojos y lo combina con la de naranjas que empieza en otoño. 

Cerca de la cooperativa, Mustafá se da prisa para llenar el camión. Hacia las 12 h empiezan a enviar ya fruta. Hace tiempo que en el campo prácticamente no hay españoles. La inmensa mayoría son africanos. Y se entiende a simple vista. La belleza del paisaje –el verde de las hojas, el rojo de las fresas, el silencio del campo– contrasta con la dureza del trabajo: muchas horas de espalda encorvada, ni totalmente agachado, ni totalmente de pie por unos cincuenta euros al día. 

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Cuando los españoles fueron desapareciendo, los agricultores advirtieron que faltaba mano de obra. Hoy Huelva es líder en Europa de lo que se conoce como “contratación en origen”: son sobre todo mujeres de Marruecos que vienen con el compromiso de hacer la campaña y volver a su país. No es casual que la mayoría de los contratos sean en femenino: se entiende que muchas son madres y esposas, con alicientes importantes, por tanto, de volver a su país. Vienen con la condición, no solo de tener trabajo, sino también un lugar donde dormir y comer. “Europa tiene las empresas agrícolas en el punto de mira, y por eso también se ha mejorado”, dice Emma González, de la entidad Huelva acoge. “Pero a pesar de esto –añade–, observamos que en el 40% de los casos no se cumplen todavía las condiciones de habitabilidad: los ponen a vivir en espacios demasiado pequeños o en módulos metálicos”. ¿Cuántos inmigrantes se quedan? Es la gran pregunta que nadie responde. “Sabemos que hay un porcentaje que lo hace –dice Emma–, pero no la cifra exacta”. En algunos casos, acaban en asentamientos. Se calcula que hay entre 3.000 y 3.500 en la zona. Huelva acoge pide desligar los asentamientos de los temporeros. Allí, dicen, hay gente que viene de todas partes. Y faltan recursos por todas partes para atenderlos.

Mustafá hace darse prisa a los compañeros. Ellos no paran. Una caja. Otra. La mayoría de chicos llevan camisetas de equipos de fútbol. “Yo soy del Madrid. He tenido un mal año”, dice. “¿Sabes que hay elecciones?”, pregunto. “¿Que hay qué?”. Él no lo sabe, pero algunos partidos hablan de ellos, y mucho. Para Vox es uno de los ejes del programa, y el partido hace equilibrios para cargar contra los inmigrantes y al mismo tiempo atender las necesidades de mano de obra de los agricultores. “Tenemos una situación de calma tensa”, dice Emma. “No han llegado a los votos de Almería, pero el mensaje sí que va calando”. Y explica cómo hace pocos días, mientras estaba en un CAP acompañando a un migrante, un hombre se encaró gritando: "¡Estáis copando todos nuestros servicios!". “Esto antes, no pasaba”, concluye. 

La crisis del cáncer

“Perdona, ¿te importa si nos hacemos una foto?” Sin problema. Me levanto y hago yo la fotografía. “Gracias por lo que estáis haciendo. Estamos contigo”, le dicen. Cuesta estar tranquilas a mesa. Hay un acto electoral en la sala de al lado, la gente ya va llegando y la miran y le dicen cosas. Ángela Claverol se ha vuelto una cara conocida en Andalucía. Es presidenta de Amama, asociación de mujeres con cáncer de mama. Los servicios públicos están tensionados en todas partes, sí. Pero es en Andalucía donde han mostrado su cara más dramática. 

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En 2021 la Junta decidió externalizar una parte del cribado del cáncer de mama. Los argumentos eran la eficiencia y modernización tecnológica. Pero en este proceso se dejó de avisar a las mujeres que tenían resultados sospechosos. Dejaron de hacerlo los hospitales porque se les dijo que se había automatizado el proceso, pero tampoco lo estaba haciendo la empresa externa. “Nos empezaron a llegar casos a la asociación que no entendíamos. Venían ya con un cáncer avanzado, pero nos decían que se habían hecho mamografías de control y que nadie les había dicho nada”.

Se pusieron en contacto con la consejería. Y el relato que hacen es demoledor. El consejero Jesús Aguirre Muñoz les dijo miedicas, y su sucesora, Catalina García, que exageraban. Hasta que una entrevista en la Cadena SER lo cambió todo. Fueron a explicar un caso y a decir que si había más, se pusieran en contacto con la asociación. Ángela calla. Coge aire. “Pienso en aquellos días y recuerdo el miedo”, dice. Fue una avalancha. Llamadas y más llamadas. “Yo pensaba: pero qué es esto? ¿Cuántos casos hay?”, dice. Se volvieron a reunir con la Junta. Ángela explica que la primera vez salieron llorando porque la consejera ya dimitida, Rocío Hernández, habló de pocos casos desafortunados ante las afectadas. Casos. No fue capaz de decirles por su nombre. El siguiente consejero, explica, les llegó a hablar de subvenciones. “Nunca me he sentido tan humillada”, sentencia.

La cifra de afectados que da la asociación y la que da la administración son diferentes. Ellas defienden que al menos seis mujeres han muerto por culpa del retraso en el diagnóstico, que 360 mujeres están afectadas con un cáncer avanzado y que el 40% de estas ha hecho metástasis. La Junta sí que ha admitido que hay 2.317 mujeres afectadas, pero dice que solo se ha podido probar que el 1% –23– han desarrollado un tumor por culpa del retraso. 

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“La sanidad pública es el tema de campaña”, dice Sebastián Martín, portavoz de la Marea Blanca. Médico de primaria, ya jubilado, denuncia que la cita para primaria se dispara a once días y que hay más de un millón de personas en lista de espera para una consulta con un especialista. “Los recortes y privatizaciones traen más muertes. Es el resultado que vemos”, afirma. Y cita un estudio científico que ha comparado los últimos cinco años del PSOE con los últimos cinco del PP. El resultado es un exceso de mortalidad de 3.077 personas.

Es el mismo informe que los partidos de izquierdas repiten en los mítines, en las entrevistas. “¿Esto afecta electoralmente a Moreno Bonilla?”, le pregunto. El Sebastián está convencido de que sí, a pesar de que las encuestas dicen que podría llegar a revalidar la mayoría absoluta. “A mí me cuesta creerlo –dice la Ángela–, ha demostrado que le interesan más los votos que las mujeres andaluzas, que se dedique a freír patatas que allí al menos solo se puede hacer daño a sí mismo”. "Pero si gana –le insisto–, ¿cómo te sentirás? Hace un gesto entre serio y triste. “Creo que querría decir que somos idiotas”. 

Identidad y arraigo

Debe ser la mejor oficina del mundo. El jardín está dentro de la Alhambra, con vistas al complejo monumental. Pocas imágenes pueden acumular tanta belleza. “¿Sabes quién dijo lo mismo?”, dice Rodrigo Ruiz-Jiménez, el director del patronato de la Alhambra y el Generalife mientras prepara café. "Olaf Scholz". Resulta que en 2023 hubo un encuentro de jefes de estado y el entonces canciller alemán se le acercó para decirle: "Usted tiene el mejor trabajo del mundo". Nueve mil personas la visitan cada día y se establecen cuotas para evitar la masificación. “¿Cuándo representa sobre el PIB de la ciudad?”, le pregunto. “No llega al 10%”, dice Ruiz-Jiménez. La cifra, igualmente, es altísima, pero él asegura que aquí no se ha caído en la masificación aunque detectan un cierto cansancio con el turismo. Se esfuerza en remarcar que la organización importante es la Universidad de Granada. De hecho, en la ciudad despierta mucho optimismo el acelerador de partículas, un proyecto que aspira a ser la infraestructura científica más grande de España y que ha de servir para testar materiales para futuros reactores de fusión nuclear. 

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“No somos la comunidad agraria, analfabeta y llena de pobres que algunos todavía tienen en la cabeza”, dice Carlos Rosado, uno de los padres del Estatuto de Autonomía de Andalucía y presidente de la Andalucía Film Commission. “Aunque evidentemente, exportamos talento porque no hay suficiente tejido productivo para determinados sectores”. Rosado nació en el 51. Recuerda la emigración de los sesenta. “Las políticas públicas han sabido fijar a la gente al territorio, y eso me parece importante, nosotros no sufrimos la España vaciada que sí vive Castilla”. Y destaca también que la cultura y el folclore saben integrar a los que llegan. El sentimiento andalucista está presente en todas partes. En el verde de los carteles electorales. En el acento. En un Blas Infante que reivindica hasta el Partido Popular. Y la identidad andaluza está también presente en una Alhambra que muestra cómo la identidad de la comunidad está construida, como pasa en tantos otros lugares, sobre siglos de mestizaje. Andalucía no es lo que era. Tampoco lo es España. Hay cosas, sin embargo, tópicos, que se mantienen. Lo comprobamos en el hostal, justo después del registro. "¿Dan desayuno?", preguntamos. "Sí, tienen dos turnos. El primero empieza a las 9 de la mañana".