¿Peor memoria a medida que te haces mayor? La culpa podría ser también de tu microbiota intestinal
Un estudio con ratones identifica una bacteria intestinal más abundante en animales viejos que contribuye al declive cognitivo
Aún no está del todo claro por qué a medida que acumulamos canas, perdemos capacidades cognitivas y la memoria comienza a dejarnos en la estacada. Desde la neurociencia se apunta a la disminución del flujo sanguíneo en el cerebro; a que, de forma natural, en el envejecimiento perdemos volumen de sustancia gris; o que los mecanismos de reparación neuronales, algo como todo, ya no son tan eficientes y empiezan a fallar. A todas estas potenciales razones, ahora los científicos le suman otra: la microbiota intestinal.
En un estudio realizado con ratones, un equipo de la Universidad Stanford han encontrado que una bacteria que prolifera en el intestino de los roedores con la edad tiene un papel primordial en el declive cognitivo de los animales. Han visto que esta bacteria, de nombre P. Goldsteinii, fabrica unas moléculas que hacen que las neuronas que conectan barriga y cerebro no puedan comunicarse. De rebote, disminuye la actividad en una región del cerebro, el hipocampo, que tiene forma de caballete de mar, que se encarga del aprendizaje y de formar nuevos recuerdos.
"A pesar de que la pérdida de memoria es habitual con la edad, afecta de forma muy distinta a la gente", apunta en un comunicado de prensa Christoph Thaiss, coautor de esta investigación, publicada en Nature. "Queríamos entender –prosigue– por qué algunos ancianos tienen la cabeza clara, mientras que otras personas comienzan a sufrir declive cognitivo a partir de los 50 o 60".
Y lo que han encontrado es que, a diferencia de lo que se asumía en este ámbito de la investigación, parece que la disminución de capacidades cognitivas no está ligada al cableado del cerebro, sino que el cuerpo la modula activamente. "El trato gastrointestinal tiene un papel crítico en este proceso", resalta Thaiss.
El eje intestino-cerebro
Desde hace un par de décadas, hay mucha investigación sobre el eje cerebro-intestino. Es un área, de hecho, efervescente en cuanto a estudios de la que han surgido descubrimientos que han mostrado la estrecha vinculación entre estos dos órganos. Por ejemplo, se ha visto cómo las personas con trastornos mentales o enfermedad neurodegenerativa, como Alzheimer o Parkinson, tienen una microbiota destartalada, aunque no se sabe si es causa o consecuencia de la enfermedad. En ratones, ha habido experimentos que han demostrado cómo las bacterias del intestino están detrás de la ansiedad y la depresión. Y hay indicios de que en humanos podrían tener un papel importante; tanto que, de hecho, ya empiezan a tratarse los síntomas de depresiones leves con determinados probióticos.
Este estudio de Stanford va en esta línea. Los investigadores cogieron microbiota intestinal de ratones viejos con menor capacidad cognitiva y la dieron a ratones jóvenes. Comprobaron que los roedores jóvenes con bacterias de viejos resolvían peor las pruebas que les presentaban que compañeros suyos a los que nada se les había dado. Cuando los investigadores trataban a los ratones con antibióticos, que se cargan la microbiota, los animales lo volvían a hacer bien.
De todas las bacterias más abundantes en los intestinos de los roedores viejos, se fijaron en P. Goldsteinii. Hicieron más experimentos y vieron que este microorganismo produce ácidos grasos de media cadena. Si les daban a comer estas moléculas a los ratones jóvenes, observaban que éstas disparaban una respuesta inmunitaria inflamatoria que disminuía la actividad en el nervio vago, una especie de autopista que comunica cerebro e intestino, y también en el hipocampo.
Cuando estimulaban la actividad del nervio vago en los animales, los ratones más viejos recuperaban capacidad cognitiva y eran capaces de recordar nuevos objetos y escapar más rápidamente de laberintos, al igual que los jóvenes.
Si estos resultados se demuestran en humanos, esto podría abrir la puerta a encontrar fármacos e intervenciones para modular la microbiota que ayudarían a combatir el declive cognitivo asociado al envejecimiento.