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¿Es realmente necesario investigar con animales?

Mientras se buscan alternativas, Reino Unido y Estados Unidos lideran un movimiento para eliminar ya estos experimentos

31/01/2026

Cuando estamos enfermos, el médico nos receta una pastilla, pero rara vez pensamos cómo ha llegado ese fármaco hasta nosotros. El proceso comienza con los científicos estudiando una biblioteca de compuestos químicos para escoger el más adecuado para solucionar el problema causando los mínimos efectos secundarios. Para conseguirlo, realizan un primer experimento en células que crecen en un plato de cultivo, después en animales y, finalmente, en los mismos humanos. Éste es el protocolo que hace décadas que se usa y que nos ha permitido tener las farmacias llenas de soluciones para casi todas las enfermedades. Pero siempre ha habido voces críticas que cuestionaban si la experimentación en animales era realmente necesaria. Los motivos son principalmente éticos relacionados con el sufrimiento innecesario de seres con capacidad de sentir dolor. Últimamente, este punto de vista ha ganado influencia, y algunos países han empezado a mover ficha para eliminar del todo estos estudios.

Buscando atajos

El camino desde la primera prueba a la comercialización de un nuevo fármaco dura entre diez y quince años de media, y tiene un coste que a menudo supera los 2.000 millones de euros. De cada 10.000 compuestos que empiezan a investigarse, sólo uno o dos consiguen llegar al final de la carrera y convertirse en medicamentos. Naturalmente, todo el mundo quiere optimizar la cadena de producción, desde las farmacéuticas, que podrían sacar mejor rendimiento de sus inversiones, hasta los pacientes, que pueden acceder antes a las opciones terapéuticas. Pero no es tan fácil encontrar un sitio por donde recortar.

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Es difícil acortar la parte final, la de los ensayos clínicos. Hay que realizar tests primero con unos pocos voluntarios e ir incrementando su número para determinar la seguridad y después la eficacia del posible fármaco. Como vimos con las vacunas de la covid, con suficiente dinero y recursos se puede ir muy rápido, pero que se den estas condiciones es una excepción. Últimamente, países como Estados Unidos han instaurado "atajos" para aprobar fármacos más rápidamente, sin necesidad de tantas pruebas en humanos. Esto aumenta el riesgo de que algún efecto secundario indeseable escape la detección, pero, a su vez, permite no tener que esperar tanto para poder beneficiarse del nuevo fármaco.

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En el otro extremo de la cadena, el uso de la inteligencia artificial ha acelerado mucho las fases iniciales, porque los algoritmos pueden predecir con mayor facilidad qué compuestos deberían ser efectivos, sin necesidad de perder el tiempo haciendo tantos experimentos celulares. Esta revolución fue reconocida en 2024 con el premio Nobel de química por los creadores del AlphaFold, el programa de Google DeepMind que permite predecir la estructura de las proteínas, un paso imprescindible (y antes muy lento) para encontrar dianas terapéuticas. Los estudios con células son importantes para entender el mecanismo de acción de la sustancia estudiada, pero a veces se realizan los mínimos necesarios para asegurarse de que el efecto es el esperado y se pasa a la siguiente fase mientras, de fondo, se sigue investigando. La idea es que si el compuesto funciona, ya veremos después por qué.

Pero no se puede empezar a dar un compuesto a los humanos sin antes saber que no será tóxico. Los estudios con células sólo pueden darnos parte de la respuesta, porque no reproducen la complejidad de un ser vivo, que está hecho de diferentes órganos y sistemas que interaccionan entre ellos. Hay que tener una idea de lo que ocurrirá cuando el hígado metabolice la sustancia, cómo se distribuirá por todo el cuerpo, cuánto tiempo se quedará, cómo se eliminará... De todo ello dependen los efectos positivos y negativos del fármaco, que es necesario conocer bien para evitar sorpresas. Y ahí es donde interviene la experimentación con animales. Pero, ¿es realmente tan necesaria?

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Sacar a los animales de la ecuación

Llevan tiempo buscando alternativas a las pruebas en animales, tanto por la oposición social, como por los problemas logísticos y éticos y el gran coste que tienen estos experimentos. Una opción es la de los organoides, versiones miniaturizadas y simplificadas de nuestros órganos. Partiendo de células madre, se ha conseguido generar minihígados, riñones o, incluso cerebros, que reaccionan a los fármacos de forma muy parecida a los originales. Cuando puedan llegar a unirse entre ellos, podrían funcionar como una versión reducida de un cuerpo humano.

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Los organoides no están exentos de dilemas éticos. Una preocupación es que un organoide de cerebro pueda llegar a desarrollar algún tipo de conciencia. Los patrones de actividad eléctrica que acaban formandose espontáneamente en estas estructuras recuerda a lo que tienen las neuronas en un cerebro real, hasta el punto de que los científicos se preguntan si pueden adquirir una complejidad suficiente para llegar a generar algún tipo de "pensamiento".

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Una variante menos compleja sería los órganos en un chip, que mezclan componentes biológicos y sustratos físicos. En un espacio reducido (el chip) se colocan una serie de elementos que reproducen de una forma muy sencilla el funcionamiento de un órgano. Por ejemplo, se han construido versiones condensadas de hígados, corazones, pulmones o riñones. Aunque no pueden reproducir la gran complejidad de un órgano humano, permiten estudiar cómo cambian sus funciones en respuesta a fármacos.

La inteligencia artificial también ha saltado a la arena de los sustitutos, entre otras cosas impulsando a los "gemelos digitales". La idea es utilizar el poder de la IA para crear un órgano (o incluso un cuerpo entero) virtual que responda de la misma forma que el original y se actualice en tiempo real. Así, cada uno podría tener un gemelo digital que simulara en un ordenador la respuesta a cualquier tratamiento. Para que esta idea funcione, es necesario que software tenga todos los parámetros necesarios para calcular el comportamiento de los tejidos y esto es difícil, dada la complejidad de cualquier sistema biológico. Para que sean fiables, habrá que alimentar al sistema con grandes cantidades de datos, que todavía no tenemos. Por el momento, los resultados preliminares son alentadores, pero todavía queda trabajo por hacer.

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Tenemos prisa

Mientras se ponen a punto estos posibles sustitutos, a finales del pasado año el Reino Unido anunció que planeaba ir eliminando progresivamente toda la investigación en animales, siguiendo las huellas de Estados Unidos, que semanas antes habían hecho públicos recortes similares en varios centros de investigación nacionales. Los británicos son especialmente sensibles con el tema del sufrimiento animal, y su país es ya uno de los que tiene más regulaciones para este tipo de investigación. Cada animal que se utiliza debe estar bien justificado, y no se les puede aplicar ningún tipo de intervención que no haya sido antes aprobada por una comisión del gobierno. Aun así, periódicamente hay protestas de activistas, lo que ha forzado a muchas universidades y centros de investigación a ser lo más discretos posible con estos temas.

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Aunque la mayoría de investigadores están de acuerdo con la necesidad de acabar con el uso de animales, estos movimientos recientes parecen nacer más de la presión política, y no siempre están avalados por un razonamiento científico. La investigación en algunos animales concretos hace ya tiempo que se ha reducido a contadas excepciones. Por ejemplo, los experimentos en mascotas, como gatos y perros, son muy poco frecuentes, incluso teniendo en cuenta que los perros habían sido uno de los modelos más usados ​​por la fisiología clásica del siglo XX. El rechazo social a esta idea ha forzado a que se planteara si realmente era necesario. Lo mismo ocurre con los monos, evolutivamente demasiado cercanos a los humanos, y con un cerebro que tiene respuestas similares a las nuestras.

En noviembre pasado, el CDC (iniciales en inglés de Centro para Control de Enfermedades, el órgano científico de Estados Unidos que estudia las enfermedades infecciosas) anunció que se les había pedido que dejaran de utilizar monos del todo antes de terminar el 2026. Aunque en principio parecen una buena noticia, infecciones que no pueden estudiarse en ningún otro animal. Es el caso del sida, una enfermedad que el gobierno de Trump ha dejado claro que no tiene como prioridad. Nadie sabe cómo se hará esta búsqueda a partir de ahora.

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Las decisiones del Reino Unido y Estados Unidos, independiente de lo que las haya motivado, son un paso en la dirección adecuada: que algún día se acabe la investigación en animales. Pese a estar regulada para que el sufrimiento sea lo menos posible, despierta un montón de dilemas éticos, tanto en la población general como en los científicos. Pero la realidad es que estos experimentos son ahora necesarios. Es evidente que casi todo el mundo estaría contento si se suprimieran, pero no hay todavía ninguna alternativa que haya demostrado que puede sustituirlos plenamente. Las cosas cambiarán a lo largo de los próximos años, sin duda, pero, mientras tanto, empezar a trabajar para suprimir estos experimentos sin tener un plan B claro sería querer empezar la casa por el tejado. Persiguiendo un objetivo más que noble, esto puede traer más problemas que beneficios.