Carles Feixa: "Los disturbios en Barcelona han sido el ritual de iniciación para una juventud marginada"
Catedrático de Antropología Social en el Departamento de Comunicación de la UPF
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BarcelonaCarles Feixa es catedrático de antropología social en el departamento de comunicación de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), especializado en el estudio de las culturas juveniles.
¿Le ha sorprendido que la mitad de los detenidos por los disturbios de Barcelona sean menores?
— No. Primero, porque responde al efecto espejo de lo que está ocurriendo en Francia, donde también son los estudiantes los que están protagonizando las protestas. Y segundo, porque hace una semana o 15 días ya había indicios en las redes sociales, sobre todo en TikTok, donde la presencia de adolescentes es más numerosa, de que había alguna convocatoria más o menos espontánea para movilizarlos. Además, los adolescentes son siempre el sector más susceptible de involucrarse en este tipo de movimientos. También son los más fáciles de instrumentalizar.
¿Por qué han sido fáciles de movilizar?
— Existe un caldo de cultivo para que se sientan atraídos. Una cosa es que haya pirómanos que por intereses más o menos declarados quieran encender el fuego y la otra es por qué este fuego arraiga y hay 500 jóvenes que no son masivos, pero tampoco son pocos que entran en este juego. Esto creo que puede tener que ver con los efectos de la pandemia y una generación que ha vivido la infancia y la adolescencia con restricciones del contacto cara a cara y con un auge de los problemas de salud mental.
¿También hay un malestar más reciente?
— Sí, existe todo el malestar en Cataluña de la educación de los últimos dos años. Hasta ahora los protagonistas habían sido los profesores y el sistema educativo, pero los jóvenes también lo han vivido. Y hay otro elemento. Como ya pasó en Francia, en Gran Bretaña y en Alemania en el pasado, nos encontramos con unas periferias urbanas donde hay una juventud, sea nacida aquí o de segunda generación, que no acaba de encontrar vías de futuro y proyectos de vida que sean atractivos. Y cuando estos proyectos de vida no son viables, a veces la tentación de dejarse arrastrar por promesas fáciles de una noche supuestamente de diversión es mayor.
Pero lo que vimos el sábado no era una manifestación típica con un mensaje concreto.
— Es verdad que la novedad quizás fue que no había una manifestación previa, sino que en la medida en que ya hay un choque con las fuerzas del orden, enseguida se pasa a este vandalismo, probablemente por factor imitativo con Francia. Pero, evidentemente, hay una amalgama de motivaciones y habría que preguntar a cada uno de estos 500 jóvenes por qué fueron y cómo se enteraron. Muchos movimientos sociales comienzan con un malestar general; ahora bien, esto expresa un malestar generacional que afecta sobre todo a sectores de las periferias urbanas y seguramente más a los chicos que a las chicas. Hay un sector de la juventud masculina que es el que a veces se siente atraído por la extrema derecha, que se siente desorientado y que no ve claro su camino identitario. El otro elemento clave es que muchos jóvenes sienten que si no actúan de manera violenta, aunque en este caso no haya sido contra personas sino contra cosas, no se les hace caso.
No estamos acostumbrados a ver a adolescentes protagonizando altercados de este tipo. ¿Han normalizado estos comportamientos?
— En el Informe de Juventud en España se explica que la mayoría ha presenciado peleas por internet. Son peleas que se viralizan y que se han convertido en una especie de género narrativo. Por otra parte, existe todo el lenguaje de los videojuegos, donde de alguna manera este tipo de agresividad contra las cosas sí que se banaliza. Además, hay un efecto imitativo claro y directo del modelo francés. Cuando ven las imágenes por televisión o por TikTok creen que esto puede pasar aquí sin que ocurra nada grave para ellos.
Muchos, directamente, han presumido de ello en las redes.
— Es una violencia performativa, en el sentido de que es una violencia que se exhibe, que no es secreta ni clandestina. Hay un supuesto anonimato al taparse el rostro y vestirse de negro, pero en cambio de cara a los demás hay un exhibicionismo, que puede responder a esta viralización de las peleas que comentaba.
También sorprende que la gran mayoría de detenidos no tienen antecedentes.
— En efecto, ha sido como un ritual de iniciación de la presencia pública de una juventud que se siente marginada, que vive en una segregación escolar, en periferias urbanas con condiciones de vivienda precarias y que no ve mucho futuro. En muchas sociedades estos rituales de iniciación son con violencia para mostrar que puedes ser adulto. Es una generación que está reclamando que quiere tener un lugar, aunque lo hagan de una manera que no es legitimable. También existe el hecho de poder ser protagonista por una noche. No deja de ser una manera de empoderarse trágicamente, pero insisto en que deberíamos hablar con cada uno para ver sus motivaciones.
Se ha hablado mucho sobre el origen de estos jóvenes.
— En Francia claramente la segregación residencial creó esta fractura social y en Cataluña es más una segregación escolar que genera guetos. Esto no quiere decir ni mucho menos que los que han protestado sean extranjeros, pero creo que esta segregación escolar es un elemento que puede agravar el sentimiento de exclusión y de marginalidad que viven estos jóvenes.
El hecho de que los disturbios se hayan viralizado tanto puede provocar un efecto llamada para las próximas convocatorias?
— Creo que al contrario. Como esta primera convocatoria ha generado toda la alarma, no creo que en la siguiente haya una protesta masiva, salvo que más adelante haya una organización más ideológica y estructurada. Pero sí que hay un malestar de fondo y no se debería repetir el error de dar una respuesta únicamente policial ante estos fenómenos.