Abusos a menores

Doce años para que tu agresor entre en prisión

La Sakura sufrió abusos cuando era pequeña, y la condena se redujo a más de la mitad del tiempo por las dilaciones indebidas durante la instrucción del caso

13/07/2026

BarcelonaSakura irradia vitalidad. También madurez a pesar de sus 26 años. Habla con pasión. Y es valiente. Pero no siempre ha sido así. Durante mucho tiempo vivió con miedo, culpa y vergüenza. Y sobre todo dolor. A Sakura le robaron la infancia y la adolescencia. De los 9 a los 13 años sufrió agresiones sexuales de un chico cinco años mayor que ella; hasta que en julio de 2014, cuando tenía 14 años, lo denunció: su agresor entró en prisión doce años más tarde, con la pena reducida a menos de la mitad porque el proceso judicial se había alargado demasiado.

La noche de San Juan de 2013 fue la última vez. Él la pegó y la agredió sexualmente. Tal como había hecho durante cuatro años. En la casa del pueblo, en Gallifa, en el Vallès Occidental, pero también en la casa de los padres de ella, en Barcelona. Erik tenía un control absoluto sobre aquella niña. La manipulaba. La humillaba. La aislaba. La chica alegre y buena estudiante, que debía entrar en el Conservatorio de Danza del Institut del Teatre, desapareció. Se convirtió en una niña hipersexualizada y autodestructiva. Los padres la llevaron al Hospital Clínic y desde el primer momento el diagnóstico fue claro: Sakura presentaba síntomas de abuso sexual continuado. Incluso malpensaron del padre, de Joan, porque ella no explicaba nada. Lo ocultaba. Cuando Erik la hería, decía que se había caído con la bicicleta. Sakura no quería traicionarle. Le protegía. En parte, porque no entendía el significado de lo que le hacía.

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Dilaciones y error aritmético

En diciembre de 2015 Erik fue condenado por conformidad por un juzgado de menores de Barcelona. Por las agresiones que había cometido mientras él también era menor. El juzgado de instrucción número 1 de Sabadell instruyó la segunda causa, la que concernía los hechos de cuando él ya era mayor de edad. El juicio no se celebró hasta febrero de 2025, y la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona concluyó que había habido una relación de "dominación" y unas agresiones que habían provocado estrés postraumático, ansiedad, actitudes autolíticas y trastornos alimentarios a la chica. Fiscalía y acusación particular habían solicitado quince años de prisión, pero el tribunal aplicó un "atenuante muy cualificado por dilaciones indebidas" y rebajó dos grados la condena: la sentencia fue de cinco años de prisión porque había habido una "forma de proceder desajustada a lo que exige una correcta instrucción". Además, el tribunal se equivocó: un "error aritmético en la determinación de la pena aplicable" que corrigió la misma sección sexta de la Audiencia Provincial. Finalmente la condena fue de seis años y tres meses de prisión, además de siete años de libertad vigilada una vez saliera del centro penitenciario, una indemnización y el pago de la terapia que durante más de una década tuvo que hacer Sakura.

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Un procedimiento como este se puede alargar "cinco o seis años", explica la abogada de la chica, Sònia Ricondo, "pero no once años". "Además, no había complejidad probatoria, era un caso habitual. La instrucción ha fallado", relata la abogada del despacho Nèmesi, que lamenta los cambios constantes de jueces –"una persona nueva cada tres meses"– y que la causa estuviera guardada "en un cajón" durante tanto tiempo. "Ha afectado a todas las esferas de su vida. Para ella ha sido una condena provisional hasta el juicio", añade. La violación, pero también el dilatado proceso judicial, impactó en toda la familia: la madre, el padre y los dos hermanos. "Tuve una depresión, durante meses pensé que me moría", confiesa Joan.

"¿Cómo puedo superar un trauma si durante doce años me lo recuerdan constantemente?", se pregunta Sakura cuando habla del procedimiento judicial que le ha tocado vivir. La incertidumbre de saber cuándo sería el siguiente paso la angustiaba. También las novedades. Cada vez que el proceso avanzaba, ella se deshacía: la fiesta, el alcohol y las drogas eran su refugio para evadirse. Así durante prácticamente una década. No podía sanar. Cada vez que le hacían explicar lo que había pasado se hacía "real". Las agresiones y las vejaciones volvían. Nunca se sintió escuchada. No tenía el control de lo que quería transmitir. "Me sentía desprotegida", confiesa. "Cuando una víctima quiere hablar, no la cortes, porque después quizá no querrá explicártelo", dice sobre las vivencias ante la justicia cuando era pequeña.

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Se sacó la ESO en un centro de menores en Valldaura, donde estuvo cerca de tres años, alternando la estancia allí con las visitas al hospital. La infancia y la adolescencia truncadas. "No me podían pedir que estudiara, porque no retenía nada", admite, y recuerda la oportunidad perdida de hacer carrera en el mundo de la danza. Empezó a medicarse a los 9 años, cuando comenzaron las vejaciones y los abusos. Y al final los diazepams ya no hacían el efecto buscado. Hasta que a los 18 años dijo basta, porque dependía totalmente de la medicación.

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Cuando Sakura era pequeña, Erik representaba el amor "imposible". El chico popular cinco años mayor que ella. Al ser un pueblo pequeño, los niños de diferentes generaciones compartían espacio y juegos, y él acabó haciéndole caso. Y se aprovechó poco a poco hasta vejarla y agredirla, física y sexualmente. La manipulaba hasta el punto de que Sakura robaba dinero a sus padres para dárselo a él. Y cuando comenzaron los primeros ingresos en el hospital, Erik la visitaba para seguir teniéndola cautiva. "Me decía que era el único que me aceptaba, el único que me quería, que no hiciera caso a mi familia", explica ella.

Cuando la orden de alejamiento de la primera sentencia se acabó, aumentó el miedo. Sakura se encerró en casa; salir a la calle le daba pánico. Sufría ansiedad cuando tenía que salir de su zona de confort. Evitaba según qué zonas de la ciudad para no encontrárselo. De hecho, no ha vuelto a pisar casa de sus padres, porque las agresiones se habían producido también allí. Y el pueblo se acabó. Solo ha vuelto esporádicamente para "sanar" la herida: "Era un lugar donde me lo pasaba bien, era mi infancia. Fui para perdonarme y perdonar al pueblo".

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Porque el pueblo la abandonó desde el principio. Después de la denuncia –que inició el Clínic aplicando el protocolo–, Erik fue detenido. Mientras estaba en el calabozo, Joan se reunió con los padres del chico para intentar que el tema no se extendiera y que hubiera una disculpa con su hija. No obtuvo lo que buscaba. Al contrario. Erik era popular y tenía influencia sobre muchos jóvenes. "Me quedé sola, muchos amigos me dieron la espalda", relata ella. Sakura tuvo que renunciar al lugar donde había soñado, donde había jugado. A las fiestas de Navidad en familia. A su infancia.

Una década perdida

Durante muchos años, y aunque con lentitud, el proceso avanzaba, pero Sakura lo seguía sin convencimiento. Temblaba cuando pensaba que podía encontrarse a Erik cualquier día por la calle. Hasta que pasó. El chico fue al restaurante que ella solía frecuentar en el centro de Barcelona. "Erik era mi gran miedo. Enfrentarme a él, ver que ya no tenía poder ni control sobre mí, fue terapéutico. Fue el día más sanador", dice.

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En 2024 por fin pudo tomar conciencia de todo ello. Quiso hacer una ampliación de la denuncia, con todo lo que había ido surgiendo en las dos sesiones de terapia semanales que había hecho durante años, pero no se vio con fuerzas, ya que significaba volver a empezar el proceso judicial. Contador a cero. Una década perdida.

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"El día del juicio me guardé cosas para mí, era mi intimidad, mi dolor. Pensaba que habría un tercer juicio cuando estuviera preparada del todo. Esto no se lo perdonaré", sentencia con firmeza. La justicia le ha fallado. Como también le falló con las dilaciones indebidas que alargaron el proceso y beneficiaron al agresor. "¿Qué culpa tengo yo? Le ha beneficiado a él", lamenta sobre la reducción de la pena.

El día que su agresor entró en prisión, casi trece años después de aquella noche de San Juan, el sentimiento de culpa volvió: el hombre que se convertía en preso tenía un hijo. Pero, poco a poco, los sentimientos se fueron colocando en su sitio. "Ahora siento mucha paz. Estoy bien, he sobrevivido, aunque estaré traumatizada toda la vida", explica, y recuerda que durante muchos años "todo el mundo" la miraba "con pena". Eso forma parte del pasado. "En la vida te pasan cosas malas. Ahora no quiero compasión, no quiero que me vean como una víctima", pide con convicción.

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Una paz que le ha permitido explicar su historia. Ahora puede hablar del Erik sin miedo. Y es consciente de que tiene una situación "privilegiada" porque su entorno la ayuda y la sostiene. No todas las víctimas pueden ni deben hacer lo mismo. Cada proceso es diferente. Pero Sakura quiere que su historia ayude a otros niños y niñas. "Por eso doy la cara. No me tengo que avergonzar. No he hecho nada mal", dice liberada, y recuerda que si "alguna niña" ha sufrido abusos debe saber que "no es culpa suya".

Investigación

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