Cartas a la Directora
17/05/2026
Carta a mi abuelaA veces me pregunto qué dirías si pudieras oír algunas cosas que se dicen hoy. El otro día paseaba cerca de la Sagrada Familia, esa iglesia inmensa que diseñó Antoni Gaudí, un hombre casi de tu tiempo. Es una maravilla, abuela. Cada día entran miles de personas de todos los rincones del mundo. Pagan treinta y seis euros por visitarla. Tú no conociste el euro, pero para que me entiendas: con aquel dinero habrías llenado la despensa de casa más de dos semanas.
Mientras caminaba, oí a unos jóvenes decir que con Franco se vivía mejor. Y en mi cabeza oí tu voz, tranquila y cansada a la vez, diciendo:
—Son jóvenes... No saben lo que dicen.
Pero esta mañana he ido al hogar del jubilado a echar una partida de dominó. Un local que pone el Ayuntamiento para que los que hemos trabajado toda la vida tengamos un lugar donde reunirnos, jugar a las cartas, al billar, charlar y pasar el rato. Todos tenemos nuestra paga, nuestra pensión. No es riqueza, pero es dignidad.
Y allí oí a dos hombres, nacidos en 1946, decir lo mismo: que con Franco se vivía mejor. Entonces ya no pensé en los jóvenes que no saben: he pensado en ti. Porque yo sí que sé cómo se vivía. Lo vi con mis ojos.
Recuerdo tu casa. O más bien, aquella habitación donde dormíamos nueve personas en tres camas. Tres familias bajo el mismo techo. No había váter. Para hacer nuestras necesidades bajábamos a la cuadra. En invierno el frío se deslizaba por todas partes y se te metía en los huesos. En verano, el calor parecía quedarse atrapado entre las paredes.
No recuerdo haberte visto descansar nunca. Siempre vestida de negro. Tu vestido largo, gastado por los años. El moño bien recogido y el pañuelo en la cabeza. Trabajabas en el campo de sol a sol. Y cuando llegaba la primavera, ibas a encalar las casas de los ricos y les dejabas las paredes limpias y relucientes, mientras las de tu casa seguían con grietas por todas partes.
Volvías agotada, pero aún te quedaba preparar la comida en aquel perol pequeño. La cocina apenas se iluminaba con una lámpara de aceite y con la brasa de raíces que hacían un humo espeso. Las paredes estaban negras, más negras que el carbón. Y nosotros respirábamos aquel humo como si fuera lo más natural del mundo.
Lavabas la ropa de rodillas en un lebrillo con agua del pozo. En invierno el agua estaba helada, pero tus manos no se quejaban. Cuando nos lavabas, nos frotabas el cuerpo con esponjas de esparto viejo. Después nos sacabas los piojos con el peine. Recuerdo los tirones en el pelo, el picor. Y a ti sentada en aquella silla de enea. Antes de sentarte, la golpeabas para que cayeran las chinches.
Aquella era nuestra vida, nuestra normalidad.
Y ahora, abuela, oigo decir que se vivía mejor. Y me pregunto: ¿mejor para quién? ¿Para ti, que criaste sola a cuatro hijos sin ayuda de nadie? ¿Para los que no sabían leer ni escribir porque nunca pudieron ir a la escuela? ¿Para las mujeres que no tenían derechos propios? ¿Para los hombres que trabajaban hasta romperse la espalda sin protección ni descanso?
Hoy hay problemas, claro. La vida nunca ha sido perfecta. Pero hoy un trabajador tiene derechos. Hoy una mujer puede decidir por sí misma. Hoy los mayores tenemos una pensión. Hoy podemos hablar sin bajar la voz.
Por eso te escribo esta carta. Porque cuando oigo estas frases siento que se borra tu esfuerzo. Que desaparece el humo de tu cocina, el frío de la cuadra, el dolor de tus manos agrietadas por el agua y el trabajo. Yo no discuto con odio. Solo explico lo que vi. Lo que viví contigo.
Quizás esto es lo que les tendría que decir: que no se puede hablar de una época desde la nostalgia cómoda, sino que se tiene que hablar desde la memoria de los que la sufrieron.
Bueno, abuela… ya te dejo descansar. Pero quédate tranquila. Mientras yo viva, nadie dirá que aquellos años fueron mejores sin que yo recuerde tu verdad.
Tu nieto,
Luis Carmona MoralesBarcelona