MadridCelebrar Sant Jordi una semana después es seguramente una de las cosas más extrañas que les pasa a los catalanes en Madrid. El 23 de abril es el Día del libro –que no es ni mucho menos lo mismo– y normalmente unos días más tarde la delegación del gobierno de la Generalitat en la capital española organiza su propia festividad. Tampoco acaba de cuajar: se celebran libros y rosas, pero ya todo el mundo habla en pasado. Este año no ha sido diferente: la delegación capitaneada por Nuria Marín escogió la Residencia de Estudiantes del barrio El Viso, en Chamartín, para celebrar la diada de Sant Jordi en Madrid. Se reivindicó la fiesta y lo que representa, pero buena parte de los asistentes parecía tener la cabeza en otro lugar: probablemente en el Congreso, donde el gobierno español perdió la votación de la prórroga de los alquileres y el consorcio entre el PSOE y Esquerra por el no de Junts.
Por eso el presidente, Salvador Illa, no se ahorró la crítica velada en su discurso –“Cataluña se la defiende con hechos, no con palabras y gesticulaciones”, Illa dixit– y también fue uno de los temas de conversación en el cóctel de después. Las opiniones eran variadas, pero ninguno de los interlocutores era ni de Junts ni de Esquerra. En el acto de la delegación en la Generalitat había mayoría de cargos del PSC, empresarios, representantes de patronales y lobistas, además de exdiputados convergentes, que siempre están de alguna manera en todas partes.
a la sala cuando desde el escenario se saludó a los diputados: los senadores, que sí que estaban, se sintieron un poco invisibilizados.
El bilingüismo run run en la sala cuando desde el escenario se saludó a los diputados: los senadores, que sí que estaban allí, se sintieron un poco invisibilizados.
El bilingüismo
El acto se desarrolló con normalidad. Quizás lo menos normal, a oído de esta cronista, fue la alternancia lingüística durante todo el evento. Desde la organización se aconsejó hablar en castellano por el hecho de hacerse en Madrid y ser abierto a todos, pero lo cierto es que todos los ponentes fueron alternando con el catalán, porque realmente se hacía un poco extraño teniendo en cuenta el público: a excepción de unas cuantas personas contadas con las manos, todos podían entender perfectamente el catalán. Para empezar, el ministro.