Hay que cerrar la crisis de Ceuta ya

MadridLa crisis de Ceuta tiene que acabar ya, cuanto antes mejor. Cada día que pasa el gobierno pierde cuota de credibilidad, por la ineficiencia demostrada y por el retraso con el que reaccionó. Es fácil pedir soluciones inmediatas y difícil llevarlas a cabo, y a pesar de ello es insofrible asistir al drama cotidiano que sufre la ciudad, sus habitantes y los inmigrantes que conservan alguna esperanza de llegar a la península Ibérica y poder establecerse en ella. En las actuales condiciones encuentro que serán muy pocos los que consigan este propósito. Y, mientras pasan los días, crece la sensación de improvisación y de impotencia. Las imágenes de este viernes pasado dan una idea del descontrol prácticamente absoluto en el que viven todas las partes implicadas, incluidos los cuerpos de seguridad del Estado. Hay que aumentar el número de participantes en las operaciones para acabar con el desorden reinante. No se está haciendo lo suficiente ni al ritmo idóneo.

No es una pandemia. Aquellos días parecía que nos íbamos acostumbrando al número cotidiano de muertos y a vivir encerrados. En la crisis de Ceuta, de víctimas mortales ya hubo demasiadas el primer día, y en cualquier momento puede estallar un conflicto más grave, porque no se puede vivir –nadie puede– con el actual grado de presión. Las imágenes de esta semana, las de los inmigrantes corriendo como una masa ingobernable hacia el campamento del puerto de Ceuta, eran bastante impresionantes. Aquí no hay ningún mando único que funcione; esto es un desbarajuste. La aspiración de tener bajo control a los miles de inmigrantes que queden dispersos –es difícil obtener una cifra fiable– no parece un objetivo fácil.

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No me gusta ver uniformes militares en las calles, pero quizás será necesario que intervengan, y en un número de efectivos que sea suficiente. Lo que no puede pasar es que tengamos que oír disparos –imagino que al aire, pero con fuego real– de policías desbordados por las carreras de los manifestantes, mientras la población de Ceuta lo mira desde las ventanas. Volvimos a ver el suelo de las calles lleno de zapatos, deportivas y chanclas –sobre todo chanclas, que es el calzado más patético en esta situación—, como los días 30 y 31 de julio contemplamos imágenes similares en las playas. Muchos inmigrantes llegaban a tierra descalzos, habiendo dejado atrás cientos de alpargatas, que ahora flotan patéticamente sobre las olas. Voluntarios y policías o guardias civiles las recogían en bolsas negras, y no sé qué hicieron con este testimonio de la necesidad y la desgracia de tanta gente.

La responsabilidad

Culpables lo hemos de ser todos, porque en este asunto casi nadie ha estado a la altura de las circunstancias. Me refiero, obviamente, a las instituciones y los partidos. Muchos estamos preocupados con el aumento de las expectativas de la extrema derecha –aquí y de manera general en el occidente democrático–, pero lo que me encuentro cada vez con más frecuencia es la gente que me dice que no tiene ninguna gana de ir a votar. La mayoría de estos cree que las cosas solo pueden ir a peor, pero tampoco ven estímulos para convertirse en un freno capaz de impedir esta evolución política y electoral. El otro día un amigo al cual me une la pasión por el cine me decía que su mujer no ha votado nunca, y que él lo intentó en una de las últimas convocatorias, pero que en su mesa no fueron capaces de encontrarlo en la lista que le correspondía. Le dijeron que hablara con algún interventor y que hiciera una queja formal.

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No obstante, él salió del colegio electoral decidido a no intentar votar nunca más. Reconozco que mi amigo tiene un cierto aire místico. Cree que a nuestro alrededor pasan todo tipo de cosas que no percibimos por los límites de los sentidos. Y no es conspiranoico, pero dice que asume la existencia de hechos que son señales, que nos traen mensajes que a menudo no sabemos descifrar. Y ha llegado a la conclusión de que el voto es un instrumento más de distracción y dominación. Lo explica mostrándose seguro de que estamos dominados por unas élites –no necesariamente de los gobiernos– que controlan la información y la manipulan y la distribuyen según sus intereses, que son tenernos controlados y produciendo para hacer crecer sus negocios, todo preparando las siguientes etapas de conquista del espacio –durante las cuales extenderán su poder– mientras el común de la población continuará hablando de libertades y democracia, consumiendo lo que no necesita y dejándose la piel durante muchos años para subir algún piso en la escala social.

No sé si la inteligencia artificial (IA) y la crisis de la democracia nos convertirán poco a poco en una especie de zombis dispuestos a renegar de todo. Para perder la fe en todo ello y que renazca el anarquismo como meta ideológica quizás no nos queda mucho. El primer síntoma es no ir a votar. Una contradicción flagrante, si reivindicamos el valor que tuvo para nosotros la recuperación de las libertades; y más ahora, cuando hay miles de descendientes de españoles que tuvieron que huir después de la Guerra Civil y reclaman su derecho a participar en las próximas elecciones, mientras unos jueces del Tribunal Supremo les suspende sine die esta posibilidad. Lo hacen con el argumento de que pueden alterar la voluntad del pueblo censado, que es el titular del derecho ya reconocido. Es como dar por probado que los descendientes de exiliados son todos de izquierdas y que hay que negarles la oportunidad de frenar a los ciudadanos más patriotas, que son los que seguramente el año que viene conseguirán que vuelva la derecha para gobernar con autoridad, y que hará que nadie cruce fronteras y que se pueda reclamar un trato humanitario mientras intenta huir de la persecución política, la falta de derechos o la miseria.

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Vuelvo al principio. La crisis de Ceuta nos interpela a todos. Debo convencer a mi amigo místico de que vaya a votar. Y a Sánchez y Feijóo que dejen de jugar con la falta de energía, el calendario y los respectivos cálculos electorales. Ruego para que tengan piedad de Ceuta y los inmigrantes –facilitando su retorno si no se les puede reconocer como refugiados–, y que compartan un discurso de país sobre Marruecos y la Unión Europea. Y, mientras tanto, que la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, ponga lo que podría haber sido su ático a disposición de parte de los menores –los que quepan–, para que sean ellos los que puedan sacar algún partido de este catálogo de disparates.