Conversación con...

Carlos Cuevas: "Nadie sabe con quién vivo, nadie sabe con quién duermo"

Actor

BarcelonaCarlos Cuevas (Montcada i Reixac, 1995) chocó con la fama interpretando a Biel Diezmara de Ventdelplà con solo ocho años y una década después el fenómeno ha sido todavía más estallante, global y multimedia con el personaje de Pol Rubio de Merlí. "Cuando me empezaron a parar por la calle yo iba con mis padres y ellos frenaban el golpe. Los amigos actores que se hicieron famosos con 15 o 16 años se pasaron más, entonces eres altamente peligroso. Yo no conozco la vida sin que me paren por la calle. Lo tengo muy metabolizado", afirma.

Supongo que ha propuesto de quedar en un bar (Muriel, en Gràcia) a la hora que está cerrado para estar más tranquilos. Con los años ha desarrollado muchas estrategias para no complicarse la vida: no ir a discotecas, no ir a las fiestas mayores, no colgar imágenes en las redes en el momento en el que está en un lugar e incluso pedir a los amigos que no lo hagan para evitar que aparezcan fans. "Lo más preciado que tenemos es la intimidad. Yo me encargo de que aquello que se sabe de mí sea hasta donde yo quiero. Nadie sabe con quién vivo, nadie sabe con quién duermo", asegura.

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La contra de verano: Carlos Cuevas

Pero la fama no ha hecho que deje de compartir parte de su vida personal y de lo que piensa en las redes. Tengo la sensación de que se suelta, de que no tiene respuestas de formulario. "No he venido aquí a quedar bien con todo el mundo, no soy conflictivo pero no me escondo de nada", dice, declarándose prácticamente anarquista. "En Hollywood las estrellas tienen que ser blancas. Yo no voy de poeta maldito ni enfant terrible, pero creo que lo que es blanco es ambiguo y lo que es ambiguo es apolítico, y no me interesa", afirma. Quizás no puede decidir lo que hace, pero sí que tiene el privilegio de elegir entre diferentes proyectos, con errores y aciertos: "El objetivo es hacer cosas que yo vería como espectador y que me representen personal e ideológicamente. No haría nada que fuera en contra de mis principios o que me dé vergüenza, tengo el sentido del ridículo muy fino. Hay cosas mías que no he visto. Soy muy perfeccionista y a veces en los rodajes nos falta tiempo", reconoce.

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Siguiendo estos principios, a veces le toca luchar un poco para parecer una persona normal: "Sí, a veces sobreactúo la normalidad. Si somos una nueva generación, tenemos que serlo para todo, no solo para hablar de temáticas LGTBI, de salud mental y de cuidados, sino haciéndolo de una manera que nos represente. Yo ya no juego a jerarquías antiguas y a la sobreprotección del protagonista. He visto figuras autoritarias, que dirigen a gritos, protagonistas que marcan terreno, y decir que son de la vieja escuela es un eufemismo", critica.

Un futuro prometedor

Carlos ha hecho un tramo de vacaciones y después se marchará a México. Pero el día que nos vemos tiene que ir a ver los tres primeros capítulos de la serie Smiley, basada en una obra de Guillem Clua, que ha rodado con Miki Esparbé. "Siempre he tenido la sensación de que estaba preparado para todo lo que me ha ido pasando. Ahora, un protagonista para Netflix. Lejos de sorprenderme o asustarme, pienso que es lo que toca. Del Barça B paso al Barça A. Como Ansu Fati", afirma. Una de las últimas experiencias ha sido rodar una película en inglés, La piel del tambor, y no para de marcarse nuevos hitos. Por ejemplo, hacer más cine. O embarcarse en la opera prima de un director joven. O debutar como director. "Veo mucho movimiento, lo que me hace estar tranquilo, motivado y confiado. La autoestima es vital en nuestro trabajo y esto te lo dan la continuidad, la retribución económica y que la gente te felicite". Él solo ha estado sin trabajo ni proyectos a la vista tres semanas en toda su carrera y fue este enero. "Vi el abismo del cual hablan, pero es muy diferente si tienes una almohada económica", señala.

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Con 26 años, no se plantea marcharse de Barcelona. Durante épocas también ha tenido casa en Madrid porque los rodajes se hacían siempre allí, pero ahora ha salido de los platós y le ponen alojamiento allí donde rueda, a menudo en Catalunya mismo. Este otoño se pasará siete semanas en las Canarias y cuatro en la República Dominicana. "Podría vivir en la Vall d'Aran o en Formentera, pero escojo Barcelona porque es la ciudad que me gusta, donde tengo a mis amigos, y soy rata de ciudad". Tampoco marcharía a Los Ángeles porque sí: "Me gusta trabajar con gente talentosa y más buena que yo. Si esto implica trabajar con yanquis, pues lo haré. Pero prefiero trabajar con Carlos Marqués-Marcet o Àlex Rigola que en un blockbuster yanqui cualquiera". A pesar de que cite a Rigola o Julio Manrique, y que sea un espectador teatral asiduo, volver a trabajar no entra dentro de sus planes por una cuestión logística: los contratos para las series se pueden prorrogar año tras año, si funcionan. "Yo hago series, pero no miro series, la última fue Antidisturbios hace dos años. Soy muy inquieto y mantener la atención diez capítulos me cuesta. Yo miro pelis, voy al teatro y leo. Tengo muchas ganas de hacer cine. Lo que más miro y me encanta es el cine de autor donde todo el mundo habla flojito, pero claro que me parece bien el cine comercial: he visto Elvis y me ha flipado.

El proyecto de tener hijos le queda lejos, aunque por generación sus amigos empiecen a ser padres: "Ni me lo planteo. Si pasa, queda muchísimo. Y creo que hay muchos niños sin padres en el mundo, no tengo la necesidad de reproducirme genéticamente. A mí los niños me encantan, siempre he dicho que quiero ser padre de muchos niños y ahora estoy entendiendo que quiero ser tío".