Las que siempre estánHay un trabajo que se hace cada día, durante horas, sin contrato, sin cotización a la Seguridad Social y sin reconocimiento de ningún tipo.
Lo hacen mayoritariamente mujeres. Se llama cuidado: de los hijos pequeños, de los padres mayores, de los familiares enfermos.
España es uno de los países europeos donde menos servicios públicos de cuidado existen. La consecuencia la pagan las mujeres: abandonan el mercado laboral, reducen jornadas, renuncian a ascensos. Y lo hacen en silencio.
Mientras tanto, la brecha salarial crece, las pensiones de las mujeres son más bajas y el envejecimiento de la población nos encamina hacia una crisis de cuidados que nadie quiere mirar de cara.
Quizás es hora de que dejemos de tratar el cuidado como un asunto privado y lo reconozcamos como lo que es: un pilar fundamental de la sociedad que merece financiación pública, reconocimiento legal y corresponsabilidad real.
Natalia Molner y Ventura
Molins de ReiUn año sin explicacionesHay cosas que simplemente damos por sentadas, como tener un plato en la mesa o poder beber agua potable.
Imaginemos que un día esto falla. No se puede comer ni beber en ningún sitio. Los restaurantes no sirven, los supermercados no abren y en casa no hay nada. Y imaginemos que la única explicación que se nos da es: “Ha habido un error múltiple”. Quizás al agricultor se le ha estropeado la cosecha, en la fábrica hay huelga y al camión que tenía que llevar los alimentos se le han pinchado las ruedas. Todo a la vez.
¿Lo aceptaríamos?
Hace un año, todo un país se quedó a oscuras por un “error múltiple”. Se detuvieron servicios, se alteraron rutinas y, durante horas, quedó en evidencia hasta qué punto dependemos de infraestructuras que damos por garantizadas.
Un año después, todavía no sabemos nada más.
Georgina TarragóBarcelonaCuando el cuidado va más allá de la medicinaEn momentos en que la vida se vuelve frágil e incierta, hay lugares donde la medicina no solo se practica, sino que se vive con una humanidad que deja huella. Este es el caso del Instituto del Cáncer y Enfermedades de la Sangre, situado en la segunda planta del Hospital Universitario Sagrat Cor, donde mi madre ha estado ingresada durante un período especialmente delicado.
Desde el primer día, la atención recibida por parte de todas las trabajadoras ha sido sencillamente excepcional. No se trata solo de profesionalidad –que también, y mucha–, sino también de una manera de acompañar que va mucho más allá de lo que a menudo se espera en un entorno hospitalario.
Si hay algo que marca la diferencia es el afecto. La manera como han tratado a mi madre –con ternura, con respeto, con una sonrisa constante– habla de un equipo que no solo cuida, sino que acompaña de verdad. Han sabido respetar sus tiempos, escuchar su voluntad y adaptarse a sus necesidades con una delicadeza que transmite confianza y paz en momentos de gran vulnerabilidad.
Quiero hacer una mención especial a Mar, Mireia, Vanessa, Sara, Maria, Josué, Luna, Tin, y a todas aquellas que quizás no aparecen en este texto pero que forman parte de este equipo extraordinario. Y, especialmente, a la oncóloga Teresa Gorría, que nos ha acompañado con una profesionalidad impecable y una sensibilidad admirable, así como a Marga, por su seguimiento constante y su proximidad desde el hospital.
En medio de la incertidumbre, han sido mucho más que profesionales: han sido presencia, calor y esperanza. Pequeñas grandes figuras que, con su entrega silenciosa, iluminan los momentos más oscuros.
Romy PuigBarcelona