Emergencia social

Vivir en una antigua tienda para evitar la calle: "Sólo que el niño tenga estudios, nosotros ya hemos ganado"

La pobreza y la falta de vivienda alimentan los abusos hacia los más vulnerables, con 'compras' de llaves por 2.000 euros

Sant Adrià de BesòsAntes de encontrar este local reconvertido en una sencilla vivienda en Sant Adrià de Besòs, Carlos Arturo Morillo y Lilian Rosibel Flores les habían "engañado" en Esplugues de Llobregat. Un hombre les había prometido trabajo y un lugar para vivir, y la desesperación por prosperar les hizo aceptar la oferta sin pensar si podría ser, como finalmente fue, una estafa. "Nos lo robó todo. No nos pagaba lo que nos había prometido y nos vimos asomados a la calle", comenta Morillo, sentado en el sofá de los bajos sin perder de vista la entrada de la puerta por si la abundante lluvia que cae acaba entrando dentro de casa.

La pareja boliviana tiene un hijo de 9 años, y representa la cara de la pobreza en Cataluña: familia migrante con hijos. Como tantas familias latinas migrantes, la mujer llegó primero, y enseguida encontró trabajo cuidando a personas mayores. Era enero del 2022, y seis meses después se unió el padre –con la criatura– después de haber vendido las propiedades y el coche para "invertirlo todo" en poder iniciar una nueva vida en Catalunya. Éste era el segundo intento de migrar de Morillo. Veinte años atrás lo había probado con el temido tren conocido como la Bestia para atravesar México en dirección a Estados Unidos, pero en Houston la policía de frontera le expulsó. "Todos los sueños se esfumaron en un solo segundo", lamenta.

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En su caso, explican, la motivación para emigrar hacia Catalunya no fue tanto la pobreza, porque los sueldos de enfermera y de panadero les permitían salir adelante. El problema es la "inseguridad", relatan en referencia a las violencias de las bandas, que "hacen imposible una vida tranquila", una situación común en toda la región de Centroamérica.

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El cabezazo del 2022 fue una forma de huir, y también respondía al deseo de que su hijo, que en ese momento tenía 4 años, tuviera oportunidades de prosperar. El menor acude a la escuela y juega al fútbol en un club infantil, una vía para formarse y tener a la vez una vía de escape de la dureza de la situación familiar. "Sólo que el niño tenga estudios, nosotros ya hemos ganado", dice Morillo, orgulloso de que la criatura domine el catalán e intente enseñar a sus padres.

Con contrato de alquiler

El local donde viven es una antigua bodega, justo en el límite de Sant Adrià con Barcelona. El matrimonio fue a parar primero ocupándolo cuando era un lugar sucio, inhabitable. Pero sin trabajo estable y con los ahorros invertidos en el viaje –"Emigrar es caro", apunta Flores–, carecían de alternativa. Compartían espacio con otras personas hasta que llegó la propuesta de Esplugues. Y acabaron volviendo en busca de refugio, pero supieron convencer a la propietaria del local para que se alquilara. Querían evitar problemas, sobre todo por el hijo, al que quieren dar una estabilidad física y emocional.

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Pagan 650 euros mensuales en un alquiler formal y legal, y tienen cédula de habitabilidad. Llegar a fin de mes para una familia sin permiso de residencia y con trabajos esporádicos e intermitentes es "difícil", pero la pareja lo suple con "voluntad de mejorar" y de integrarse. Y con sacrificio. La prioridad es pagar la vivienda, porque son conscientes de que las cuatro paredes son el centro, así que el dinero que ingresan lo destina a cubrir gastos muy básicos, y también cuenta con la ayuda de alimentos de entidades sociales. Sin familiares en Catalunya, valoran el apoyo que reciben de familias de la escuela del hijo o vecinos cercanos. Gracias a estos vínculos han amueblado el local: que si una mesa, que si una cama, que si una tele vieja... Ellos sacaron todos los trastos viejos del local y lo limpiaron y pintaron, hasta dejar un espacio bastante agradable.

La pista de las cortinas

Pese a la limpieza y las cuatro paredes que salvan de la intemperie, la vida en un antiguo local comercial que no está adaptado es hoy en día el nuevo rostro del sinhogarismo o del chabolismo, revela David Espinós, director de Amigos del Cuarto Mundo. Esta pequeña entidad lleva 25 años dedicada a acompañar residentes de naves y asentamientos informales de Barcelona, ​​y desde hace pocos años también atiende a quienes ocupan plantas bajas. La presión urbanística en zonas como Poblenou de Barcelona, ​​el endurecimiento de las normativas municipales o la caída del negocio de la chatarra han vaciado los asentamientos y muchos de sus ocupantes se han reubicado en antiguas tiendas cerradas. "Aquí pasan más desapercibidos a los ojos de los vecinos, ya menudo nosotros los detectamos por las cortinas que cuelgan", explica Espinós.

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Periódicamente la entidad hace "prospecciones" por barrios como la Pau o la Verneda, y en una de ellas conoció al matrimonio boliviano. "Su caso es poco habitual, porque han logrado tener un hogar, pero los locales normalmente no son sitios seguros, hay muchas humedades, cables pelados, y no hay agua ni luz", explica el activista.

Ante la falta de oferta de pisos asequibles, los locales reconvertidos en viviendas (a escondidas o regularizados) han proliferado por buena parte de la geografía metropolitana, aunque no siempre es fácil conseguir el permiso oficial. Además, el mercado de bajos no está exento de estafas y abusos, como la compra irregular de llaves por 2.000 euros o alquileres cobrados en B que hacen de estos espacios el reino de la inseguridad. A menudo, la última oportunidad de los más vulnerables como los migrantes en situación irregular.