Inmigración

Retrato de la Girona hondureña, la primera comunidad extranjera en la ciudad

Un estudio de la UdG revela que está formada sobre todo por mujeres y jóvenes con fragilidad económica

GironaJulia Aceituno pisó por primera vez Girona en 1990. Se había criado en Talanga, una pequeña ciudad de 40.000 habitantes a una hora de la capital de Honduras, Tegucigalpa, y entonces tenía 36 años y tres hijos. "Vine de vacaciones durante la época de Felipe González", recuerda. En aquel momento en Girona solo había nueve compatriotas suyos: "¡Nos conocíamos todos!". Treinta y seis años después, solo en el área urbana de Girona se estima que hay unas 20.000 personas de origen hondureño, y en el conjunto de la demarcación 40.000.

En Girona ciudad son la primera comunidad extranjera, por encima de la marroquí, y representan casi un cuarto de la población de fuera del Estado, establecidos básicamente en dos barrios, Can Gibert del Pla y Santa Eugènia, donde los vecinos nacidos fuera de España representan un 45% y un 50% del total, respectivamente. Hace diez años Girona ya se denominaba la pequeña Talanga, pero con la apertura desde el 2024 de un viceconsulado y vista la estimación de números, se trata de una comunidad casi tan grande como la de la misma ciudad hondureña.

Aceituno fue una de las pioneras. Antes de marcharse de retorno a casa, una compañera le sugirió que se quedara porque el gobierno de Felipe González había impulsado una regularización. Así obtuvo los papeles y, uno por uno, fueron aterrizando sus hijos. Ahora, una de sus nietas estudia arquitectura en la UdG. Como la suya, durante décadas y con cuatro oleadas migratorias, irían llegando más familias. Primero, sobre todo, mujeres. Después los hijos y, finalmente, maridos, abuelas y primos. Ahora, un estudio de la UdG retrata por primera vez de manera cualitativa el perfil de la comunidad hondureña residente en el área urbana a partir de 322 encuestas, una veintena de entrevistas en profundidad, trabajo etnográfico y investigación documental.

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Elaborado por el Grupo de Investigación en Ciencia Política y financiado por el Instituto Catalán Internacional por la Paz (ICIP), el estudio revela un perfil muy similar al de Aceituno cuando aterrizó en Girona en los años 90. La comunidad está formada mayoritariamente por mujeres (77%), con unos 34 años de edad de media, y en dos de cada tres casos solteras. Casi el 20% de los encuestados se dedican a la limpieza y el trabajo doméstico, a pesar de que un 59% señalan que tienen estudios secundarios. Y dos de cada tres admiten que no pueden hacer frente a un gasto sobrevenido por encima de más de 800 euros. Es decir, es una comunidad que vive sobre todo al día, eminentemente joven y con fragilidad económica.

Cuando el viceconsulado de Honduras en Girona abrió en 2024 había 7.383 empadronados en la ciudad, que representaban el 23,12% del total de población extranjera. En el conjunto de la demarcación había contabilizados 18.525 hondureños, una cifra que ya duplicaban teniendo en cuenta los que no estaban empadronados o tenían doble nacionalidad. El estudio de la UdG también retrata una situación similar: un 22% de los encuestados no tienen documentación, un 20% solo permiso de residencia y un 58% la nacionalidad.

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Mujeres que tiran de la familia

En la encuesta han trabajado dos estudiantes de la UdG con raíces hondureñas. Luis Sarmiento, graduado en ciencia política, conocía de primera mano la historia de superación de su madre, que vino a Girona en 2006 y lo dejó en Honduras con 3 años. "Esto ha marcado quién soy", explicó durante la presentación del estudio en el Ateneu Eugenienc del barrio de Santa Eugènia. Pero Sarmiento no era consciente de que este "patrón" se repetía, "con muchas historias similares de admiración femenina". "Este estudio me ha ayudado mucho personalmente a conocer mis raíces", reflexionaba por su parte Naomi Martín, graduada en derecho y máster de abogacía. "A todos nos une lo mismo: salir del país para dar un futuro a la familia", añadía.

La presentación de las conclusiones del estudio se convirtió en un espacio de reflexión y debate a través de dinámicas participativas entre la comunidad hondureña. Y la jornada se cerró con un concierto de la Marchingband Girona y una muestra de gastronomía hondureña. En la última década han proliferado los restaurantes y supermercados especializados, sobre todo en los barrios de Santa Eugènia y Can Gibert. Uno de ellos es Dinastía, junto al río Güell, que se ha convertido también en un punto de envío y encuentro. Detrás está María Romero, también natural de Talanga, que vino con 24 años –la media de edad de las jóvenes que llegan a Girona– y ha continuado el negocio familiar. "Considero que hacer comunidad y unirnos es muy importante, pero creo que los hondureños tenemos mucho ego y nos cuesta", señala.

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Dinastía son los patrocinadores de Marchingband Girona, una banda marcial con instrumentos de orquesta y también carillones que desfila en encuentros y también actos de cultura popular. Está formada sobre todo por jóvenes en la etapa de la ESO, muchos de origen hondureño, pero también colombianos y de otras nacionalidades de América Latina. El encuentro sirvió para que también expusieran sus inquietudes. Se trata de lo que se llama la generación y media: nacidos en Honduras pero que han venido a Cataluña de muy pequeños. En el estudio, representan un 24% de los encuestados y tienen al frente madres que han sacado adelante la economía familiar durante muchos años con ellos a distancia.

Dificultades económicas

A pesar del flujo migratorio constante durante más de tres décadas, la precariedad económica y laboral sigue marcando a la comunidad. El estudio pone el foco en los retos y retrata que uno de cada cinco hondureños tiene como mínimo dos trabajos para poder sufragar no solo los gastos en Girona, sino también al otro lado del Atlántico. Y es que casi la mitad envían dinero de forma constante al país de origen y solo un 14% tienen una vivienda en propiedad (la mayoría viven en pisos de alquiler o habitaciones alquiladas).

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En cuanto al mercado laboral, una muestra del trabajo femenino es que un 19% se dedican a la limpieza y el trabajo doméstico. Pero a la vez un 13% son estudiantes, lo que denota la juventud del perfil de los encuestados. "Mientras las mujeres se dedican más a los trabajos domésticos, los hombres trabajan en la construcción y en la conducción", detalla Anaïs Varo, profesora de la UdG y parte del equipo de investigación.

Aceituno impulsó en 2002, con otras mujeres, la primera asociación de hondureños en las comarcas gerundenses. La razón fue que una de las primeras migrantes falleció y debían hacer frente a los costes de repatriar el cuerpo. Ahora esta entidad está en stand by y la comunidad se une, en parte, por las iglesias evangélicas que han proliferado en los últimos años. La más grande es el centro Elim, situado en dos grandes naves de 2.000 metros cuadrados junto a la fábrica Nestlé de Girona, el mismo espacio que invitó a Dani Alves a hablar de su experiencia de fe.

Al frente están desde 2015 Jimmy Martín y Karely Castro, su mujer, que descubrieron esta iglesia al llegar a Girona y han acabado siendo sus pastores. "Elim se ha convertido en una gran red de bienvenida de la comunidad y también de ayuda. Un domingo en misa pueden venir hasta 700 personas", dice Castro. A la vez, dan de comer a 1.900 familias tres días a la semana a través del Banco de Alimentos y de colaboraciones con supermercados. La comunidad también intenta responder al problema habitacional.

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El flujo migratorio desde Honduras se mantiene constante desde los años 2000, detalla Varo. "Más del 30% llegaron antes de 2007 y de eso ya hace casi 20 años", dice. El 17% fue durante la crisis económica, el 27% antes de la pandemia (huyendo de la violencia en Honduras, sobre todo) y el 26% han llegado a partir de 2021. ¿Tienen intención de volver? Más de cuatro de cada 10 aseguran que no, mientras que solo un 23% apuntan que sí. "Cuanto mejor es la percepción de Cataluña, menos ganas hay de volver", concluye la investigadora de la UdG.

"La regularización no es un efecto llamada"

Óscar Prieto-Flores

La Universidad de Girona acoge esta semana, justo cuando ha acabado el proceso extraordinario de regularización, el principal congreso de migraciones del mundo, que reúne a más de 1.350 participantes de 75 países. Se trata de la 23ª Conferencia Anual de la International Migration Research Network (IMISCOE). Al frente del equipo organizador del congreso está el profesor e investigador de la UdG Òscar Prieto-Flores, que destaca la voluntad práctica del encuentro y de vinculación a la comunidad, forma propia de trabajar del Grupo de Investigación de Movimientos Migratorios.

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¿Cómo se gesta que Girona acoja el congreso?

— La UdG es referente en el estudio de migraciones desde hace más de 35 años y tiene unos estudios propios de máster. La realidad social ha puesto sobre la mesa las necesidades del territorio, pero la UdG ya hace años que decidió liderar este campo aportando conocimiento.

Señalan que la conferencia quiere reforzar el vínculo entre la academia y las comunidades.

— Tradicionalmente los estudios se han hecho mucho desde la academia, pero en la última década hacemos una reivindicación de la cotidianidad. En este congreso tiene mucha importancia: cómo podemos hacer investigación conjuntamente con otros expertos y entidades. Porque quien marca las necesidades de investigación deben ser las sociedades, y esto aporta riqueza.

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Vivimos un gran momento de polarización en el discurso migratorio. ¿Qué proponen?

— Hay un auge de narrativas en el espacio público no solo desde la extrema derecha, con una polarización muy grande en torno a las migraciones. Hay que poner sobre la mesa mitos con rigor para fomentar nuevas iniciativas.

¿Cuáles son estos mitos?

— Uno de los más importantes es que claramente no hay ningún estudio antiguo ni nuevo que aporte datos de que los procesos de regularización producen un efecto llamada. Con respecto a la comunidad latinoamericana, uno de los mitos es que no quieren hablar catalán, y lo que vemos en las escuelas, con iniciativas como la mentoría del proyecto Rossinyol, es que no es así.