Disruptores endocrinos

Nicolás Olea: “Saca tanto plástico de la cocina como puedas, ventila y prioriza comer bien delante de otras cosas”

Catedrático emérito de la Universidad de Granada y fundador de Alimentta

19/09/2026 - 20:04 h.

Durante casi cuatro décadas, el médico e investigador Nicolás Olea (Granada, 1954) ha estudiado cómo miles de compuestos químicos presentes en plásticos, cosméticos o envases interfieren con el sistema hormonal y pueden contribuir al desarrollo de diversas enfermedades. Fue uno de los investigadores pioneros en estudiar los efectos del bisfenol A sobre la salud humana y hoy es un referente internacional en el ámbito de los disruptores endocrinos. Con humor, vehemencia y una pasión contagiosa, Olea, autor de 80 recomendaciones para evitar los tóxicos (Integral, 2025), sostiene que la regulación avanza décadas por detrás de la evidencia científica y ofrece una serie de recomendaciones prácticas para reducir una exposición cotidiana a estas sustancias que considera, en buena parte, evitable.

¿Por qué nos deben preocupar los disruptores endocrinos?

— Porque interfieren con nuestras hormonas. Sabemos que hay cientos de miles de compuestos químicos fabricados por el ser humano y que unos 2.000 tienen actividad hormonal. Compiten con nuestras hormonas y pueden alterar procesos tan importantes como el desarrollo sexual, la fertilidad, el funcionamiento de la tiroides o el cerebro. Lo que es difícil es demostrar que una sola de estas sustancias es la causa de una enfermedad concreta, porque hablamos de enfermedades multifactoriales. Sería un disparate, totalmente falso, decir que el bisfenol A sea la única causa de un cáncer de mama. Pero sí que tenemos suficientes evidencias científicas para afirmar que hay que reducir la exposición, porque sí que tiene un impacto sobre la salud.

¿Cuándo empezó a estudiar este fenómeno?

— Soy médico. Estuve tres años investigando el cáncer de mama en Bélgica y en 1987 me fui a Boston como investigador de la Universidad Tufts, con 350 muestras de suero de pacientes con cáncer de próstata. Las llevaba en unos botecitos típicos de laboratorio con el tapón naranja, de un solo uso, de fondo cónico. Quería analizar su actividad hormonal antiandrogénica, pero durante tres meses todas las muestras salían extraordinariamente estrogénicas. En el laboratorio pensaban que yo las había contaminado y estaban a punto de echarme. Llevamos uno de los tubos al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) para que lo analizaran. Estaba hecho de poliestireno modificado y el fabricante le había añadido un antioxidante para que el plástico no se volviera amarillo con el tiempo. Aquel antioxidante había contaminado todas las muestras y descubrimos que tenía actividad estrogénica.

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Aquel descubrimiento cambió la manera de entender los plásticos.

— Fue el comienzo. Aquel mismo año, unos investigadores de California publicaron dos trabajos en los que detectaban actividad estrogénica en cultivos de levaduras. Al final comprobaron que no provenía de las levaduras, sino del agua calentada en botellas de policarbonato que contenían bisfenol A y que utilizaban para preparar el alimento de las levaduras. De repente entendimos que compuestos como el bisfenol A o el nonilfenol podían actuar como hormonas. Y aquello abrió la caja de los truenos, porque estos productos químicos estaban en todas partes, incluso en los biberones.

¿Es entonces cuando aparece el concepto de disruptor endocrino?

— En 1992 nos reunimos con Theo Colborn, una investigadora medioambiental pionera norteamericana,que había recopilado una cantidad enorme de evidencias sobre alteraciones hormonales en fauna salvaje: caimanes del lago Apopka, peces intersexuales, aves acuáticas, moluscos... Ella nos lanzó una pregunta muy sencilla: "Si todo esto pasa en los animales, ¿de verdad pensamos que en los humanos no pasa nada?" Aquella pregunta cambió la manera de mirar este problema. El concepto de disrupción endocrina lo acuñó ella en 1992 y, desde entonces, la literatura científica en este ámbito no ha dejado de crecer. Hoy ya no hay debate sobre si hay sustancias capaces de alterar el sistema hormonal, sino que la discusión se centra en hasta qué punto esta exposición contribuye a las enfermedades que vemos cada vez con más frecuencia.

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¿A qué enfermedades se refiere?

— Vemos aumentar los problemas de fertilidad. También se han disparado las alteraciones tiroideas, la pubertad precoz, algunos trastornos del neurodesarrollo y diversos tumores hormonodependientes, como el de mama. No digo que los disruptores endocrinos sean la única causa de todo esto. Lo que digo es que constituyen un factor de riesgo modificable. Si tienes una niña de nueve años, ¿por qué la tienes que exponer al bisfenol A si tienes alternativas?

¿Por qué no se prohíben estos productos si hay evidencia de que son perjudiciales para la salud?

— Este es el gran problema. Las normas que regulan los productos químicos continúan siendo muy permisivas. La toxicología clásica todavía no incorpora adecuadamente los efectos hormonales ni tampoco el de cóctel químico: cada día ingerimos decenas de residuos químicos, cada uno dentro de los límites legales, pero no se evalúa qué ocurre cuando todos estos compuestos actúan a la vez.

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¿Por qué cuesta tanto regularlos?

— Porque hay intereses económicos enormes. La industria ejerce una presión muy intensa sobre las instituciones europeas. Aun así, la Agencia Europea de Sustancias Químicas, la ECHA, ha dado pasos importantes. Por primera vez se están regulando sustancias teniendo en cuenta su actividad como disruptores endocrinos y no solo si son cancerígenas, mutagénicas o tóxicas para la reproducción. Se han cargado ya los perfluorados, los PFA, y han reconocido las llamadas "sustituciones lamentables": cuando se prohíbe el bisfenol A, la industria reacciona sustituyéndolo por el bisfenol F o el bisfenol S, que acaban presentando problemas similares. No tiene sentido ir prohibiendo molécula por molécula; hay que regular toda la familia, que es lo que propone la ECHA.

Han hecho falta tres décadas para prohibir el bisfenol A en muchos usos.

— Exactamente. Nosotros detectamos bisfenol A en el revestimiento interior de las latas de conserva a mediados de los años noventa. Han pasado treinta años hasta que Europa ha restringido definitivamente muchos usos alimentarios. Treinta años. En España la prohibición se produjo el 31 de diciembre de 2025. Este es el ritmo de la regulación. La pregunta inevitable que surge es ¿quién asume el coste de este retraso? ¿Quién paga los tratamientos de infertilidad? ¿Quién paga los problemas de desarrollo? ¿Quién paga por los cánceres? ¿Alguien se responsabilizará de ello?

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¿Por qué los disruptores endocrinos afectan especialmente a las mujeres?

— Hay una parte biológica y una parte social. Las mujeres tienen una fisiología hormonal mucho más compleja: el ciclo menstrual, el embarazo, la menopausia... Todo esto las hace más sensibles a cualquier interferencia hormonal. Si miras muchas enfermedades relacionadas con el sistema endocrino, la diferencia es enorme. El hipotiroidismo afecta aproximadamente a nueve mujeres por cada hombre. En la sensibilidad química múltiple, la proporción es todavía mayor, quince mujeres por cada hombre. Además, hay factores sociales. Una mujer continúa estando más expuesta a los productos de limpieza y, sobre todo, a la cosmética. Se calcula que una mujer utiliza cada día una media de catorce productos cosméticos, cada uno de los cuales con decenas de ingredientes, lo que se traduce en cientos de componentes químicos aplicados diariamente sobre la piel. Puedes olvidarte de tomarte la medicación de la tensión, pero difícilmente te dejarás de poner desodorante. La buena noticia es que Europa va eliminando algunos de estos compuestos: el triclosán ya prácticamente ha desaparecido de los colutorios y las pastas de dientes. También se están restringiendo diversos PFAS y algunos filtros ultravioletas como la benzofenona-3, presentes en las cremas con protección solar.

Mientras la regulación no llega, ¿qué podemos hacer nosotros?

— Reducir la exposición. El primer lugar por donde empezaría es la cocina. Elimina tanto plástico como puedas. Recupera la madera para cortar, el vidrio para calentar los alimentos y el acero inoxidable. No calientes comida en recipientes de plástico en el microondas. Evita los táperes de plástico. Muchas de las cosas que tenían nuestras madres y abuelas funcionaban mejor que los materiales que hemos incorporado después. También conviene reducir los alimentos excesivamente envasados. Hoy vamos al supermercado y prácticamente todo está envuelto en plástico.

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¿Qué debemos poner en el carro de la compra?

— Alimentación saludable y alimentación sostenible deberían ir juntas. Compra producto de temporada y de proximidad siempre que puedas. Deja de comer kiwis de Nueva Zelanda que han hecho 22.000 km para aliviarte el estreñimiento. La huella ecológica de esta fruta es insuperable. No des a tus hijos las barritas de pescado de Pescanova, porque las pescaron en 2022 en Namibia y llevan congeladas a -38 grados como mínimo tres años. ¡Sería más barato que te trajera el pescado un nativo en moto! Vete al mercado, y mira qué han traído hoy, si boquerones, sardinas, merluzas de costa, calamares. Compra producto fresco, de temporada, de proximidad. Si puedes, ecológico. Es mejor para la salud y también para el medio ambiente.

No todo el mundo se lo puede permitir.

— La cesta de la compra hoy supone un 13% del presupuesto de las familias, mientras que en el año 60 era el 60%. ¿Qué ha pasado desde entonces? Que nos gastamos el dinero en otras cosas. Si la clave para la salud es la alimentación, empieza a establecer prioridades. Reduce hipotecas, telefonía, Netflix, ropa y apuesta por comer bien. Si compras un litro de leche a 50 céntimos, te están engañando a ti o al productor o a la vaca, está claro que alguien sale escaldado. Empieza a elegir con un poco de criterio, paga un precio justo por la comida. ¡Dejemos de tener a los productores asfixiados!

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Es muy crítico con la ganadería intensiva.

— Porque el modelo es insostenible. Producimos una cantidad enorme de carne, especialmente de cerdo, destinada en buena parte a la exportación. Siempre hago la misma broma: con los millones de cerdos que hay en España, 31 millones, deberías verlos cruzar las vías del tren cuando vas de Granada a Barcelona. Pero no los ves porque están concentrados en explotaciones intensivas. Consumimos demasiada carne. No hace falta eliminarla completamente, pero sí reducir su consumo y apostar por productos de mayor calidad.

También advierte sobre la ropa.

— La industria textil es otra fuente de exposición. Muchos tejidos incorporan compuestos para que repelan el agua, no se arruguen o resistan las manchas. Todo esto son aditivos químicos. Yo recomiendo lavar siempre la ropa antes de estrenarla, sobre todo la infantil. Escoger fibras naturales siempre que sea posible y alargar la vida útil de las prendas. El mejor residuo es el que no se genera. Las tiendas de segunda mano, por ejemplo, tienen una ventaja inesperada: después de muchos lavados, la ropa ya ha perdido buena parte de los compuestos que llevaba cuando era nueva. Además, alargas el ciclo de cada prenda de ropa. Y cuando ya no hay más remedio, a reciclar.

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¿Qué podemos hacer dentro de casa para reducir la exposición a tóxicos?

— Ventilar es probablemente la medida más eficaz y también la más barata. El polvo doméstico acumula fibras sintéticas, perfumes, retardantes de llama y muchos otros compuestos químicos. En lugar de barrer, es mejor aspirar. Y hay que desconfiar del marketing que nos ha hecho creer que una casa limpia es una casa que huele a perfume. No, una casa limpia es una casa ventilada.

Si tuviera que resumir su mensaje en una frase, ¿cuál sería?

— Cambia el entorno de tu casa. Quita plástico de la cocina, compra alimentos frescos, ventila, lava la ropa antes de estrenarla y consume menos. No lo harás todo de golpe, pero cada paso reduce la exposición. Te va la salud, y también la de tus hijos.