Pedro Sánchez, el gran prestidigitador

La génesis del sanchismo: de político tutelado por el felipismo a gran icono de la izquierda europea

10/10/2026 - 20:03 h.

MadridPedro Sánchez Castejón (Madrid, 1972) es, parafraseando a Winston Churchill, "un enigma, envuelto en un misterio dentro de un jeroglífico". ¿Es el monstruo cínico, frío y sin escrúpulos que dibuja la derecha? ¿O es el líder empático y compasivo con la gente que lo pasa peor que defiende la izquierda? ¿Es un aspirante a dictador o, por el contrario, el último muro que queda en pie contra la extrema derecha mundial? Lo único cierto es que entre el Pedro Sánchez actual y el que irrumpió en política en el año 2014 hay un abismo. Y es esta evolución, plagada de giros dramáticos, cambios de opinión y una innegable capacidad de superar adversidades y adaptar la realidad a sus necesidades, lo que ha desembocado en aquello que conocemos hoy como sanchismo. Esta es la historia del gran prestidigitador de la historia política española reciente.

Este relato comienza en una reunión de notables felipistas del partido, encabezados por la entonces presidenta andaluza, Susana Díaz, en el año 2014. Allí se trata sobre las primarias que se han convocado en el PSOE y sobre la necesidad de buscar un candidato para plantar cara a Eduardo Madina, que era el candidato renovador y que, por cierto, en Cataluña quedó por delante de Sánchez. Díaz aspira a ser la secretaria general, pero considera que no es todavía su momento y buscan un hombre de paja que le caliente la silla. La reunión, que reconstruye el periodista Jesús Maraña en el libro Al fondo a la izquierda (Planeta, 2017), acaba con el nombre de Pedro Sánchez sobre la mesa y una frase antológica de Díaz: "Este chico no vale, pero nos vale". Escribe Maraña: "Sánchez es dibujado como un tipo alto, guapo y simpático dispuesto a aceptar encargos de sus superiores[...] y se sobreentiende que su liderazgo será vigilado, compartido o tutelado". Sánchez, pues, llega a Ferraz en julio de 2014 gracias a la poderosa federación andaluza del PSOE y porque es visto como alguien inofensivo, pero pronto sus valedores se darán cuenta de su inmenso error de cálculo. Su hombre de paja tiene dos caras. Debajo de la piel de cordero habita un lobo.

Es cierto que en sus inicios en Ferraz, Sánchez no sale de la ortodoxia. Un barón socialista que le trató mucho en aquella época recuerda que era "un liberal convencido y un gran entusiasta de la colaboración público-privada". El 24 de febrero de 2016 Sánchez se hace una foto que hoy parece ciencia ficción con Albert Rivera para firmar un acuerdo para formar un "gobierno reformista y de progreso" que, entre otras cosas, incluía la supresión de las diputaciones y la limitación de mandatos a ocho años. La maniobra no prosperará por el voto en contra del PP y Podemos. Allí, sin embargo, la historia habría podido cambiar. En aquella época, dirigentes y opinadores de Cs y el PSOE se reunían en los reservados de los restaurantes de Madrid y soñaban con un entendimiento que superara el fantasma de las dos Españas. Lo explica muy bien Ramón González Ferri en su libro La ruptura (Debate). Todo aquello, sin embargo, no tardaría en torcerse.

Abortada la operación con Cs, el PSOE se vio, a principios de 2016, entre la espada y la pared tras evitar por los pelos el sorpasso de Podemos. Tenía que elegir entre facilitar la investidura de Mariano Rajoy o forzar una nueva repetición de elecciones y alargar el bloqueo. Ahí es cuando la historia de Sánchez da un giro muy brusco. Barones y principales cuadros del partido consideran que se debe facilitar la investidura a Rajoy por responsabilidad, pero Sánchez, que demuestra tener un gran olfato político, entiende que aquello significaría el final de su carrera política y, lo más importante, intuye que la militancia no quiere facilitar las cosas a la derecha. Y cuando se rebela, el partido decide matarlo en un convulso 1 de octubre, el del 2016.

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Releyendo la prensa de aquella época, uno se da cuenta de que absolutamente todo el mundo sin excepción lo da por muerto. Resulta especialmente interesante leer la lista de los que participaron en la conspiración, porque una década después muchos de ellos son sanchistas declarados, como Antonio Hernando, que era su portavoz y lo traicionó, o el entonces secretario de Organización del PSC, José Zaragoza. He aquí otra característica del sanchismo: la magnanimidad. Sánchez es un killer, pero acepta la redención de sus antiguos enemigos.

Las primarias de 2017

Su victoria triunfal en las primarias de 2017 en las que barre a Susana Díaz hacen emerger a un nuevo Sánchez: sin tutelas, con la épica del ave fénix que renace de las cenizas y con una línea argumental muy clara: guerra sin cuartel al PP. Aquí se empieza a crear la imagen de un Sánchez indestructible, al que no puedes dar nunca por muerto, como una especie de Terminator. Un testigo de la época asegura que es el episodio que mejor define el sanchismo: tenía la oportunidad de cambiar de vida, con ofertas de grandes empresas sobre la mesa, y decidió batallar por el poder del partido con la mirada puesta en la Moncloa.

Pero también es en aquellas primarias en las cuales, abandonado por todos, tiene que recurrir a figuras oscuras como José Luis Ábalos o Santos Cerdán. Ábalos será, por cierto, de los primeros que ve en la sentencia de mayo de 2018 que condena al PP por corrupción en el caso Gürtel una oportunidad para asaltar la Moncloa con una moción de censura y donde tiene un papel clave Iván Redondo, que será el primer jefe de gabinete que tendrá Sánchez en la Moncloa. Será el ápice de sus giros exitosos de estrategia.

Aquí es la primera vez donde Cataluña entra en la ecuación sanchista. Hasta entonces, Sánchez no se había desviado del guion jacobino y había sido un entusiasta defensor del 155. Pero para asaltar la Moncloa necesita los votos soberanistas catalanes, en concreto los 9 de ERC, que tiene a su líder Oriol Junqueras en la cárcel, y los 8 del PDECat, con Carles Puigdemont, que ya ha fundado Junts, en el exilio pero con Marta Pascal pilotando el grupo parlamentario. Quien decanta la balanza, sin embargo, es el PNV, que acababa de votar los presupuestos de Rajoy. El 1 de junio de 2018 Pedro Sánchez se convierte en presidente español en una jugada que nadie había previsto tan solo unas semanas atrás.

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En su primer ejecutivo, el líder del PSOE muestra una de sus mejores cartas: la mayor parte de las carteras estará ocupada, por primera vez en democracia, por mujeres. El feminismo será, a partir de aquel momento, uno de los signos de identidad del sanchismo. Aquel movimiento coloca, automáticamente, al PSOE al frente de las encuestas y supera claramente a Podemos mientras Cs alcanza al PP, que se ve obligado a cambiar de líder. Sánchez aprovecha aquellos primeros meses en la Moncloa para aprobar medidas sociales como la subida del salario mínimo, pero también reactiva el diálogo con la Generalitat, y esto indigna a la derecha.

El 10 de febrero de 2019 es un día importante: el PP, Vox y Cs se manifiestan juntos por primera vez en la plaza Colón bajo el lema "Por una España unida, elecciones ya", y Sánchez intuye que, ante la negativa de ERC de aprobar los presupuestos, ha llegado el momento de ir a elecciones contra la "triple derecha". Se pone en marcha la estrategia de la polarización que, a medio plazo, hará desaparecer el centro e impulsará a Vox. El sanchismo ya toma forma: en España solo hay dos bloques históricos, izquierda y soberanistas contra la derecha. Y él es el líder del primero.

Las elecciones de abril de 2019 hacían posible un entendimiento entre el PSOE y Cs, pero Rivera, que ha caído en la trampa de Sánchez y se ha situado en el bloque de la derecha, se niega. Incluso el Financial Times presiona a favor de este pacto. Algunas fuentes de aquella época consultadas creen que la historia podría haber sido otra, pero la repetición electoral llevó a Sánchez a romper el último muro que le quedaba a la democracia: un gobierno de coalición que incluía, por primera vez desde la Guerra Civil, a comunistas dentro.

El abrazo con Pablo Iglesias

A la pregunta: ¿cómo definirías a Pedro Sánchez?, uno de los diputados más precisos del Congreso responde sin dudar: "Es el tipo más pragmático del mundo". Se demuestra en 2019, cuando después de decir que con Podemos dentro del gobierno no podría dormir, acaba forjando un pacto de coalición con Pablo Iglesias. "De Pedro hay uno, pero con muchas facetas", añade el mismo parlamentario, que lo ejemplifica con los sucesivos gobiernos que ha tenido desde 2018. Primero un ejecutivo en solitario del PSOE, el "gobierno bonito", donde incluso estaba el astronauta Pedro Duque, después un gobierno tecnocrático con Nadia Calviño, Josep Borrell, después Arancha González Laya o Teresa Ribera, que combina dirigentes ligados a Bruselas con ministros de Podemos. También es en este momento que inaugura un discurso favorable al diálogo con Cataluña. No tanto porque él sea un federalista convencido (es del PSOE madrileño), como porque la realidad aritmética se impone: sin Esquerra, el PNV y EH Bildu no hay baile posible.

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Desde la oposición lo ven, sin embargo, completamente diferente. "Es alguien de quien no puedes estar seguro de que no sea un robot, no tiene sentimientos ni empatía", explica un dirigente de la derecha que lo ha tratado mucho. En cambio, un importante líder sindical destaca su capacidad de trabajo y preocupación real por los problemas de la gente. "Es capaz de escribirte a las 3 de la madrugada para preguntarte algo y nunca te deja una llamada sin contestar", afirma.

En este punto delsanchismo, el PSC es clave. Arrancado en Cataluña por el Procés, hace pedagogía dentro del PSOE sobre cómo volver a calmar las aguas. Miquel Iceta es el primer dirigente en hablar de indultos y Salvador Illa, en aquel momento desconocido para el gran público, pero gobernador de hierro del partido, se incorpora a la negociación sobre la investidura de Sánchez entre los republicanos y los socialistas a finales de 2019. A un lado estaba Marta Vilalta, Josep Maria Jové y Gabriel Rufián –el único convencido del pacto– y al otro, Illa, Adriana Lastra y José Luis Ábalos. Allí empezó la estrategia del acuerdo con el gobierno español para paliar la represión, que empezó Esquerra consiguiendo los indultos en 2021 y la reforma del Código Penal para eliminar la sedición en 2022 y se unió Junts en 2023, cuando pactaría la ley de amnistía.

Un dirigente independentista que lo ha vivido de primera mano interpreta que, de entrada, Sánchez no se lo cree, pero como "mejor actor de la política española" se acaba adaptando a las circunstancias. Es la ventaja de no ser un ortodoxo, que se confunde con el medio y puede pasar de prometer casi "traer a Puigdemont con los geos" a concederle la amnistía; o de tener de vicepresidente a Albert Rivera a ser un aliado de Arnaldo Otegi. Esta voz soberanista no lo considera un defecto, sino una virtud, ya que a través de esto ha conseguido mantener a su partido en el poder. "Con Pedro Sánchez no hay límites, todo es cuestión de la fuerza que tengas y de su terrible capacidad de adaptarse al momento", resume, mientras que un diputado del PSOE puntualiza: siendo cierto que es así, es "valiente" a la hora de tomar decisiones y, si las toma, va a muerte.

Es lo que pasó con los indultos. El 21 de junio de 2021, en un acto solemne en el Teatro del Liceo de Barcelona, anunció la medida de gracia para los presos políticos para abrir camino a la "reconciliación". Un alto dirigente socialista reconoce que esto costó digerir al PSOE: "Hubo un número razonable de discrepancias que no se tradujeron en un espacio crítico relevante contra Sánchez. Pero se entendía que nos debilitaba en el resto del Estado". Ahora bien, la apuesta empezó a ser aceptada a medida que se ve cómo el diálogo beneficia electoralmente al PSC en Cataluña y, a la vez, apuntala a Sánchez en la Moncloa: las victorias socialistas en el Principado tanto autonómicas como municipales (2021, 2023 y 2024) se convierten en la joya de la corona para el PSOE.

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A esta dependencia que tiene el socialismo español del catalán se le añade una sintonía absoluta entre los dos líderes: Sánchez e Illa, que da el paso como presidenciable del PSC por sorpresa y en sustitución de Miquel Iceta en las elecciones de febrero de 2021. Sánchez e Illa forjan su relación durante la pandemia, cuando el actual presidente de la Generalitat es ministro de Sanidad y se queda a vivir confinado en la Moncloa. Allí establecen un vínculo profesional y personal que todavía dura hoy, e Illa se convierte en uno de los escuderos más importantes para Pedro Sánchez: confía en su criterio y le escucha.

Es también durante la crisis del coronavirus que Sánchez se hace fuerte con las políticas de intervención del Estado. El sector público vuelve a estar de moda tras la crisis de la austeridad y el presidente español lo aprovecha a escala española para intervenir en sectores estratégicos de la economía, situando directivos afines para intentar resquebrajar el tradicional poder del PP en el Madrid DF. Porque para el sanchismo también es clave que haya centros de poder económicos fuera de la capital española que contrarresten la hegemonía del PP de la Comunidad de Madrid. "El sanchismo es una ambición de poder en evolución", resume un exministro.

Esta etapa es el punto de inflexión más importante del sanchismo. Es cuando el líder del PSOE pacta con Podemos y el independentismo vasco y catalán que se sale del carril establecido por la vieja guardia del PSOE –los Felipes, los Guerra...– para inaugurar un nuevo rock'n'roll: una izquierdización de los socialistas y una mayor sensibilidad hacia los nacionalismos periféricos. El PSOE va acompañando a Sánchez en esta metamorfosis –"no tiene equipo de trabajo, tiene seguidores", se queja un crítico–. Pero no solo: también la sociedad española en conjunto. Es interesante observar los datos. Desde que gobierna el presidente español, sobre todo a partir de 2020, ha aumentado con creces la población que se autoubica en la máxima posición de izquierda y en la máxima posición a la derecha, en detrimento del centro. Es decir, se ha producido un aumento de la polarización.

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Autoubicación ideológica según el CIS
Datos a final de año
CIS/Esther Utrilla

La carnicería y la reconciliación

Ahora bien, nada más empezar a caminar, el gobierno de coalición del PSOE y Podemos tiene que gestionar la crisis del coronavirus, que implica un desgaste diario a raíz del confinamiento, las muertes y la dureza de las decisiones económicas a tomar. Todo ello en contraste con una Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid que abandera el concepto de libertad –a costa de los 9.470 muertos en las residencias de la capital española– y arrasa en las elecciones autonómicas de mayo de 2021.

Es en este punto cuando Sánchez mata sin contemplaciones a su núcleo duro. En julio de 2021 quiere inaugurar una nueva fase de recuperación económica tras la pandemia, con los fondos europeos Next Generation, y necesita visualizar un revulsivo en la legislatura. Prescinde de la vicepresidenta, Carmen Calvo, hasta entonces su mano derecha en el partido y en el ejecutivo –posteriormente asumirá la presidencia del Consejo de Estado–; del ministro José Luis Ábalos, su hombre fuerte en todas las negociaciones; y también de su jefe de gabinete, Ivan Redondo, que más tarde ha revelado que tuvo una enfermedad en el corazón que le hizo imposible continuar.

En este momento se incorporan al sanchismo figuras provenientes del territorio como Raquel Sánchez, Isabel Rodríguez, Pilar Alegría..., con la voluntad de Pedro Sánchez de reconciliarse con su generación en el partido y culminar la pacificación del PSOE en el congreso de Valencia en octubre de 2021. Un cónclave donde reaparecen juntos Sánchez, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González –una imagen de unidad que acabará siendo un espejismo– y donde el presidente español recupera figuras con las que se había enfrentado como Óscar López, que sustituye a Redondo como jefe de gabinete de la Moncloa, y Antonio Hernando, que también se incorpora a Presidencia. Es la recuperación de un triunvirato, presente en los orígenes de Sánchez en el PSOE de Madrid, que había crecido alrededor del exministro Pepe Blanco, ahora tótem de las relaciones públicas en la capital del Estado.

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Ahora bien, también es en este momento que el líder del PSOE decide mantener a quien le ha acompañado en su travesía del desierto en el partido y que más tarde resultarán ser malas compañías. Ratifica a Santos Cerdán como secretario de organización del PSOE y recupera a Ábalos para ir en las listas de 2023, cuando de forma inesperada adelanta elecciones tras el batacazo de los socialistas en los comicios autonómicos y municipales. "Su fuerte no son los recursos humanos", ironiza un parlamentario.

El mandato más difícil de Pedro Sánchez

El 2023 es el mandato más difícil de Pedro Sánchez. La noche del 23 de julio se produce la carambola imposible y Sánchez vuelve a estar en disposición de gobernar. Es el gran trauma del PP, que ya ha defenestrado a Pablo Casado y ha apostado por Alberto Núñez Feijóo. Eso sí, a diferencia de la legislatura anterior, cuando la alianza era con las izquierdas soberanistas, ahora también necesita a Carles Puigdemont para mantenerse en la Moncloa. Hasta aquel momento, el expresidente de la Generalitat, exiliado, se había desentendido de la gobernabilidad del Estado porque no era imprescindible y, en campaña, incluso había asegurado que a Sánchez no le compraría "ni un coche de segunda mano". Pero, ¡ay!, se abrió una ventana de oportunidad para el pacto y Puigdemont tampoco la desaprovechó: el PSOE estaba dispuesto a ofrecer una cosa que hasta entonces había rechazado, la amnistía.

Sánchez sube la apuesta y pone en pie de guerra no solo a la derecha sino al Estado entero. "Hemos pagado un precio", asegura una fuente socialista, que cree que a menudo desde el independentismo no se ha valorado lo suficiente el esfuerzo que ha hecho el PSOE en la legislatura de la plurinacionalidad. "Siempre les he dicho lo mismo: los siguientes sois vosotros", replica un cargo independentista con interlocución fluida con los socialistas, ya que el PSOE creía que era inmune a la "persecución judicial" por ser un partido de Estado.

El problema de Pedro Sánchez es que en la última legislatura se han multiplicado los casos de presunta corrupción y ha quedado en entredicho el lema que le llevó a la Moncloa en 2018: la regeneración democrática después de la sentencia de la Gürtel del PP. "Ha sido muy doloroso", asegura un miembro de la dirección del PSOE, teniendo en cuenta, además, que en los primeros meses de Sánchez en el poder quiso ser ejemplificante: hizo dimitir a dos de los ministros nada más empezar por irregularidades en el currículum –Carmen Montón– y fraude a Hacienda –Màxim Huerta.

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Una anécdota irrelevante si se compara con la magnitud de los casos que afectan a figuras como Koldo García, Leire Díez o Santos Cerdán, así como con el impacto de las investigaciones abiertas en torno a David Sánchez, Begoña Gómez o el mismo José Luis Rodríguez Zapatero. La Moncloa los distingue: los Koldo, Cerdán y Díez cree que son malas prácticas aisladas; y el segundo paquete, que se trata de persecución para hacerle daño a él: su hermano, su mujer y su faro político. De hecho, el inicio de la investigación a Begoña Gómez, que acabará siendo juzgada por un jurado popular, le llevó a los cinco días de reflexión la primavera de 2024, donde decidió que, a pesar de la amenaza judicial, continuaba adelante.

Al margen de los casos de impacto personal, Zapatero se convierte en uno de los colaboradores políticos más estrechos de Sánchez. Gracias a él el sanchismo ha tenido continuidad: es la persona clave que en 2023 consigue convencer a Puigdemont para la investidura a cambio de la amnistía y también es quien hace de bombero en las crisis continuas con Junts los últimos tres años. Pese a ello, sin éxito, ya que finalmente han sido los juntaires los que con su no a la normativa de vivienda han abocado a Sánchez a convocar elecciones.

La traca final

De todos los casos de corrupción que han estallado, el que dejó más tocado a Sánchez fue el de Santos Cerdán. Hasta el último momento le negó todo y él confió en él hasta el final. "Cenaron todos juntos una semana antes del informe de la UCO en la Moncloa", relatan para ejemplificar que Sánchez se sintió engañado. En el PSOE mantienen que el presidente español no sabía nada y que el exsecretario de organización actuaba por libre como un poder omnipotente. Este es el relato oficial a partir del estallido del caso Cerdán en 2025 que convertirá la legislatura en un Dragon Khan hasta el final del mandato.

A la guerra de Ucrania, de 2022, y a la guerra de Gaza tras los ataques de Hamás en Israel el 7 de octubre de 2023, se suma la detención de Nicolás Maduro en Venezuela, la guerra de Irán, la confrontación con Donald Trump... y la política exterior pasa a ser el escenario preferido de Pedro Sánchez, potenciado por su jefe de gabinete en la Moncloa, Diego Rubio, que no viene del partido sino de la academia. Las relaciones internacionales se convierten en un terreno abonado para que Sánchez se convierta en un referente para la izquierda mundial, como demuestra la trascendencia más allá de fronteras españolas que el mundo da al 29-N.

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Después de la crisis de la entrada masiva de migrantes del 30 de julio, que el PSOE admite que cogió a contrapié a la Moncloa, hace escasamente dos semanas que se ha abierto una ventana de oportunidad que ni Sánchez ni Ferraz han querido desaprovechar: la movilización a favor del derecho a la vivienda. Un nuevo marco de debate público que ha llevado a Sánchez a disolver las Cortes y adelantar elecciones para intentar capitalizar el malestar y renovar la confianza en un gobierno de izquierdas. "El partido está entusiasmado", asegura un dirigente, que cree que la cuestión de la vivienda y el símbolo de lucha en el que se ha convertido Maricarmen Abascal ha generado un revulsivo en sus filas.

"Veremos a un Pedro Sánchez convertido en Mélenchon", augura un exministro en alusión al líder de la extrema izquierda francesa. Se agarra al discurso para justificarlo: "Necesitamos más apoyo para doblegar a las élites", dijo Sánchez el día que anunció la convocatoria electoral. Para este veterano dirigente socialista, supone un retorno a los orígenes del PSOE: a la camisa y los vaqueros, y a un discurso de lucha de clases adaptado por el populismo de Laclau bajo la dicotomía de los "de arriba" contra los "de abajo". Un nuevo relato que busca movilizar a los votantes jóvenes y arrancar a los mayores del sofá apelando a su época más revolucionaria de la universidad y a detener de nuevo a la derecha y a la extrema derecha.

¿Funcionará? En el PSOE admiten que es muy difícil, pero están convencidos de que Sánchez no tiene límites y que, aunque no gobierne, les puede asegurar una victoria contra todo pronóstico, comiéndose, si hace falta, a toda su izquierda. Para un dirigente cercano a la Moncloa, toda esta trayectoria demuestra que el gran estratega no es otro que el mismo Pedro Sánchez y que el sanchismo puede no haber llegado a su final, sino estar solo en plena transformación.