Sánchez y los milagros inverosímiles
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MadridLa pregunta más habitual estos días entre los mismos periodistas del Congreso es: "Y tú, ¿qué crees que pasará el 29 de noviembre? ¿Quién ganará? Es curioso comprobar que, de entrada, prácticamente todo el mundo da por descontado que se impondrá el PP y que gobernará con el apoyo de unas cuantas decenas de diputados de Vox, entre 50 y 70. Sin embargo, si el interpelado pone cara de que no está seguro, su interlocutor también empieza a buscar argumentos para dar consistencia a su predicción, como si necesitara convencerse a sí mismo de que su vaticinio tiene mucho fundamento y está cantado.
Hombre –dice uno para parecer persuadido de su hipótesis–, lo que queda claro es que hay una tendencia ya muy consolidada. Solo hace falta ver cómo fueron las elecciones en Andalucía, Aragón, Extremadura y Castilla y León. El PSOE no puede remontar, no basta con la reacción por el desahucio de Maricarmen Abascal y por el problema de la vivienda, ni con los errores del PP cada vez que habla de las pensiones. Y la conversación sigue adelante siguiendo más o menos esta línea, hasta que quien decía que los socialistas ya no tienen nada que hacer acepta de repente, interpretando las dudas de su interlocutor, que en una cosa sí que tiene razón, y es que el partido se tiene que jugar, y resulta muy arriesgado darlo todo por decidido.
Con este diálogo –que no tiene nada de imaginario– intento explicaros que cuesta mucho encontrar gente que piense que el PSOE tendrá alguna posibilidad de formar gobierno después de las elecciones. Pero casi todo el mundo acaba diciendo que conviene esperar y no dar ningún resultado por hecho. Quizás lo que pasa es que se ha creado una cierta imagen de Pedro Sánchez como el hombre de los milagros inverosímiles. Se tiene que admitir que, en la situación actual, ya ni los antecedentes del líder socialista son un argumento sólido para dudar del siguiente resultado electoral, porque es muy difícil que el PSOE pueda comparecer a las urnas pretendiendo que conserva intacta su credibilidad.
El desgaste ha sido muy fuerte. Y para más complicaciones, Sánchez tiene dentro de su mismo partido un foco de oposición que muchas veces no se manifiesta abiertamente en público, pero que opera internamente, en colectivos que se reúnen de forma periódica para criticarlo todo: las alianzas de esta legislatura y de la anterior, y la estrategia que se ha seguido de levantar un muro para no hablar con el PP, que, además, tampoco ha ayudado nada a que se pudieran abrir canales de diálogo.
Elecciones sin ilusión
El panorama, ya os lo digo, es muy triste. Me refiero a que, a diferencia de pasadas –o quizás remotas– elecciones, ahora casi nadie irá a votar ni con una chispa de ilusión. Incluso los que apoyen a las candidaturas de la derecha o de la extrema derecha, supuestamente entusiasmados por sus perspectivas de victoria, no lo harán principalmente con el convencimiento de que su apuesta es por una nueva etapa de prosperidad y honestidad asegurada en la gestión pública. El estímulo más importante que se ha puesto en marcha –y no ahora, sino desde hace años– para pedir la alternancia en la dirección del país es la apelación a hacer caer el sanchismo para derogar sus leyes y su idea de política social y progresista.
Hay mucha gente que no tiene una orientación ideológica muy definida y que lo único que expresa es cansancio por el clima actual y voluntad de cambiarlo para probar otra cosa, para dar una oportunidad a una alternativa sin saber en realidad hacia dónde irá la sociedad española. Qué lejos quedan –y no solo por la decepción provocada por las famosas joyas– los tiempos en los que la expectativa de victoria –en aquel caso de Zapatero– se manifestaba por parte de algunos colectivos arqueando en grupo el dedo índice sobre una ceja. Aquella manera más bien infantil de participación y apoyo político se ha sustituido por otro tipo de acción, que no reivindica a nadie, sino que centra los objetivos en la destrucción del rival.
Ya veremos qué pasa en la etapa siguiente, si hay alternancia, porque lo que hemos conocido en otras fases del PP no ha sido precisamente una apuesta por el rigor y la máxima exigencia. Esto vale tanto para los responsables políticos como para sus familias. Se ha puesto el listón bastante alto y la última prueba ha sido la dimisión de Montse Mínguez como portavoz del PSOE y como cabeza de lista del PSC en Lleida. Siempre ha sido exigible la coherencia entre lo que se proclama y reclama y la propia conducta. Pero, en teoría, a partir de las experiencias de los familiares más cercanos de Sánchez, habrá que comprobar si se consolida la opción por la responsabilidad extensible a los familiares de los cargos públicos, con la posibilidad de que los errores de aquellos tengan como efecto la caída de estos. En todo caso, en materia de vivienda es evidente que se ha ido muy lejos en la identificación del propietario como especulador sin escrúpulos. Dicho esto, lo que no se perdona es predicar una cosa y hacer otra. A Zapatero, más que el collar y las pulseras, lo que le ha hecho más daño es la contradicción entre este contenido de su caja fuerte y haber dicho que ser socialista consiste en tener poco y dar mucho.
Tampoco hay nada gratificante en el espectáculo que ha ofrecido la izquierda –llamada radical– a la hora de confeccionar candidaturas e intentar presentarse como opción para garantizar la defensa más firme de un discurso social consistente. El proceso de diálogo a la izquierda del PSOE se ha parecido mucho a la famosa noche del Titanic, cuando tripulación y viajeros esperaban la llegada de la ayuda del barco Carpathia, que logró salvar a 700 personas de las 2.200 que iban a bordo. En este caso, no sé cuál será el número de dirigentes y de electores salvados del naufragio, pero la lucha por ocupar un lugar en las lanchas ha sido tremenda. Excluyo a Rufián, que ya tenía una salida clara como portavoz de ERC. Pero este mismo papel habría sido, en muchas fases, difícilmente compatible con la pertenencia a un órgano de dirección de la izquierda a escala estatal. El discurso sobre la financiación autonómica, por ejemplo, es diferente con una gorra o con otra. Y vinculo esto con lo que le puede esperar a Cataluña la próxima legislatura. Del modelo de financiación singular ya ni se habla. Decimos que el Procés es pasado, pero me parece que la normalidad postelectoral recuperada tampoco será el escenario más propicio a los intereses del país.