CRÓNICA

Regreso a Artana: ceniza en las casas y abrazos en las calles

El incendio de la sierra de Espadà, todavía activo, deja un panorama desolador

Vista de la Umbría, en la sierra de Espadán, desde la población de Artana.
CRÓNICA
01/08/2026 - 21:11 h.
4 min

ArtanaSon las tres y acabamos de hacer la paella con mi padre en Burriana. Con Sara nos miramos y decidimos que ha llegado el momento, esperado y temido a la vez, de enfilar hacia Artana y ver con los propios ojos cómo está nuestra casa y cómo de quemado está el entorno. Artana ha sido, junto con Eslida, el pueblo de la sierra de Espadán que ha sufrido una evacuación más larga: una semana, de sábado al mediodía a viernes por la noche. Hoy es sábado y pensamos que la mayoría de habitantes ya habrán vuelto. Aunque el principio del incendio nos cogió fuera, hemos estado toda la semana hablando con amigos y vecinos, y por eso sabemos que las casas están bien. Pero nos da miedo lo que nos encontraremos. Una cosa es verlo por la tele y otra por ti mismo.

Y en efecto, la televisión no capta ni un 10% del efecto sensorial de un paisaje quemado. Para empezar, te falta el olor a quemado, que lo impregna todo, y te falta tanto la perspectiva en 360 grados como el detalle de los árboles quemados vistos de cerca y la ceniza acumulada en el suelo. Este es el escenario que nos recibe a la entrada de la carretera CV-223. A pesar del tópico, la palabra que mejor lo describe es desolador. Y entonces recuerdas las historias de los vecinos que cuando intentaban llegar a la autovía la Guardia Civil les hizo dar marcha atrás porque las llamas estaban cerca de la carretera. ¡Y tan cerca de la carretera! Desde el coche casi puedes tocar algunos olivos, si no milenarios, seguro que centenarios, que han quedado reducidos a una carcasa negra.

La carretera que lleva a Artana desde la CV-10.

Cuando llegamos al pueblo no se ve a nadie por las calles, seguramente a causa de los 33 grados que marca el termómetro del coche. Aparcamos delante de casa y antes de nada voy a ver cómo está todo. Por suerte, solo tengo el patio lleno de ceniza y la casa huele a humo, pero nada más. Todo lo demás está en orden. En la calle nos encontramos entonces a nuestra vecina Rosa, una auténtica superviviente por la que los médicos no han dado ni un duro en más de una ocasión, pero ella vive para contradecir los diagnósticos. Nos explica que lo pasó muy mal durante la evacuación porque a sus hijos ya no les dejaron entrar al pueblo a buscarla y ella sufría por la casa. Es difícil ponerse en el lugar de una mujer mayor con problemas de movilidad que ve a los vecinos de la calle marcharse mientras ella tiene que esperar una ambulancia. Al final todo fue bien y Rosa pudo encontrarse con sus hijos en Nules.

Acogidos en segundas residencias

En el breve camino que hago por el pueblo para aparcar el coche veo diversos grupos que charlan y se abrazan. El Ximo me ve pasar y me hace el signo de OK con la mano desde lejos mientras grita: "¿Todo bien?". Le respondo que sí y que nos veremos enseguida. Me explica que él decidió pasar estos días en un hotel de un conocido. "No han sido unas vacaciones porque estábamos preocupados, pero hemos estado de maravilla y la gente del hotel se ha portado estupendamente", me dice. Él no es el único que ha optado por esta opción, pero la mayoría de nuestros conocidos han sido acogidos en casas de amigos o segundas residencias vacías. Hay que tener en cuenta que en Castellón es muy típico tener una segunda residencia, que puede ser desde un apartamento en la playa hasta una modesta alquería de campo, muy cerca de la primera, de manera que hay mucha disponibilidad de vivienda en situaciones de emergencia como esta.

Vista de la sierra de Espadán desde Artana después del incendio.

También me encuentro con Esteban Soriano, del cual somos seguidores en Instagram y estos días estábamos enganchados a sus vídeos en los que explicaba la situación del pueblo y, en especial, de sus gallinas. Esta es una realidad del pueblo que estos días ha emergido con fuerza. Nuestros vecinos Blai y Vicent, por ejemplo, tienen perros de caza en casa, y tuvieron que buscar un lugar en el campo donde llevárselos. Otros cazadores como José Antonio o Vicente tenían que pedir permiso a la Guardia Civil para poder ir a llevarles comida, y no siempre lo obtenían.

De vuelta a casa, llega la hora de la limpieza. Entre la escoba y la aspiradora me decanto por la segunda opción, pero pronto queda obstruida. La manguera de agua es la mejor solución. Mientras estoy rociando, oigo pasar los helicópteros por encima de mí y entonces soy consciente de que el incendio no está todavía extinguido. También soy consciente de que no he subido a la terraza de arriba a ver el panorama. No tengo ganas ninguna, pero sé que no puedo demorarlo más. El impacto es brutal. Simplemente, ya no hay bosque, solo una masa negra, gris y marrón. Hago las fotos de rigor y pienso en toda la gente a la que tengo que llamar todavía. Entre ellas, a aquella familia de Eslida que hacían unos quesos de cabra buenísimos y tenían la granja en medio de la montaña. Se llaman La Caseta d'Espadà. ¿Se habrán salvado?

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