GEOESTRATEGIA

¿Qué enseña al Procés la experiencia internacional?

Analizamos 10 casos contemporáneos sobre cómo funcionan las relaciones de poder en el mundo

BarcelonaEl Procés tiene unas características propias que lo hacen único, pero justamente ahora que los partidos independentistas negocian una estrategia unitaria, habría que tener presentes algunas lecciones que se pueden sacar de la experiencia internacional reciente. Así, veremos que las independencias se basan en tres pilares principales: apoyo de la población, control del territorio y reconocimiento internacional. Cuando alguna de estas patas falla, el resto tambalea.

La experiencia también indica que, en última instancia, el control efectivo del territorio, es decir, la capacidad de aplicar la fuerza coercitiva, continúa siendo una variable clave. Y que la manera de ejercerlo no es muy diferente ahora que, digamos, hace dos mil años, cuando las legiones romanas ampliaban el imperio. Por eso las independencias pacíficas, como la que pretende Catalunya, son tan anómalas. Los estados no se dejan tomar un territorio fácilmente.

En el mundo real, además, no existe una justicia internacional aceptada por todo el mundo y ni siquiera la ONU tiene capacidad para hacer cumplir sus resoluciones, de forma que a menudo las potencias militares aplican una política de hechos consumados, como Rusia con la reciente invasión de Crimea. Y ni la UE ni los EE.UU. iniciarán un conflicto con Rusia por Crimea o con China por el Tíbet.

Por otro lado, en el planeta hay muchos territorios que son independientes de facto pero que no tienen reconocimiento internacional o lo tienen muy limitado. Esto les condena a vivir en unos limbos, sin poder tener relaciones diplomáticas normalizadas, o a ser dependientes de alguna potencia. Otros, como los curdos de Irak, tienen que renunciar porque la geoestrategia juega en su contra. Los únicos casos que se pueden comparar con el catalán son los de Quebec y Escocia, donde los independentistas han perdido sendos referéndums. A pesar de esto, España no es Canadá ni el Reino Unido.

1. Venezuela

No basta con el reconocimiento internacional

El caso de Juan Guaidó, autoproclamado presidente de Venezuela el 23 de enero de 2019, es especialmente interesante porque en Catalunya a menudo se ha planteado la independencia como un simple efecto dominó de reconocimientos. Pues bien, Guaidó obtuvo el reconocimiento de la principal potencia mundial, los Estados Unidos, el de la mayoría de estados sudamericanos y el de la Unión Europea. Y aún así, el poder continúa en manos de Nicolás Maduro. ¿Por qué? Pues porque Maduro también tiene apoyos internacionales (Rusia y China principalmente) y, sobre todo, controla las fuerzas armadas y, por lo tanto, mantiene el monopolio de la violencia y el control efectivo del territorio. Este es un ejemplo fantástico de cómo tener reconocimientos internacionales significativos no comporta de manera automática la obtención del poder. Es evidente que, en otro contexto, estos reconocimientos habrían podido provocar grietas en el régimen de Maduro, pero no ha sido así, de forma que si la comunidad internacional quiere que Guaidó u otro sea el presidente efectivo de Venezuela necesita o bien convencer al ejército venezolano para que se subleve contra Maduro, o bien enviar tropas sobre el terreno para expulsar a los actuales gobernantes, como se hizo con Saddam Hussein en la segunda guerra del Golfo o con Gaddafi. El caso es que, sobre todo a raíz de los fracasos de la gestión posterior en Irak y Libia, la comunidad internacional ha abandonado -el principal ejemplo es Siria- cualquier indicio de intervencionismo.

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2. Kurdistán

Tampoco basta con el control del territorio

En el Kurdistán iraquí encontramos el caso opuesto al de Venezuela. Los curdos tienen el control efectivo del territorio a través de sus propias fuerzas armadas (los peshmerga), tienen el apoyo mayoritario de la población (92,7% a favor de la independencia según el referéndum de 2017), pero aún así no son independientes porque no tienen reconocimiento internacional. La geoestrategia juega en contra de los curdos: ni Irak, ni sobre todo Irán ni Turquía quieren un estado curdo en la zona porque tienen sus propias minorías curdas, y están dispuestos a combatirlo con las armas cuando es necesario. Esto hace que los Estados Unidos, que han colaborado históricamente con los curdos (por ejemplo en la guerra contra el yihadismo), no apoyen una independencia que cambiaría los frágiles equilibrios de la zona.

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3. Sáhara

No basta con una resolución de las Naciones Unidas

Catalunya conoce bastante bien el drama de los saharauis. España abandonó la colonia en 1976 sin organizar el referéndum que había aprobado la ONU en 1970. Marruecos ocupó el territorio y se inició un conflicto armado con el Frente Polisario que se alargó hasta 1991. La ONU aprobó entonces dos resoluciones, la 658 y la 690, que fijaban el alto al fuego y la celebración de un referéndum con dos opciones: independencia o integración en Marruecos. Se creó la Misión para la Organización del Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO). Desde entonces, Marruecos ha boicoteado todos los intentos de la ONU para organizar el referéndum y la comunidad internacional ha renunciado a hacer cumplir las resoluciones. Marruecos cuenta con el apoyo de Washington para ignorar los mandatos de la ONU.

4. Osetia del Sur

No basta con el reconocimiento de una sola potencia

En el ámbito internacional hay muchos casos de estados que son independientes de facto pero con niveles de reconocimiento diverso. En un extremo estaría el de Somalilandia, que tiene cero reconocimiento, y en el otro el caso de Kosovo, con el reconocimiento de 90 de los 193 países de la ONU, que incluye a los EE.UU. y a la mayoría de la UE (no España, que no reconoce la independencia unilateral). Pero hay muchos casos de estados fantasma que solo tienen el reconocimiento de un solo país o un puñado de países, como por ejemplo Osetia del Sur y Abkhazia, en Georgia, o Transnistria, entre Ucrania y Moldavia, que tienen el apoyo de Moscú. Estos territorios, sin embargo, acaban siendo títeres al servicio de la política exterior rusa. Lo que es evidente es que sin apoyo externo ruso, ninguno de estos territorios sería independiente.

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5. Tíbet y Hong Kong

No basta con ser causas muy populares en todo el mundo

El actor Richard Gere es un reconocido activista por los derechos del Tíbet, e igual que otras estrellas de Hollywood se ha hecho fotografías con el Dalai Lama y ha posado con carteles con el lema Free Tibet. Aún así, el proceso de asimilación cultural china continúa y los tibetanos son cada vez más una minoría en su propio país. Desde 2009, 155 activistas tibetanos se han inmolado para reclamar sus derechos, pero el impacto de este tipo de protesta, que tuvo mucho eco en los 80, es cada vez menor. El Tíbet lo tiene todo para ser una “causa justa”, pero tiene un problema: la potencia invasora, China, es a la vez una superpotencia económica con quien nadie quiere tener problemas.

Recientemente se ha denunciado la existencia de campos de reeducación de la minoría musulmana de los uigures donde se intenta que olviden su lengua y sus raíces culturales. Y en Hong Kong, a pesar de las protestas de los jóvenes proccidentales que defienden los valores democráticos heredados de la época en que eran una colonia británica, los partidos no afectos al régimen han sido desterrados del Parlamento.

En plena oleada de protestas, el gerente de Houston Rockets, un equipo de la NBA, hizo un tuit a favor de los manifestantes. La reacción airada de Pekín puso en peligro los patrocinios del equipo y dos de sus principales jugadores tuvieron que salir en defensa de China.

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Los jóvenes hongkoneses han sido portada en muchos diarios, pero a la hora de la verdad están solos ante un gigante al que nadie quiere molestar.

6. Crimea

Ser anexionado por una potencia sí que funciona

Una opción diferente de la que hemos visto en la lección 4 es la de la península de Crimea, que fue directamente anexionada por Rusia en 2014 en el marco del conflicto entro este país y Ucrania por la región de Donbass. Fue una ocupación militar rápida (la mayoría de la población de la península ya era rusa antes de la invasión) que provocó las protestas de toda la comunidad internacional. Aún así, Moscú ha incorporado Crimea a todos los efectos en su territorio, de forma que aunque la gran mayoría de la comunidad internacional continúa considerando que este territorio pertenece a Ucrania, a la práctica esto no tiene ninguna gran afectación para la población rusa de la península, que disfruta de su nueva nacionalidad con normalidad.

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La lección de este caso es que cuando eres una potencia militar, como es el caso de Rusia, te puedes permitir el lujo de saltarte la legalidad internacional. Es cierto que después se pueden aprobar sanciones, pero la experiencia enseña que nunca acaban de funcionar. El Iraq de Saddam Hussein, por ejemplo, sufrió sanciones durante muchos años pero no fue hasta que hubo una intervención militar internacional que se le pudo derrocar. Aquella intervención, por cierto, tampoco estaba amparada por la legalidad internacional porque Rusia se opuso al Consejo de Seguridad de la ONU. La conclusión es que, en última instancia, es la fuerza militar (o la amenaza de su uso) la que se acaba imponiendo en el ámbito internacional.

7. Eslovenia

Aprovechar el colapso de un estado multiétnico funciona

La desintegración de Yugoslavia en 1991 derivó en una serie de conflictos bélicos (el más sangriento fue el de Bosnia) y de diferentes declaraciones de independencia unilateral de las repúblicas que formaban parte del país. El menos cruento fue el de Eslovenia, que se saldó con menos de un centenar de muertos en un conflicto de 10 días. La victoria fue posible porque el ejército yugoslavo, dominado por los serbios, decidió priorizar la guerra con Croacia, un enemigo más temible y situado entre los dos. La pequeña república balcánica contó, pues, con la geografía como aliada y, además, con el rápido reconocimiento de países como Alemania, que arrastró al resto de la Comunidad Europea. Eslovenia, que forma parte de la Unión Europea desde 2004, supo aprovechar bien el colapso de Yugoslavia.

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8. Montenegro

Prever el referéndum en la Constitución, también

Después de la desintegración de Yugoslavia, se formó la Unión de Serbia y Montenegro con una Constitución que preveía mecanismos para la secesión. En un principio la UE y la comunidad internacional eran reticentes a la independencia de Montenegro pero finalmente tuvieron que ceder ante el gobierno independentista. El referéndum fue supervisado por la UE y el OSCE, que fijaron una participación mínima del 50% para que tuviera validez. Además, la UE fijó que para reconocer el país los independentistas tenían que ganar por más del 55% de los votos, cosa que finalmente pasó a pesar de que por poco. El referéndum se celebró el 21 de mayo de 2006 y el resultado final fue del 55,5% de votos a favor de la independencia y el 44,5% en contra. Es la última independencia pacífica europea.

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9. Sudán del Sur

Una independencia clásica: guerra y referéndum

El último país que ha entrado a formar parte de la ONU es Sudán del Sur, que lo hizo en 2011, el mismo año de su independencia. En este caso hablamos de una independencia de corte clásico, con una revuelta armada del sur cristiano contra el norte musulmán (que duró medio siglo con diferentes altibajos) hasta que la presión internacional forzó una negociación entre el Ejército de Liberación de Sudán del Sur y las autoridades de Jartum. El acuerdo se firmó en 2005 en Navaisha, Kenia, y preveía seis años de autonomía y la celebración posterior de un referéndum de independencia que se celebró en enero de 2011. El resultado fue inapelable, con un 99% de los votos a favor. Con la independencia, sin embargo, han continuado los enfrentamientos interétnicos y de clanes y la inestabilidad del país.

10. Escocia y Quebec

Un referéndum pactado es la mejor vía, pero no siempre gana el ‘sí’

De todos los casos expuestos, los que pueden ser más fácilmente comparables al catalán son Escocia y Quebec. En los dos casos se trata de naciones incorporadas a estados que no les han impedido celebrar referéndums de independencia. En el caso de Quebec se celebraron dos. En el primero, en 1980, se votaba si se autorizaba el gobierno de la provincia a negociar un acuerdo de asociación con el resto de Canadá desde la plena soberanía. La propuesta fue rechazada por el 60% de la población. Más ajustado fue el resultado del segundo, en 1995, en que el no se impuso por el 50,6% de los votos frente al 49,4%. El año 2000 el Tribunal Supremo canadiense, en una sentencia histórica, fijó que el gobierno central estaba obligado a negociar un referéndum si había una demanda amplia pero que tenía que tener una pregunta clara y un resultado también claro. Desde entonces, el independentismo quebequés entró en decadencia.

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En el caso de Escocia el referéndum se celebró en 2014, fruto de un acuerdo entre Londres, que cedió las competencias para hacer la consulta, y Edimburgo. El no ganó con el 55,3% de los votos. Desde entonces, sin embargo, la salida de la UE de la Gran Bretaña ha hecho crecer el independentismo en Escocia, que es más preeuropea, y el SNP tiene planes para reclamar un segundo referéndum. El primer ministro británico, Boris Johnson, ha dejado claro, sin embargo, que no aceptará una segunda consulta tan pocos años después de la primera.