Neurociencia

¿Por qué ahora hay más casos de autismo que antes?

Los expertos proponen nuevas maneras de cuantificar la neurodivergencia

Ejercicios de desarrollo de la motricidad fina y desarrollo de habilidades matemáticas con un niño autista, en una imagen de archivo.
16/04/2026
4 min

Normalmente, es fácil ver que alguien se ha roto un brazo: la escayola lo delata. O que tiene un resfriado: no para de estornudar y sonarse. Y con un simple análisis podemos saber si una persona es hipertensa o diabética. En cambio, las enfermedades mentales, que pueden ser igual de dolorosas e incapacitantes que las físicas, suelen pasar más desapercibidas, a menudo porque no muestran signos visibles y porque no tienen biomarcadores cuantificables. A pesar de todo, su impacto es grande: se calcula que uno de cada cuatro adultos tiene un problema de salud mental.

El primer paso para poder tratar los trastornos psicológicos es definirlos: hay que describir sus síntomas y darles un nombre. Pero esta no es una tarea fácil. Por eso tiene tanta importancia el DSM, siglas en inglés del Manual diagnóstico y estadístico de enfermedades mentales, un libro editado por la Asociación Americana de Psiquiatría que se considera la biblia del campo porque lo utilizan médicos, psiquiatras y psicólogos en todo el mundo para sus diagnósticos.

La primera versión es de 1952 y la vigente, publicada en 2013, es la quinta, y por eso se conoce como DSM-5. A pesar de que se actualizó en 2022, que haya pasado una docena de años sin grandes cambios hace que muchos consideren que hay que modernizarlo y ya se está trabajando en una nueva edición. Como es de suponer, un manual que aspira a ser texto de referencia, a pesar de que intente llegar al consenso, es el centro de las críticas de quienes no comulgan del todo con sus criterios. Al fin y al cabo, cualquier elección tendrá un sesgo personal.

Más diagnósticos de autismo

En este contexto se deben enmarcar las controversias en torno a la definición de autismo. El DSM-5 representó un cambio importante en este sentido, porque, basándose en los mecanismos básicos comunes, se agruparon bajo una misma etiqueta (trastorno del espectro autista, o TEA) trastornos tan diferentes como el autismo clásico o el síndrome de Asperger, que se sitúan en extremos opuestos del eje de funcionalidad, y por eso la llegada del DSM-5 hizo que los diagnósticos de autismo aumentaran.

Una corriente actual, con un apoyo amplio, sería favorable a crear para la sexta edición del manual nuevas definiciones para las enfermedades mentales que no se queden cerradas en categorías concretas, sino que estén caracterizadas por grupos de síntomas más o menos comunes cuantificados independientemente los unos de los otros. En el caso del autismo, esto implicaría utilizar una etiqueta aún más amplia, la de neurodivergencia, que vería la mente como el resultado de una matriz multidimensional.

Según este punto de vista, el cerebro humano presenta un amplio abanico de funcionalidades, lo que llamamos neurodiversidad. Algunas personas, sin embargo, se sitúan en los márgenes del espectro, que son las que se conocen como neurodivergentes, en oposición a las neurotípicas, que serían el resto. Estas pueden tener problemas porque procesan la realidad de una manera que las otras pueden encontrar chocante y que, a ellas, les puede dificultar mucho la interacción con sus congéneres. Esta divergencia sería la suma de diferentes parámetros que suelen ir juntos, como el autismo, el déficit de atención, el trastorno obsesivocompulsivo y la discapacidad intelectual, y cada persona afectada tendría un cierto nivel de cada parámetro. Esto explicaría por qué muchos de estos trastornos a menudo se ven superpuestos y los síntomas varían tanto de una persona a otra a pesar de que la biología de fondo es idéntica.

El impacto de la neurodivergencia

Precisamente, un factor importante que está ausente del DSM-5 es el efecto que tiene esta divergencia en la calidad de vida. Dos personas con el mismo diagnóstico de TEA pueden sufrir un impacto funcional muy diferente la una de la otra, que puede ir desde sentirse imposibilitadas para llevar una existencia normal a ni tan solo considerarse ellas mismas discapacitadas. Y aquí también juegan un papel importante los factores socioeconómicos: personas de entornos desestructurados, sin el apoyo adecuado o pertenecientes a minorías pueden experimentar consecuencias más graves que otras. Además, ahora empezamos a tener algunos biomarcadores que podrían facilitar el diagnóstico, como ciertos patrones genéticos que se ven más a menudo en personas autistas. Algunos expertos reclaman que todo esto esté incluido en la próxima edición del manual.

La futura versión del DSM (que ya se ha dicho que seguramente cambiará el adjetivo estadístico del título por científico para reforzar el principal parámetro que ha de guiar las definiciones) aspirará también a ir más allá de los expertos y llegar a la población general. Esto es importante, porque muchos trastornos mentales, y en particular las neurodivergencias, generan más problemas a los usuarios porque no son entendidos por el resto de la población. Al fin y al cabo, romper los mitos y las barreras que se han levantado alrededor de la salud mental es, quizás, la acción que más impacto puede tener en el bienestar de las personas afectadas. Esta nueva definición de autismo puede ser que tarde unos años en acabar de concretarse, pero seguro que será un paso adelante importante para ayudar a integrarse mejor las personas que tienen un cerebro que funciona de una manera diferente del del resto.

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