La Girona de los contrastes: de un 9 a un 50% de vecinos extranjeros a pocos minutos a pie
La proporción de ciudadanos nacidos fuera del Estado cambia drásticamente de Montilivi a Santa Eugenia
GironaGirona es una ciudad mediana de poco más de 100.000 habitantes. En pocos kilómetros a la redonda, se concentra un paisaje urbano diverso y lleno de contrastes, con muy poca distancia física entre los barrios bienestantes y los más humildes. Tal como constatan los datos del Censo Anual de Población del Instituto Nacional de Estadística (INE), analizadas por el ARA,el distrito 2, que incluye Montilivi y parte de Palau, tiene alrededor de un 9% de población nacida en el extranjero, mientras que, a esta misma altura, pero en la banda suroeste de la ciudad, en Santa Eugenia, esta proporción supera el 50%.
Montilivi y Palau son barrios levantados en una colina a la orilla del Onyar, básicamente residenciales. Subiendo por la avenida de Montilivi, todo son casas más o menos uniformes, unifamiliares, con puerta de entrada, garaje y patio detrás. Más arriba, está el instituto, el estadio del Girona y las facultades de Ciencias, Económicas y Derecho de la Universidad de Girona. Detrás de estos edificios, las casas que quedan ocultas son cada vez más grandes y nobles, de arquitectura moderna y con grandes patios. Todas con alarma y cámaras de vigilancia. Por aquí viven algunos jugadores del Girona FC. Más en las afueras, cerca de la carretera, hay colegios privados como Montessori y el St. George’s School.
"En las aulas del instituto público se percibe que es un barrio bienestante. Es una realidad absolutamente diferente de otros barrios. La ratio de inmigración es mucho más baja en la ESO y en el bachillerato", explica un docente del centro. En cambio, en los ciclos formativos sí que hay mucha más diversidad de origen y de clase social, ya que los alumnos no son exclusivamente del barrio sino que vienen de todas partes de la ciudad y la comarca a hacer una formación de especialidad.
Por las calles de Montilivi, fuera de los días de partido y del entorno de la universidad o el instituto en las horas lectivas, hay poco movimiento. No es un barrio con muchas tiendas ni bares, pero sí con todos los servicios básicos. Durante el día, algunos vecinos pasean al perro por las zonas ajardinadas y otros aprovechan para hacer deporte, ya que hay subidas y bajadas, tiene cerca entornos naturales y pasan pocos coches. "La situación es esencialmente tranquila, sin grandes incidencias. En los años 80 sí que tuvimos que hacer grandes reivindicaciones para conseguir servicios y carreteras asfaltadas, en Montilivi, pero ahora nos dedicamos sobre todo a hacer actividades sociales como el grupo de teatro, habaneras y coral", explica Ramon Ternero, presidente de la asociación de vecinos.
El polo asociativo de Santa Eugenia
El barrio de Santa Eugenia es todo lo contrario. Hay mucho más bullicio y movimiento en la calle a todas horas. Hace más de sesenta años era un municipio independiente separado de Girona. Ahora es un barrio de los más densos y con una diversidad cultural evidente a simple vista. A cada dos o tres portales hay restaurantes de kebab, salones de uñas, tiendas 24 h, restaurantes latinos, teterías marroquíes, cocina india, locales asiáticos… No hay casas unifamiliares: todo son bloques de pisos, algunos de alquiler social. Y en las plazas, como la del Barco o la de Núria Terés, siempre hay niños jugando al fútbol, grupos de jóvenes en los bancos y jubilados jugando a petanca.
Al este, el barrio limita con el Eixample y con la zona de la Devesa, más céntrica y, al oeste, hace de bisagra con la población multiétnica de Salt. Y al sur, se disuelve hacia Can Gibert del Pla, también un barrio humilde, donde el Ayuntamiento ha anunciado nuevos solares para vivienda social y prevé una gran transformación con el futuro Campus de la Salut Josep Trueta.
Santa Eugènia también es uno de los barrios más asociativos de Cataluña. Hay más de cuarenta entidades, dinamizadas por asociaciones de todas las nacionalidades y diásporas que alimentan el chup-chup popular y contribuyen inequívocamente a la inmersión y la convivencia. Muchas se agrupan y se organizan alrededor del Ateneu Eugenienc, donde cada tarde hay actividades, reuniones y talleres. "A nosotros no nos gusta la palabra inmigración. Nosotros hablamos de ciudadanos gerundenses. Y punto. No se debe separar entre guineanos, senegaleses, chinos o musulmanes", explica Ramon Macaya, presidente de la junta del Ateneu. Y añade: "El objetivo no es que la entidad de cada comunidad haga su actividad y se vaya, sino que colaboren. Ahora, por ejemplo, hemos empezado una extraescolar en la escuela Montfalgars de inmersión en la cultura popular, y en la colla gegantera ya tenemos una niña y un portador senegaleses". Más allá de este polo asociativo, en el barrio está el centro cívico Can Ninetes, el espacio de creación musical La Marfà, la biblioteca Salvador Allende y la asociación de vecinos, que también organizan muchas actividades.
Entre los vecinos de Santa Eugènia, sin embargo, también hay preocupación por la seguridad. O al menos por la percepción de inseguridad. Por eso hace unos meses el Ayuntamiento de Girona inauguró la comisaría de Can Burrassó, con presencia de Mossos d'Esquadra, para atender las necesidades del barrio y reforzar la vigilancia policial, lo que da tranquilidad a los vecinos de los alrededores. "Aquí no hay más delincuencia que en otros barrios, pero, como a veces se olvidan de nosotros, queríamos una comisaría cerca como en los otros lugares", reconoce Saïd, un joven marroquí que está sentado delante de la jefatura policial.
La isla del Barrio Viejo
Más allá del contraste entre Montilivi y Santa Eugènia hay una zona del centro de Girona en la que el porcentaje de ciudadanos nacidos fuera del Estado es el más alto del municipio. Son unas calles del Barri Vell gerundense donde la proporción se eleva hasta el 57%. No es por los expats amantes de las bicicletas que vienen a la ciudad, que llenan el centro de cafeterías de especialidad, locales de brunch con carteles en inglés y pisos turísticos —tal como han denunciado muchos vecinos y entidades—, ya que la mayoría hacen estancias cortas y no figuran en el censo. La estadística se dispara sobre todo por La Sopa, el centro municipal de acogida situado detrás de la catedral, donde el Ayuntamiento tiene empadronadas más de 600 personas, aunque no vivan allí. La mayoría son de origen africano y es la manera de poderles dar cobertura de los servicios básicos en un trámite administrativo temporal hasta que encuentran una solución.