La vida política y las joyas de Zapatero

MadridEsta había de ser una “semana horribilis” para el PSOE –una más–, pero el hecho es que la ha aguantado bien. De momento, los socialistas demuestran que tienen una mala salud de hierro. Cuando quieren sentirse bien, empiezan a hablar de economía y de la buena marcha de los indicadores. Es su espejo preferido, ante el cual se ven favorecidos. Es como un resorte psicológico para situaciones de emergencia, por ejemplo en los debates en el Congreso. Se registra mucha agitación parlamentaria a su alrededor –sobre todo en el Senado, que es el paraíso del PP, donde tiene una mayoría holgada– pero los socialistas ni caen ni ponen la rodilla en tierra.

El gobierno y el PSOE saben que sus antiguos socios pueden crear dificultades de toda índole, pueden proponer votaciones para demostrar la debilidad del ejecutivo, pero no permitirán su caída, dado que la perspectiva de la llegada del PP coaligado con Vox les parece mucho peor. De hecho, tenemos un escenario lleno de contradicciones, que se mueve muy poco, pero que está en permanente ebullición, a golpe de sumario, de atestados de la Policía Nacional o la Guardia Civil y de decisiones judiciales. Desde hace tiempo, la agenda política no la marcan ni los partidos ni la práctica política; ahora está muy influida, e incluso condicionada, por el calendario de los tribunales y sus resoluciones.

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Y parece que pasaremos así unos cuantos meses más, quizás incluso un año entero, que al gobierno se le hará largo, pero también al PP, que pide elecciones cada día pero no consigue instalar en el país la seguridad de una gran expectativa de cambio, quizás porque no se ve inminente. El Madrid bienestante, el que gobierna el Ayuntamiento y la Comunidad, proclama la llegada del PP a la Moncloa cuando se pueda votar, pero al mismo tiempo se está produciendo una reacción concretada en iniciativas de signo progresista.

Los militantes socialistas

Ahora hay grupos de militantes y votantes tradicionales del PSOE que se resisten a rendirse, y se reúnen y recorren la ciudad como debían hacerlo los primeros cristianos en los tiempos de Nerón o de Diocleciano, dispuestos a resistir, movidos por su fe. Obviamente, en nuestros tiempos no hay nada similar a la represión ejercida por aquellos emperadores, pero sí el sentimiento de persecución injusta que propicia el victimismo entre estos afines y militantes. Están deprimidos, no hay duda, pero piensan que se deben rebelar.

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Incluso dentro de la M-30 –la gran vía de circunvalación de los barrios centrales de la capital– se nota el crecimiento lento y gradual de un clima favorable a la resistencia, un “no pasarán” como respuesta a la ofensiva de la derecha. Seguramente esto pasa porque las encuestas recogen los efectos de la suma de procedimientos judiciales contra dirigentes socialistas, de los cuales las joyas encontradas en la caja fuerte de Zapatero se han convertido en una especie de símbolo y hecho esencial. Para no pocos militantes socialistas, la aparición de estas pulseras y collares —algunos bien relucientes, ciertamente— ha supuesto una gran contrariedad, un hecho incomprensible y sobre todo inasumible e injustificable.

La verdad es que el peso de este asunto en el conjunto del procedimiento judicial iniciado contra el expresidente del gobierno y sus dos hijas puede llegar a tener poca relevancia. Pero el relato del registro policial en que se encontraron las joyas y la falta de una explicación rápida sobre su procedencia, explica que hayan tenido un efecto tan traumático. Incluso el magistrado encargado del caso, José Luis Calama, preguntó por “las dichosas joyas” en el interrogatorio al expresidente. Y él dijo que no quería hablar de este asunto. Lo hizo claramente asesorado por su abogado, Víctor Moreno Catena, porque en aquel momento no podía dar una explicación razonable. La defensa, de hecho, había pedido un aplazamiento de la declaración sobre esta parte del caso. Pero un silencio de esta índole es de los que hacen daño, no ya porque deba incrementar la impresión de una voluntad de ocultación o de un origen inconfesable de las joyas, sino porque contradice los valores que el expresidente socialista ha defendido y proclamado durante toda su trayectoria.

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La coherencia entre ideas y costumbres

No hace falta decir que todo el mundo, sea de izquierdas o de derechas, puede tener gusto por esta clase de posesiones, pero de lo que no se puede prescindir es de la coherencia entre las ideas que se predican y las costumbres que se adoptan, si se quiere mantener la credibilidad. Por otra parte, desde un punto de vista ético sí que es exigible que quien tenga joyas de esta clase sea capaz de explicar sin dilaciones, en el curso de una investigación judicial, cómo llegaron a engordar su patrimonio. Y, en este caso, hubo incluso una resistencia inicial a abrir la caja fuerte del despacho oficial del expresidente, con el argumento de que no se disponía de las llaves en aquel momento.

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Al final, la cuestión de estas joyas puede tener diversas vías de salida –la prueba documental sobre la procedencia, la demostración de la legítima adquisición o la entrega al patrimonio del Estado, si se obtuvieron como regalo cuando era presidente del gobierno–, pero el efecto grave para Zapatero es la pérdida de reputación personal y como dirigente de la izquierda. Desde el punto de vista judicial fue más peligrosa la idea de involucrar a sus dos hijas en actividades que ahora se investigan como constitutivas de un conjunto de delitos económicos.

Sánchez, por su parte, sigue diciendo que no tiene ninguna intención de convocar elecciones generales, insiste en su confianza y empatía con el expresidente Zapatero, defiende su presunción de inocencia, e incluso tiene mejor cara que hace unos meses, cuando se intensificaron los dolores de cabeza de procedencia judicial. El único matiz aparecido los últimos días es la referencia a la posibilidad de convocar elecciones si no consigue aprobar los próximos presupuestos del Estado.

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Presentarlos tendrá una finalidad propagandística. La ventaja de ir primero a las generales beneficiaría a los líderes territoriales. Lo piden alcaldes y dirigentes autonómicos. Si las generales son antes, serán el PSOE y Sánchez quienes corran el riesgo de recibir el presumible voto de castigo. El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, lo pide hace un par de años. Pero no es el único. Lo veremos en el comité federal del PSOE del próximo día 27, donde en cualquier caso no habrá ningún descalabro.